La primavera eterna de Arantxa

Arantxa no paraba de matar momentos con su cámara fotográfica. Guardaba en su ordenador la vida como si de una mariposa se tratase en su belleza tras el cristal del objetivo, tras el cristal del tarro de mermelada de la mariposa que ahogada para siempre en su única primavera. Arantxa –como la mariposa de la primavera eterna, del tarro de mermelada- tenía el pelo corto y muy negro. Delgadísima y con unas palabras casi tan afiladas como su mirada, siempre crecían aún más sus enormes pechos en el primer encuentro, invitando a matar el tiempo, y también, por qué no, a imaginar barbaridades en el centro de esa criatura que la naturaleza había dado vida, la misma que ahora buscaba obsesionada que alguien la matase de una vez. Siempre llevaba un libro Arantxa. Leía mucho cierto, pero lo más importante, dotar de una apariencia informada a todo aquel que se colara en su objetivo, el singular sentido del valor de la belleza de Arantxa. Se apagaron las luces y comenzó el concierto. Las primeras caricias en la amplificación de mi guitarra comienzan a sembrar la magia en el pequeño local, y Arantxa no puede evitar empezar a llenarlo todo de segundos azules, en su desesperado intento de convertir en eterno esos momentos ya jamás irrepetibles. Se estaba mojando. No podía dejar de pensar en el volumen del pecho de Arantxa, y ese motivo empujó a mi vanidad para darle fuerte a la guitarra, y en consecuencia, darle fuerte a todas las almas allí presentes, deseosas de que alguien les meta mano bien dentro, que alguien juguetee con sus entrañas y sus sentimientos por unos minutos de una vez por todas, hasta el fondo, como en la feria. Arantxa disfrutaba mucho de este vértigo invisible, y fumaba nerviosa entre la pasión y la desesperación que desataba su pensamiento, que no se decidía a disfrutar simplemente. Arantxa siempre quería más, y nunca era suficiente. Esas fotos serían prolongación de aquella noche, pero jamás serían aquella noche, a pesar de su desesperado intento por cazar mariposas que ya nunca serían mariposas, como ella soñaba siempre, ahogada en su primavera eterna.

La desorientada existencia de Tula

Tula estaba liada. Aterrizó en Puerto Rico para desconectarse absolutamente y aún así seguía sin encontrar el sentido de su existencia. Tula era abogada pero estaba en paro y se ganaba la vida escribiendo informes al gobierno por un sueldo que le permitía la existencia compartida con dos amigas más en un estudio y poco más. Tula era una rubia resultona y simpática de esas que nunca pasan desapercibidas y sus dos amigas lo sabían bien. Sus dos amigas lo sabían de sobra porque en las fiestas Tula se descolgaba de ese enlace que las unía para unirse a otros elementos mucho más atractivos para la desorientada existencia de Tula. No podía evitar esa atracción que despertaba en todos, en todas, y Tula paseaba con esmero sus lindos ojillos confusos detrás de la cortina de humo del tabaco francés que fumaba Tula, que siempre fumaba tabaco francés a pesar de todo. Tula ríe un chiste fácil de una de sus compañeras de piso y aterriza en la mirada de Tula la mirada de Miguel, que no titubea en absoluto ni deja desvanecerse ante los encantos de Tula, que derretida por el suelo le pide un cigarro. Miguel le dice que sólo tiene el que sostienen sus labios, mientras coloca el cigarrillo en los labios de Tula. Tula despeinada de nerviosismo da una calada y vuelve a colocarlo en los labios de Miguel lentamente, aprovechando el gesto de coherencia y formalismo para acariciar con sus dedos los aterciopelados labios de Miguel. Miguel comprende el divertido juego de Tula y aprovecha el gesto para devolvérselo y probar los suaves labios de Tula, que ya no puede más y comienza a lamer suavemente la cara oculta de los dedos de Miguel. Tula estaba muy contenta y excitada con su nuevo juego. Miguel también, así que deciden mezclarse con la gente y encontrarse en los servicios cara a cara, sin cigarrillos de por medio ni cortinas de humo que puedan distraer la reacción sexual de ambos. Tula cierra el pestillo del servicio de caballeros y comienza a emborronar a besos a Miguel, que le saca las tetas de su camisa blanca y se las come con la avaricia del tiempo que se escapa. Se penetran el uno al otro y cuando ya están bien desbaratados, deshechos de tanto amor en tan poquito tiempo, salen con cierto éxtasis en sus miradas que los delata cara a los pocos que todavía quedan en la fiesta. Las dos amigas de Tula ya se han marchado. Miguel invita a Tula a su casa pero Tula no se fía y vuelve a casa por navidad. Ya en Málaga Tula acaba de tener una hija de Miguel que va a llamar Libertad como otras veces, que por supuesto -como en otras ocasiones- ha devorado después de comprender, como otras veces, que prefiere seguir devorando antes que ser devorada.

Rebeca

Rebeca se termina la sopa todos los días a pesar del asco que le da. El caldo está terminado con tanto gusto que a Rebeca le produce ansia ese caliente tan buen sabor de boca que le deja la sopa que prepara la cocinera con tanto gusto. La madre de Rebeca no consiente que Rebeca no se acabe la sopa. Si Rebeca quiere ver a Mario debe acabarse la sopa entera. Ahora Rebeca se peina el pelo, se polvoriza de perfume barato las tetas, y se sube sin casco a la moto en busca de Mario, que ya ha terminado en la gasolinera su jornada laboral. Mario sube detrás -feliz como siempre- y comienza a meterle mano por debajo de la camisa a Rebeca. Mario comienza a desabrochar, a magrear a Rebeca sin compasión, que ríe mientras siente cómo se cuelan las delgadas manos frías de Mario para coger sus calientes pechos en movimiento, cómo se cuela Mario en su alma. Ya en mitad del campo -escondidos bajo los árboles- Rebeca comienza a quitarle la ropa a Mario con la boca, se sube encima para follarlo sin parar de reír -húmeda hasta las rodillas- y Mario comienza a enloquecer, mientras Rebeca no para de hacerle el amor, morderle la oreja, y lubricarle todo el cuerpo con la su boca. Mario está mareado del ensueño, y el placer comienza a tornarse a dolor sin un orden en la intensidad, que Rebeca astuta queda con un trozo de la oreja de Mario en la boca, mientras ríe fuertemente con la barbilla manchada de la sangre de Mario que grita desconsolado. Mientras resuenan los ecos mezclados de las risas y los gritos, el cielo se oscurece, y Rebeca ata el cuerpo desnudo de Mario a un árbol y recoge su ropa sonriendo en el silencio de las cada vez más suaves quejas de Mario. El cielo ya se ha puesto rojo, hace frío y anochece profundamente, tras la estela del rugido de la moto de Rebeca que -con el casco de Mario puesto- corre a casa a cenar con mamá.

Un paseo alrededor de la mesa de billar

Me contaba cómo llegaba a media noche y se sentaba en el salón a leer un libro. Discutían y follaban, y viceversa. Bebían whisky de ese que tanto le gusta y seguían leyendo, follando, y bebiendo hasta la claridad del día. Otras veces me mandaba volúmenes de la historia del jazz por correo, y me castigaba con sus falsos embarazos y sus enormes discusiones sin sentido. A ella no terminaba de gustarle el caprichoso comportamiento de Joaquín pero le encantaba que la abofetearan mientras le hacían el amor, y eso Joaquín lo hacía muy bien. También le dedicó alguna canción en el último disco, pero eso sólo lo saben ellos, y ahora yo. Después viajó a México y desapareció. Volvió cambiada, con enormes y extraños deseos en sus palabras, con otro disco dedicado, pero sus palabras ya no eran las mismas, ni esos deseos tan suaves los que yo conocía, como cuando me escribió por primera vez para que escuchara su primera canción mientras me avisaba que ojito con plagiarla, que ya estaba registrada, como cuando nos vimos en Valencia y dibujamos un paseo alrededor de la mesa de billar…

Nano ya no podía más

Efectivamente Nano ya estaba hasta las pelotas. El mundo entero se había dado cuenta que Nano ya no podía más y tampoco prefería seguir. Nano lo único que quería era colgar de la entrepierna de Ana, esa fresca apertura que dejaba Ana tan suciamente abierta cada vez que íbamos a patinar. Nano estuvo fingiendo como un gran poeta que es que la perdición en sus rutinarios días de invierno era la entrepierna de Ana, la vecina del quinto. Todos los vecinos y vecinas sabían de su absoluto deseo por follar a Ana del modo más sucio que se pueda imaginar, pero Nano se entretenía constantemente en destruir cualquier atisbo de realidad con estos pensamientos del vecindario, tan reales y tan incómodos para Nano. Nano trabajaba en la cafetería que había después del quiosco, donde la madre de Ana vendía periódicos y chucherías. Fue una vez que se acercó Nano a por un paquete de cigarrillos que escuchó a la vecina comentar con otra que Ana solía ir a patinar a la bolera, que en el pueblo quedó en segundo lugar el año pasado. De este modo solían encontrarse en la bolera Ana y Nano, a Nano le gustaba esta casualidad pretendida. Ana patinando era realmente sucia, y a Nano le excitaba esa particular forma de abrirse de piernas de Ana, ese lenguaje en el silencio del continuo rechistar del hielo, esa conversación en silencio que destilaban las miradas de Ana con Nano. Ana no era del todo esa sensación de belleza que a Nano le hace enloquecer, pero no estaba mal para el invierno, hacía frío y en ese momento Ana era todo siempre. Nano pide un batido para Ana, que contenta le regala un beso mientras se le dilatan las pupilas. Nano está un poco harto ya de estos regalos breves que Ana le procura cada vez que le apetece o cada vez que quiere algo de Nano sin decírselo. Esta vez no eran ninguna de estas dos intenciones, era en agradecimiento por el batido de chocolate sin más, por lo que Nano agarra furioso de la mano a Ana que no comprende nada, la encierra en los servicios de la bolera y le hace el amor, mientras Ana se pone perdida de helado y gemidos y Nano no para de limpiarle el chocolate, mientras le come las tetas sin compasión, mientras Ana en mitad de un gemido eterno experimentando las nuevas sensaciones en su entrepierna, en los servicios de la bolera, donde entrenaba cada tarde para la competición local.

The End

Nuria intentaba ser Mónica Naranjo porque nunca tuvo personalidad, los padres de Nuria se la arrancaron de cuajo cuando aún era una niña y la guardaron en un tarro para siempre. Aquella noche Nuria estaba gorda de alegría como casi todas las noches. Nuria infló con tanta emoción los estribillos que los explotó hasta llenar de pringues todo el karaoke. Todos quedamos con la cara de idiota que se nos queda después de oir a Nuria, después de aquellas impostaciones postizas cubiertas de gruesos chorreones de emoción. Nuría bajaba deprisa de la especie de escenario con el romanticismo que se le salía -de tan vivo- por la boca, colgando, mientras se dejaba asomar toda una trayectoria inútil por los lindos ojillos de esta Nuria cada vez más decidida a dedicarse a la cosa lírica. Entre los tartamudeos de nerviosismo descifraba de los labios de Nuria la curiosidad por mis sensaciones después de sus latigazos vocales, si valía la pena seguir, si quizá podría presentarse al casting. Yo andaba en esos días buscando una voz con estilo para mi orquesta, pero obviamente Nuria no era lo que yo estaba buscando. Nuria no suele aceptar un no por respuesta, y comienza a quitarse el vestido y a introducir suavemente su lengua en mi boca, mientras me desabrocha sutilmente la bragueta prácticamente sin darme cuenta, cuando el dueño del karaoke interrumpe el idilio dejando caer fuertemente sobre la mesa otro vaso de ron muy sofocadamente entre ambas miradas, con las venas de los ojos a punto de explotar y un sudor frío y tembloroso casi imperceptible que comienza a contagiarse. Nuria y yo nos vamos a los servicios y nos lamemos los sudores mutuamente. Nuria folla como pocas, si bien canta también de un modo bastante único. El dueño del karaoke no puede más y se enchufa otro compás de coca en una esquina bien disimulado. El dueño del karaoke es el padre de los cinco hijos de Nuria. La camarera -hija de Nuria- me sonríe y me da otro beso, mientras Nuria no para de jugar en mi entrepierna. El dueño del karaoke no puede más y se pega un tiro en los servicios. La camarera y yo descuartizamos a Nuria y nos vamos a cenar, a ver de qué modo podemos finalizar la película.

Sangría francesa

A la serpiente de Claudia

Era un mensaje de Alfredo, para invitarla a un concierto de Tabletom en el Málaga Palacio. Encendida sacó el teléfono del canalillo contentísima y empezó como loca a darse silueta azul en los ojos, mientras se terminaba su kivi de por la tarde y comentaba a Eva del conservatorio la jugada del viernes y la ropa rosa que debía prestarle. Eva tenía la boca torcida como nunca, el alma torcida como nunca, llorosa. A Eva lo que le gustaba realmente era que su novio le abofeteara la boca un poquito antes de besarla, bien húmeda, sin importarle el después. Su novio, Paco el del bar, le pagó más de catorce operaciones estéticas con los ingresos inesperados de una herencia lejana y caprichosa, los que guardaba para un futuro mejor. Se quejaba Paco de los terribles deseos de la su novia, pero Eva, endiablada, sangrando como una cerda, lloraba en la entrepierna de su novio una nueva paliza, que por favor, en mitad del juego, de la burla, deseosa y enferma. Terminándose una chirimoya, Paco la aparta cansado, se enfunda en el vaquero, y se ofrece voluntario al servicio militar sin dar explicaciones, harto de beber sangre aliñada. Eva, llorando desconsolada intentando una Balada de Chopin en el piano de la su abuela, se corta las venas sin conseguirlo del todo. Marina se embadurna en brillantina toda entera, se pinta un dibujito manga cerca del ombligo, y arranca la moto en busca de su amiga. Otro mensaje de Alfredo que dónde y que venga, que se le pasa el arroz, a lo que Marina no le contesta, mientras se aprieta el móvil en mitad de las tetas, y se apresura a consolar a la su amiga de siempre, la pobre Eva, joven castigada aficionada a incendiar bares. Marina estaba entusiasmada con el pobre Alfredo, estaba todo el día intentándola, sin conseguir más que alguna mirada con más de un doble sentido y algún que otro toque al móvil.

Jefe 549: Es un jefe azul y muy delicado. Necesita empotrar gente sin consuelo y sin llanto ya. No le gusta dar explicaciones y prescinde de los modales de toda la vida. Sin contemplaciones.

Estaban al borde del barranco, hablando entre ellos, cuando escucharon la noticia por la radio. Alfredo mató a Marina en mitad de un ataque de celos. Cenando, Marina se apresura en mitad de un deseo indescriptible para hacerle saber a Eva que quería comerse las albóndigas de la su barriga mismamente. Eva pega un volantazo y se sube encima de Marina para enlazar con la su lengua la suya para que ningún argumento sobrara demasiado. Las dos se hacen el amor, se mezclan en el jacuzzi, hasta que pegan a la puerta desesperadamente. Virgilio, el vecino, que necesita urgentemente suicidarse. Las dos leonas ya ahogadas en el éxtasis devoran sin consuelo al pobre Virgilio muy pavamente. Virgilio era aficionado a la música india y al relax mental en general, pero el apretón de aquella tarde fue ya tan fuerte que su vecina no podía dejarlo desamparado. Vestida de plátanos, Marina mata a bocajarro al pobre Virgilio, que en mitad del éxtasis. Las dos en moto hasta llegar al barranco donde volvieron a hacerse el amor y a recordar sus infancias deciden reanudarlo todo nuevamente:
– A mi lo que me gusta es tocar el tambor en Semana Santa. Recuerdo en el convento cuando me metía mano mi madre la muy guarra. Estaba hecha una golfa con aquella minifalda y a mi madre se le ponían las bragas húmedas de pensar en mi entrepierna. Me la comía siempre que le apetecía, y yo la dejaba, era mi madre. Sin embargo, no quería que tocara el tambor, ni que jugara a los coches, sólo abrirme de piernas para ella. Siempre quería que estuviera en la puta catequesis con las demás niñas o follando con ella, yo empecé a odiarla profundamente. Hasta que te conocí. Nos follábamos en la sacristía, era muy profundo. Cogíamos el vino y los cirios y hacíamos nuestra fiesta en la oscuridad, cuando no había nadie para poder gritar y escuchar nuestro placer rebotando por las paredes, qué golfa eras. Recuerdo cuando me frotaste por primera vez. Entonces mi madre te cogió odio, tanto, que terminamos matándola. Desde entonces, todos los años salimos en la Semana Santa del pueblo tocando el tambor, como a nosotras nos gusta…
– Ya no vamos a salir más en las procesiones –susurraba Marina a la mirada húmeda de Eva tras el relato.
– Eso es lo que a ti te gustaría, puta viciosa, que yo te consintiera. Pero no voy a dejar que te comas tú sola, antes, te arranco yo la cabeza a bocados.
Las dos hembras finalizan comiéndose las bocas muy sonoramente después de una sangrienta pelea, mezclando los sonidos de labios y salivas con el cantar de algún que otro bicho nocturno, algún que otro pájaro de noche, cuando Alfredo aparece llorando vestido de novia con una cámara de video y pistola en mano.

Claudia 16: Es una niña de líneas verdes y naranjas. Aficionada al jazz y a las patatas onduladas, no le gusta que le quieran demasiado, más bien sin explicación ninguna. Le gusta la sangre provocada por accidentes.

Reían maliciosamente Alfredo y Gómez la muerte de Marina, mientras brindaban con un champán francés en la mitad ya del barranco. Pasaba la Semana Santa y ya faltaba en la aquella fila de tambores un redoble inseguro, el tambor de Marina. Gómez era el hermano de Marina, un policía al que le gusta saltarse la ley con sus amigos. Seguían bebiendo cuando un rugido de chatarra acariciaba un viejo disco de Calamaro que resonaba desde el Arosa de Gómez. Era Eva que llegaba en su moto satisfecha de lo que acababa de ver en la televisión local. Tenía que premiar a sus chicos de alguna manera, así que se desnudó y se ofreció a estos dos jóvenes entusiasmados más que nunca. Una leve lluvia refrescó el tanto calor que aquellos tres cuerpos se pasaban de unos a otros sin orden.
Después de follar, se vistieron, y cada uno tiró para su casa, al otro día tenían que trabajar. Eva era telefonista de los bomberos y servía copas en La Habana, una tasca de mala muerte, Gómez patrullaba con sus colegas y procuraba el orden sin conseguirlo, y Alfredo dirigía una modesta compañía de teatro aficionado y mataba a sueldo en contadas ocasiones. En sus ratos libres solían irse al bar de Eva, donde bebían cerveza gratis siempre que Domingo, el dueño de la tabernilla, no rondaba por allí para poner nerviosa a la joven Eva, a la que Alfredo conseguía marear con una notable facilidad y sin demasiados entusiasmos.
Quien sí conseguía absolutamente todo de la difunta Marina era Paco, que usó a Eva para poder conseguir que Marina se fijara en él. A Marina le gustaban cada vez menos las actitudes maquiavélicas de Paco que, a simple vista, nos puede parecer un personaje sin demasiada importancia, pero que esconde varias personalidades que nos pueden distraer con facilidad. Paco es quien recibe los encargos directos que ejecuta Alfredo en contadas ocasiones. Paco siguió viéndose con Marina en contadas ocasiones después de abandonar a Eva. Eva y Alfredo planearon el asesinato de Marina en un hostal de mala muerte sin contar con Paco. Paco no comprende nada y se enfada.

Asesina 931: Nunca consigue lo que se propone y siempre se propone lo que consigue. Aparca su Arosa desastrosamente, tarda mucho. Le gusta destrozar familias.

Eva era gótica y estudiaba música. Fue Paco quien la animó a estudiar piano, para así poder estar todos los días juntos en el bar del conservatorio donde trabajaba Paco. Poco a poco Eva fue desmenuzando frente a Paco todas sus miserias y deseos, sus desviaciones y sus dudas, las que a Paco en un primer momento no disgustaron en absoluto. Eva fue deformándose de tantas palizas de Paco, operándose y deformándose aún más, y a Paco no le disgustaba el aspecto de Eva, ni muchísimo menos, pero la cosa estaba tomando demasiados tintes enfermizos, no eran los tintes enfermizos de Paco, y Paco dejó de trabajar en el conservatorio para dejar de ver tan asiduamente a la enferma Eva, para alistarse a la mili, o dicho de otro modo, para trabajar en una gasolinera en las afueras del pueblo. Eva ya no era Eva, y eso a Paco no le gustaba en absoluto. Marina nunca creyó nada de lo que Paco le aseguraba. Ahora Paco quiere cobrarse todo de una vez, está muy desquiciado, como nunca.

Jefe 7893: Es un jefe rojo y muy delgado, con una solemnísima barba. Toca la guitarra y le gusta vestir con chaqueta, no demasiado planchada ni demasiado arrugada.

Estaba harta de tanto Chopin y tanta Balada. Eva era aficionada a los incendios, así que, después de quemar el conservatorio, se vengaría de Paco, probablemente quemándolo vivo en la su gasolinera. Alfredo necesitaba de los favores de Eva sin la su Marina, así que le confesó que Paco nunca se alistó al servicio militar, a lo que Eva le contestó escupiéndole rabiosa y follándolo como nunca. Alfredo no es violento. Se limpió con una servilleta la saliva y las lágrimas mientras Eva se vestía y se marchaba histérica con un solemne portazo. Alfredo llama a Gómez muy nervioso.

Luismi 9136: Es un personaje hecho a base de frases hechas, alguien que cree que existe mucho, pero que no existe ni a la de tres. Le gustan las fiestas en la Torre de San Telmo.

Gómez estaba en el balneario celebrando el festival a su manera. Rodeado de nenas de la zona de Pedregalejo se sentía muy bien nuestro amigo Gómez despejado de tanta inseguridad, arreando a la guitarra acordes y más acordes para que las niñas cantaran bordeando el infinito y la luna con sus miradas torpes e inseguras y a la vez decididas y delicadas. En mitad de una versión libre de Tabletom suena el teléfono de Gómez. Alfredo desquiciadísimo, a juzgar por su voz, desencajado lo mismo que un Mondrian hipercúbico:
– Pues hoy me ha funcionado mal con la Eva no sé…
– ¿A qué te refieres? Si se te iba muy bien…
– No sí, pero es que hoy me ha marchado escupiendo y golosa, sin explicaciones…
– ¿Pero qué has hecho? ¿No te animaste lo suficiente?
– Hablamos de Paco, de sus gatos, de los mejillones al vapor…
Estaba claro. Gómez aparcó en la playa a todas sus patinadoras de la luna y arrancó su Arosa en busca de Eva, preocupado por nada. Paco lo saca del coche sin mediar palabra y le corta la yugular mientras resuenan carcajadas las de Paco rabioso de placer manchadas de sangre por toda la calle solitaria.

Carlos 69832: Tiene gafas enormes y una barba con trozos de puchero del mediodía que le llegan a la entrepierna. Muy amante de los verdiales, se enamoró y lo perdió todo en un casino. Incoherente.

Eva se apresura para asistir al estreno de Alfredo, versión libre del retablillo de Don Cristóbal protagonizado por Claudia en el Picasso, el colegio donde todos echaron los dientes. Los profesores, preparando los bocadillos, las Coca Colas, y allí no aparecía nadie. Eva se pone un poco histérica y le dan ganas de ir al servicio. En los servicios, Claudia, embadurnándose en brillantina y fumando, algo nerviosa:
– Te veo atacada nena. ¿Acaso es tu primera vez o qué? –pregunta Eva desafiante.
– …and I feel them drown my name so easy to know and forget with this kiss… –canturrea Claudia en susurros como si no fuese con ella, mientras fuma un cigarro de maría.
Eva le arrea un solemne tortazo que hace que el cigarro caiga al suelo. Claudia lagrimea sin comprender y Eva es absorbida por los encantos del cuerpo de Claudia, tan tímido y tan llorón, tan sensible, que comienza a ganar terreno. Eva susurra déjame estúpida, pero ya no puede contenerse ni a las falsas lágrimas de Claudia, ni a esa sonrisa maquiavélica invitándola a hacer todo. Claudia deja caer su falda. En los servicios del colegio comienzan a sonar dos hembras en mitad de una fiebre indescriptible, cualquier cosa. Comienzan a llegar los demás protagonistas.

Jefe 67: Viste de cadenas, cuero y poco más. Vive en la calle y no le gusta que lo miren. Acostumbra a interpretarlo todo mal y a cobrárselo todo por adelantado y sin más. Roba coches y viola siempre que necesita sexo con total naturalidad.

Eva quiere cobrárselo todo. Después de volver a follar con Alfredo, comenta la posibilidad de un nuevo objetivo: matar a Paco. Alfredo y Eva se vuelven a follar mutuamente y se perfilan como los verdaderos culpables de toda esta trama estúpida.
Paco llama a Eva sin lógica alguna. Eva escucha a un Paco que desea fervorosamente invitarla a cenar, que hace demasiado tiempo que no se ven y que quiere saber de ella, que sólo como amigos y que no piense demasiado. Eva, en mitad de sus cegados sentimientos, acepta temblorosa y entusiasmada lo mismo que cuando con quince años en la fiesta del día de Andalucía. Alfredo se enfada por primera vez.

Virgilio 9321: Es director del colegio y se entusiasma con los teatrillos de los antiguos alumnos. Es feliz con una Coca Cola y poco más.

Alfredo histérico se instala donde vivía el pobre Virgilio, quiere observar con detenimiento todos los movimientos de Eva que no está del todo contenta con la mudanza de su novio pero acepta el desafío. Paco prepara una noche inolvidable para la su Eva en su modesto alquiler: música de Chopin, velitas, comida italiana, champán francés… todo preparado para que Eva no pueda negársele a nada. Claudia limpia la cocina de La Habana recordando todos los milímetros del cuerpo de Eva, que está ansiosa eligiendo ropa para la su noche con Paco.
Es una noche hermosa, estrellada. Paco abre la puerta a la su Eva, muy decidido, elegante y sin discordias. Viste camisa negra, pantalón vaquero oscuro, chaqueta clara no del todo planchada, y barba de tres días. Eva, enfundada en un sinuoso y sencillo vestido con líneas verdes y naranjas, dejando adivinar todos sus encantos con facilidad. Suena Chopin y un Rivera del Duero que deja caer Paco en la copa de Eva, suavemente, sin miedo a romper esa armonía arpegiada tan delicada que es la Balada de Chopin escupida por Ángel Sanzo. Suena el teléfono de Eva rompiéndolo todo. Claudia la necesita urgentemente, no se sabe aún por qué motivos, pero Eva se ve con la necesidad de ir en busca de Claudia, de aparcar su cena con Paco, Alfredo bajo las faldas de Claudia, la boca húmeda de tan irremediable situación. Claudia gime como una cerda.

Mawi 67902: Es la serpiente de Claudia. Inquieta y venenosa.

El balneario estaba siendo derruido poco a poco y como quien no quiere la cosa, para evitar posibles contra ataques. Las pocas casas de los alrededores pasarían a formar parte de un importante complejo comercial que planificaban los ayuntamientos más cercanos con total entusiasmo y sin la menor idea. Mientras Paco toma una fresca sangría de uvas y pera, calmado, mirando la playa, despidiéndose de su balneario donde divisa la farola como desde ningún otro punto, donde más de una vez atrapado por Marina Paco vestido de militar, se duerme, y sueña cosas extrañas, el camión de basuras triturando gentes.
Eva llama al timbre de Claudia nerviosísima. Alfredo le abre:
– ¡Sos un dulce! –exclama Eva derretida en mitad de una película de amor, en mitad del amor de Alfredo, Claudia tras Alfredo desnuda, Mawi, en mitad de su estómago.
Mawi se apresura a enlazarse entre las piernas de Alfredo, Claudia besa mimosa todo el cuerpo de Eva muy profundamente. Mawi se lanza a la cara de Alfredo, descuidado, a devorar su mirada sin avisar. Eva se desprende de esta escena tan patética y prepara unos huevos fritos. Claudia regresa al estómago de la su ama cubierta de sangres y feliz de cumplir los deseos de la su Eva. Se vuelven a besar. Eva desliza la su mirada por todos los encantos de Claudia manchados con la mirada de Alfredo. Al fondo, los gritos de Alfredo sin la su mirada. Más al fondo, Mawi satisfecha.

Alfredo 770: Perdió la su mirada intentando una versión libre del retablillo de Don Cristóbal.

Luismi era médico de la seguridad social y dirigía un coro de voces mixtas en sus ratos libres. Era muy anarca y no gustaba de hacer caso a los demás. Fue el encargado de poner música a todas las obras de teatro de Alfredo, que cada vez más odiaba la música de Luismi. Poco a poco fueron discutiendo una tarde acerca de una misa representada por los propios integrantes del coro, que Alfredo caliente como nunca sacó su pistola y mató a todos en un único disparo. La sala de ensayos se convirtió aquella tarde y para siempre en uno de los Goyas más expresionistas jamás contemplados por el joven Alfredo, que riéndose cerraba la puerta y se dirigía a La Habana a tomar algo con el grupillo de teatro.
Eva y Claudia comían huevos fritos cuando Luismi pegó a la puerta muy enfadado.
– Alfredo me ha dejado sin coro –escupía furioso y con la mirada perdida en un cuadro familiar.
– No te preocupes, nosotras podemos, tranquilo –dice Claudia mientras mastica con vicio mirando a la su Eva.
Paco no puede evitar el llanto y se tira por la ventana en mitad de la pena. Paco necesitaba vengarse con demasiada urgencia y no lo consiguió.

Coro mixto 835: Es un coro de personas mayores que dedican su tiempo a rescatar música del repertorio barroco. Todos son jubilados y jubiladas con mucho entusiasmo por la música, cegados por completo. Son utilizados vilmente por Luismi.

Alfredo no podía con Domingo, que aprovechaba cualquier descuido para irse a los servicios a enchufarse un latigazo.
Intentaba el pobre Domingo mantener el tipo sin demasiado ridículo. Era nobletón como quizá Antonio, pero juntos eran dos verdaderos hijos de puta despreciables y sin ningún interés. Antonio estaba perdido en el grupo de teatro de Alfredo sin comprender demasiado nada, gustaba de la buena música y la buena literatura y poco más, un ser totalmente desociabilizado por completo anclado en los recuerdos del instituto:
– Mira primo éste, ahí va otra vez –despreciaba Alfredo.
– Si no puede vivir sin su música mal peinada. Déjalo él sabrá. Apenas me ha saludado cuando ya le estaba sangrando la mirada –apuntaba Antonio con cierto desprecio mal educado.
– Por mí como si lo atropella un tren o se lo traga un camión de basura.
– ¡Habla el tren! –anuncia Alfredo.
– ¿Qué dice el tren? –pregunta a gritos Antonio en mitad de una nube de humo de tabaco francés.
– El tren dice que lo trituren lo mismo que a un puñado de basura. ¡Habla la basura! –ríe Alfredo con sadismo.
– ¿Qué dice la basura? –Antonio subido a un púlpito.
– La basura no quiere que Domingo esté revoloteando entre su mierda. ¡Habla la mierda! –Antonio más fuerte aún, escupiendo la cerveza de la risa.
– ¿Qué dice la mierda?
– La mierda está obsesa en su camión. ¡Habla el camión! –Alfredo a grito pelado, centro de miradas en La Habana.
– ¿Qué dice el camión?
– El camión tampoco soporta la presencia de Domingo. ¿Qué dice Domingo?- Antonio bajando la voz.
– ¡Que lo atropelle un tren!
Así horas y horas hasta volver a Domingo y triturarlo de nuevo sin compasión Alfredo y Antonio, mientras la clientela sin dar crédito una noche tras otra a todo lo que allí sucedía entorno al último día de la semana. Domingo en los lavabos poniéndolo todo perdido de sangre. Y entre la clientela, Marina.

Jefe 412: Es naranja y básico: come, duerme, folla, y entrena. Su vida son esos cuatro términos. Le encanta asustar a la juventud con su manera de pensar y su enorme barriga.

Marina estudiaba filología hispánica y follaba muchísimo por aquella época, era ninfómana. Verónica era compañera de clase de Marina, joven argentina que también se follaba todo lo que se movía menos a Antonio, que quedó traumatizado desde entonces sin comprender por qué la joven no lo usaba como a los demás. Alfredo se quedó mirando a Marina desconsolado, buscando la manera, cómo provocar una casualidad sin que se notara demasiado. Antonio reía y reía compulsivamente para llamar la atención de Verónica, que reflejaba en aquellas carcajadas los desequilibrios de un antiguo novio, lo que imposibilitó totalmente cualquier afair entre Antonio y esta joven argentina con ganas de volar y tocar el saxofón como en los cuentos de Cortázar.
Marina era una cosa bastante complicada. No terminaba de decidir el por qué y el cómo de nada, estaba siempre enlazada a una idea que nunca terminaba de matar, mucha risa y labios carnosos muy pintados que mareaban, perdida, hasta que se encontró a Fernando.

Fernando 7: Cándido y con problemas de vértigo, pasa los días charlando con Francisco -su amigo invisible- y U2 a toda pastilla.

Fernando es de origen patagónico. Junto a Alfredo y Antonio eran los tres pilares del grupo de teatro del colegio. Fernando no podía vivir sin sus discos de U2, motivo por el que abandonaron La Habana con Marina y Verónica para tomar copas en casa de Fernando con los vídeos de U2 que le renueven el alma. En La Habana estalla una bomba.

Israel 299: El otro amigo invisible de Fernando.

Eva no calculó nada bien y voló por los aires todo menos su objetivo. Eva se lanza a los brazos de la su Claudia desconsolada. Fernando en la su casa mira el telediario con asombro. Francisco e Israel felices brindando con el Macallan veinticinco años que Fernando guarda para ocasiones especiales. Marina haciéndole una manola a Alfredo sin comprender demasiado. Antonio follándose una puta callejera con media risa en la cara. El vértigo les había salvado la vida. Fernando arranca el coche emocionado y se estrella contra un edificio negro gritando las canciones de U2. Mawi se detiene en el ombligo de Claudia.
Nadie asistió al funeral de Domingo. Carlos toca la guitarra con mucho sentimiento mientras el coro canta a Monteverdi muy rocieramente.

Jefe 590000: De joven fue torero y pianista. Se pasa el día liando y ordenando, como cualquier líder de masas.

Manzanita había muerto y con él se había muerto también un trozo de Israel. Francisco e Israel están instalados en casa de Claudia, cerca del nuevo supermercado. Eva se pone a practicar en el piano de Claudia, que llora con las armonías de Chopin, le llegan muy al fondo. Eva llora que ya no es como antes, que Chopin ya no suena igual sin el calor de su Paco. Claudia aparta la silla del piano y se sube a la entrepierna de Eva húmeda como nunca. Eva aprovecha el estado vulnerable de Claudia y la acaricia con mucho cariño para confesarle que le han ofrecido trabajo como pianista en Nápoles. Eva promete volver entre besos y más besos, a lo que Claudia responde con un solemne tortazo y un par de grietas húmedas que nacen de la su mirada perdida de dolor y silencio contenido. Claudia se viste y se marcha a la playa en mitad de la noche. En la playa, Francisco e Israel nadando. En la arena iluminado por la luna Carlos con la su guitarra y una grieta en el alma.
Claudia quería recortar la enorme barba de pucheros de Carlos, que sonreía con un mal aspecto espeluznante, mirando cómo los amigos invisibles de Fernando, lo poco que quedaba de Fernando ya, provocaban a una bella recién nacida. Claudia se desnuda desafiante pero a Carlos ya poco efecto le producen los encantos de Claudia en mitad de la playa vacía, mientras termina un tinto de verano y continúa su repertorio para su público invisible, sus miles de franciscos e israeles gritando emocionados en un enorme silencio que se acumula sin pedir permiso en el alma de Carlos que arranca su coche en dirección al casino del Málaga Palacio para gastárselo todo. Claudia se enfunda en su pareo medio enfadada con un gesto melancólico y ríe como loca ahora con un amigo nuevo de la facultad en la barra del balneario. Ni Eva ni Carlos ni nadie hace mella en el alma de Claudia, que enrolla orgullosa a Mawi en la su cintura y deja caer su pareo para provocar al nuevo amigo de la facultad, que atragantándose de tanta provocación recibe un beso de Claudia que le marea ya de por vida. Claudia sube encima del estudiante sin permiso y sin consuelo.

Marina 15: Es tímida y morena, de pelo largo y muy jamona. Es hermana del policía de barrio que murió a cuchillazos en manos de Paco.

Verónica está altamente privilegiada con todas las sus dudas y con todos los sus tabacos franceses. Está en el bar de la facu con Marina desafiando a toda la barra con gestos y miradas mientras sorbe café y clava esa serpiente de humo que sale de la su taza para calmar el frío de aquellos días en mitad de todas sus ideas fríamente calculadas. A Verónica se le antoja robar en unos grandes almacenes, mejor aún, molestar en unos grandes almacenes. Marina se ríe por no llorar y echa otro sobrecito de azúcar en su zumo de naranja natural. Verónica llama a Estefanía y a Rocío, las otras dos camareras de la barra de la facu, para organizar el plan entre las tres que entre risas y medio excitadas. Marina mientras gime con Alfredo por teléfono cansada ya de tanto amor y de tanto todo.
Enfundadas de cuero ya van las cuatro al corte inglés a jugar un poco con la realidad, a tambalear las estrategias de seguridad impuestas por los empleados de grandes capitalistas que no encuentran ya sabor en absolutamente nada, ya juguetean y ponen en alerta a un par de empleados en la planta de cosmética a los que sonríen picaronas mientras se pintan los labios y los llevan de la mano a los servicios de señora a comprobar que todo es posible al ritmo del hilo musical de la planta dos. Los dos empleados fuera de juego. Uno de ellos, Carlos. El otro, Luismi. Una vez perdido todo, y después de una larga temporada tocando por todos los hoteles de la costa, Carlos decidió encontrar la tranquilidad como seguridad del corte inglés por mediación de unas amistades extrañas de Luismi, que continúa con su coro de jubilados para no perder mano en esos terrenos del cante barroco que tanto le gustan. Más allá de la lógica, Luismi se lanza a la mirada de Carlos y la arranca a tiras sin explicación. La guitarra de Carlos ensangrentada, Luismi con una indescriptible sonrisa manchada de sangre. Las cuatro hembras se arreglan los pelos y engominan su cuerpo en brillantina mientras salen pitando de los servicios hacia la puerta giratoria gritando enloquecidas de satisfacción la canción del hilo musical de la planta baja. Rocío recibe una llamada de little Rocío en mitad de la carrera:
– Esta noche estoy gótica suplántame -aclara little Rocío con insultante decisión.
– Yo me siento sucia así que déjate –Rocío maliciosamente.
– ¿Y a mí qué? –desafía little Rocío haciéndose cortes en las piernas con el cuchillo de cocina.
– ¡Que te follen!
– ¡Puta!
Ambas cuelgan el teléfono en mitad de un odio que posteriormente se convertiría en deseo y Luismi es interrogado por Gómez en mitad de una impresionante paliza. Little Rocío se limpia la sangre, se enfunda en su chaqueta roja, y se presenta en el Road House sin avisar a nadie. En el Road House Claudia con su nuevo novio. Muy al fondo Verónica besándose con la su Marina. En los servicios Rockberto zampándose un puchero. Casi todo estaba ya deshecho por aquella época o todo estaba por hacer. Una guitarra eléctrica ruge desesperada en mitad de un tema de Tabletom.

Europa 3: Es una niñata americana que persigue que la pisoteen.

Sa se entra en el Road House deshecha sin comprender demasiado el idilio entre Verónica y Marina. Decepcionada por completo saca encendida a bailar a Claudia muy sugerentemente mientras el nuevo novio de Claudia sangrando por la nariz en los servicios sin comprender demasiado gasta la poca batería del móvil pidiendo auxilio desesperado a sus antiguos compañeros de instituto, Rockberto tumbado en el sofá de la escalera fumando un cigarro de maría.
Sa es bailarina profesional del atrezzo discotequero y lo sabe. También sabe que anda perdidamente enamorada de Verónica, pero procura no saberlo demasiado. Es pelirroja y muy hermosa y a Verónica le pone muchísimo. De actitudes poco comprensibles Sa intenta despejar razonamientos y dejarse llevar por los instintos sin conseguir demasiados resultados a favor. Para Verónica Sa es la compañera española en el curso de hip hop en Cuba y poco más pero Sa es profesional del hip hop y en sus ratos libres realiza las coreografías en diversos programas de televisión de máxima audiencia, por lo que Sa y Verónica llegan a intimar y a darse el lote más de una noche con total desenfreno y sin ningún miedo a equivocarse. Claudia no comprende demasiado y comienza a mordisquear el delgado cuello de Sa muy amorosamente. Claudia y Sa anteriormente compartieron de todo a parte de sus cuerpos, incluso a Randy, cubano que intenta hacer creer a todo el mundo lo que sabe perfectamente que no. Ahora Verónica se abalanza rabiosa al cuello de Claudia y le arranca un mordisco que escupe a la mirada empapada de Sa. La placa de Gómez irrumpe en el Road House.

Rockberto 543: Es el líder de una banda de rock malagueña muy anarcoide. Bajito y con un millón de caracoles canosos alrededor de la comisura de los labios, le encanta comer pescaito frito en La Campana y a cualquier hora del día.

Verónica y Sa follan endiabladas en la tranquilidad de un hostal de mala muerte, perdidas en los misteriosos jugos que esconden sus pecaminosos cuerpos, perdidas entre alguna mirada llena de nostalgia, cuando Verónica recibe una nueva llamada inesperada de Gómez, que se viste furiosa, y arranca en dirección a la comisaría. En comisaría Claudia deshecha de tanto amor, con el mordisco de Verónica clavado en el alma, brillando. Claudia emprende un viaje perverso por las pupilas de Verónica que es hipnotizada por primera vez de un modo completo y sin hilachos de situaciones que nos puedan conducir a falsas conclusiones. Los cuerpos de Claudia y Verónica se apresuran encendidos hasta el mismo coche de Claudia que se follan desesperados intentando encontrar desprendidos una explicación lógica a sus vidas. Pasa un desfile procesional y a Claudia todo le parece inoportuno, muerde con la mirada el húmedo labio inferior de Verónica, y propone en susurros marchar juntas a las islas París, encontrar nuevos motivos que alimenten sus crudas existencias, Carlos en La Habana esperando para siempre a la su Claudia. Marina y Eva redoblando en mitad de la procesión.

Juan 444: El último novio de Claudia. Murió desangrado en los servicios del Road House.

En la barra de la facu Marina sola rodeada de mil personas, mientras Estefanía prepara con mucho cariño un café bombón que la anime. Marina, que ha probado los encantos de Paco y no sabe cómo hacérselo saber a Eva sin demasiados entusiasmos que puedan herir su sensibilidad, recibe una inocente mirada de Estefanía que acariciando el gesto de Marina. Dejando caer una leve sonrisa frente a los sugerentes ojos de Estefanía Marina toma la su mano de hasta sacarla de la barra levemente excitada por la situación. Las dos hembras se miran hipócritamente avergonzadas, muy lentamente, se acercan tímidas la una a la otra, como si quisieran cazarse mutuamente, que medio inconscientes en mitad del falso engaño, que se lamen de amor las bocas con una ternura desenfadada que hace que en el bar de la facu se arme un revuelo silencioso entre los estudiantes y las miradas que intentan no hacer demasiado caso al espectáculo por miedo al qué dirán, por miedo a perder el control que entre unos y otros se procuran y se hace más fuerte cada vez más a medida que el amor entre Marina y Estefanía crece y se hace más profundo. Estefanía excitadísima aparta sonrojada con una pícara sonrisa a la su amada y en mitad de un cómplice abrazo pide permiso con un guiño a Rocío para ausentarse, mientras se quita el delantal y toma de la mano a Marina, que clava sin concesiones la mirada en su escote mientras se dirigen a un pequeño parque en las afueras para hacerse el amor por completo hasta el final. El sol acaricia sus cuerpos cuando suena el móvil de Marina, Paco quiere repetir. Estefanía adivina en la mirada de Marina un nerviosismo desconocido mientras le comenta lo sucedido con Paco. Marina está perdida e interrumpe un beso de Estefanía, que sin comprender nada queda destrozada en mitad del amor, en mitad del parque ya más desnuda que nunca. Marina se viste colmada ya de remordimientos, se aprieta las tetas, y arranca en dirección al conservatorio para esperar a Eva. Mientras espera no puede evitar tomar otro bombón en el bar de Paco que, pensando que Marina ha ido a visitarle con la excusa de ver a la su amiga, le propina un beso en mitad de alumnos y profesores que Marina acepta en un primer momento sin desvelos, aunque con demasiados remordimientos quizá, tantos, que lo escupe en mitad del éxtasis de Paco, mientras explica entre gritos de silencio y susurros locos todo lo sucedido, un poco alterada, sin poder ya dar una dirección única a todos sus sentimientos. Paco no comprende nada y se echa a reír con la mirada mientras se mete en la cocina a preparar una tortilla de patatas canturreando el éxito que suena en la radio. Eva llega asqueada de su clase de armonía, cargada de leyes acústicas. Paco sale de la cocina para animar a besos las clases a su amada mientras Marina disimula removiendo su bombón. Marina no puede más y se echa a llorar desquiciada mientras se marcha corriendo por los pasillos del conservatorio en mitad de un dolor y una furia que no duele. Eva tras Marina sin comprender nada, Paco troceando la tortilla de patatas canturreando éxitos.
Little Rocío llega al bar de la facu manchada de sangre para sustituir a Estefanía y Rocío llama a Jose para cancelar su sesión de fotos, el bar de la facu está a tope y no puede dejar sola a little con tanto mocoso. Jose es fotógrafo profesional, novio de Rocío, que no recibe de buen grado la noticia y se dirige enfadado a la playa a fotografiar la inmensa luna llena de aquella noche. En la playa solitaria Sa desnuda dejando que la noche y la luz de las estrellas envuelvan todo su cuerpo aún mojado por el mar. Jose toma fotografías sin pedir permiso mientras Sa se masturba por la provocadora situación. Sa y Jose se acercan y se proyectan cada vez más hasta hacerse el amor en mitad de la orilla, en mitad de la noche y el mar. Jose y Sa mueren ahogados en mitad del éxtasis, devorados por el misterioso encanto del solsticio de verano. Suena un leve verdial a lo lejos.

Jefe 472: Es de color oscuro y con una enorme lengua viperina. Tiene enormes manchas de color verde por todo el cuerpo y siempre va desnudo. Le interesa sobre todo la sangre fresca, le provoca placer resecarla sobre sí mismo. Le encanta la tortilla de patatas.

Las islas París estaban muy solas y Claudia devora a Mawi en un ataque de celos en mitad de la ira en mitad de la noche y el entusiasmo. Masticando la resbaladiza textura que es el húmedo cuerpo de Mawi que dentro ya del estómago de Claudia, decide matarla antes de morir. Claudia muere por una extraña intoxicación que nadie conoce, lenta y dulce. Verónica arranca una risa incomprensible y manda un mensaje a Ali, su antigua novia del instituto, pero Ali está ocupada. Ali es operadora en el aeropuerto de las islas París y no puede perder ni un segundo. Verónica y Ali tocaban en la panda de verdiales del instituto y es así como comenzaron su amor. Cuando Ali tocaba el violín tenía verdiales en los ojos y a Verónica se le caían las lágrimas. La boca de Ali era una absoluta provocación diaria que Verónica no pudo dejar pasar inadvertida en los años de instituto en los que confundían sus cuerpos en los servicios, sus bocas, cuando el director las interrumpía para masturbarse en el silencio y complicidad de todo un sistema corrupto que en el pueblo por aquellos años era como la merienda dominguera. Luego se vestían y se bañaban en champán francés en cualquier parque solitario. Ali tenía la velocidad acumulada en su mirada y era el motivo por el que a todos les atraía su enorme fuerza centrífuga que no era otra que la de tragarse a sí misma en cualquier circunstancia, relamerse los labios y dejar brillar todo el vicio que corría por sus venas. Ali estaba cansada de operar en un aeropuerto cercano a las islas París o tocar el piano sin ganas en Málaga, así que decidió dedicarse al diseño capilar y a coleccionar corazones de hombres y mujeres. Todas sus parejas se suicidaron mientras ella daba brillo a las gominas y despeinaba matrimonios sin ton ni son. Ali se cansó de escribir poesía barata y a destajo, necesitaba otras formas de liquidar sus horas sin demasiada pausa ni demasiada prisa, tenía fobia a la nada y eso le preocupaba y le ponía nerviosa por lo que se compró una enorme moto roja y se lanzó al vacío sin avisar a nadie, para morir atada a la su moto roja, descapotable, llorando ahogada en el fondo de las islas París, clavada en una inmensa torre gótica muy fina y bien iluminada.

Reacción 15: Es la sensación que provocan las mujeres que tienen la mirada perdida entre la costumbre y el desorden histórico. Es mucho más que simple inconformismo.

Todo venía a cuento por culpa de la mirada de Claudia. La mirada de Claudia era cada vez más azul y más transparente, hasta que hizo confundir a todo el mundo. La melena de Claudia, la dulce melena despeinada de la aquella carcajada, el cigarro de chocolate, o las vísperas navideñas y la acampada en verano hicieron de Claudia una caja de zapatos italianos, pero su mirada -la mirada despeinada de Claudia- no puede adornarse de actualidad, no puede el alma de Claudia un desayuno con bacon y huevos fritos superficial y estúpido, pegada al estómago familiar que todo lo traga. Claudia cree que puede pasar desapercibida por todos estos lugares, incluso dando de comer de su entrepierna a los desempleados de alguna fábrica. Claudia olvida que nació en la orilla de la playa, engendrada por el sol, la luna y el mar. La mirada azul y transparente de la perra Claudia, ya sin ganas de Málaga.

La luz se deshizo en pequeños cristalillos azules que caían de no se sabe muy bien dónde. La humanidad fue desarrollándose volviendo hasta la más cruda de las estupideces, desapareciendo sin dejar ni una sola estela de aquella luz azul, donde todo comenzó alguna vez, o acaso el humo azul de un cigarrillo sujetado por los húmedos y ansiosos labios de alguna mujer hermosa, atrapada por el deseo.

El humo de las pipas

Teníamos previsto que Enrique no se enterara de nada. Nadie quería que Enrique se preocupara demasiado y era por lo que todos disimulábamos y procurábamos que nuestra sonrisa no quedara enmarcada en una demasiada hipócrita preocupación. Nos mirábamos unos a otros, nos dábamos codazos. Nos llamábamos por teléfono. Hacíamos guardias. Enrique seguía sin saber exactamente nada absolutamente. Crecía una preocupación que dilataba a cada segundo el alma de Enrique, que con tanta felicidad, cada vez más preocupado, algo raro notaba entre todos nosotros que aún no alcanzaba a descifrar. Laura decide envolver a Enrique en una sábana, Helena perdida en sangre y vicio, se abrazan, se besan, y se hacen el amor en los servicios del hospital procurando el silencio, los enfermos duermen y los médicos juegan al Trivial. Gómez gastando discos de Calamaro y paquetes de Novel al borde de un precipicio en los acantilados de Maro, al borde de la luna llena. Gustavo enterrado en la playa por un grupo de jovencitas que juegan con su profesor de literatura al escondite. Nadie distinguía bien la realidad, quizá sólo Enrique, que ya nunca más podría observar el dulce cuerpo de las sus compañeras de hospital, el dulce cuerpo de las sus enfermas, el dulce cuerpo de las sus pintas de Guinness en la su cervecería preferida. Laura decide llamar a Gómez como siempre para compartir el peso de sus caprichosos inconformismos, bajo el sucio y sinuoso cuerpo de Helena que intenta entretenerla con sus encantos manchados de sangre y jugo de cerezas desgarrando las sus ropas bajo el chorro de agua del baño que empapadas de sangre y lágrimas. Pero Laura está ansiosa, y necesita hablar con Gómez, que pega un volantazo y vuelve para ver a la su Laura, perdida entre la sangre y el llanto. Helena se viste furiosa y se acerca a la playa, rescata con talento a Gustavo de las jóvenes escritoras en ciernes y lo invita a un champán francés frente a los acantilados de Maro, frente a una luna llena envidiable, pero el idilio de Gustavo es interrumpido por una llamada desesperada de Sergio, que acaba de salir de trabajar y aún tiene ganas de marcha. Los tres jóvenes cuerpos ya destrozados de tanta realidad se dirigen al centro de la ciudad a procurar olvidar por todos los medios lo sucedido. Cinco botellas de oporto se encargan de envolver a estos tres individuos de odio y asco, pena y dolor, el cuerpo de Enrique aún en el maletero del coche de los padres de Helena. Sergio ríe a carcajadas descontroladamente y besa endiablado a Helena que lo acepta ya por efectos de sueño, Gustavo decide pedir una última copa de oporto y entretenerse gastando la última botella mientras dura el pequeño idilio que a la sombra de las mesas de madera y el olor a alcohol de estos dos jóvenes cuerpos intelectuales, a la sombra del cansancio etílico de Gustavo. Laura llora furiosa y Gómez no sabe ya bien cómo tranquilizarla, se le escapa de las manos, está demasiado perdidamente enamorado de ella y ya no puede hacer nada para olvidar sus recuerdos, quizá ya son demasiados los recuerdos con Laura. Sus estudios de psiquiatría de nada le sirven frente a los encantos de Laura frente a los ataques de los encantos de Laura. Ya en la cena, Laura le informa a Gómez de lo sucedido en el hospital a lo que Gómez responde tomando carrerilla y lanzándose por la ventana sin pensarlo iluminado por la luna llena. Laura queda prendida del balcón llorando la muerte de Gómez cuando suena su móvil, Helena la invita a pasear por el puerto sin ningún tipo de compromiso formal. Paseando cerca de la farola -el paseo lleno de gentes con lamentables aspectos funerarios- paran en una vieja tasca y toman un par de tapas de ensaladilla rusa con sendas cervezas hirviendo, era una noche caliente como ninguna, las neveras dejaron de funcionar. Pasaban mientras filas de ambulancias una tras otra con ancianos fallecidos del excesivo calor, Helena sonríe picarona y sorbe lentamente una lágrima de sudor que juguetea en los finos labios de la cada vez más acalorada Laura, frente a la oficina del paro una enorme cola de jóvenes que mezclados entre el sudor y las lágrimas seguían sin poder dar rienda suelta a su imaginación, los tiempos habían cambiado y se habían vuelto aún más difíciles, sólo quedaba la práctica descontrolada del sexo. Cayeron un par de gotas del cielo cuando el cuerpo de Enrique comenzó a oler, los padres de Helena en las ferias del pueblo, Helena perdida en la entrepierna de la su prima recordando los juegos de juventud y el descubrimiento de la sexualidad en las aquellas nostálgicas tardes de monótono calor y excesivo aburrimiento en el pueblo, cuando todavía los dedos de Helena acariciaban el sencillo cuerpo de Laura sin miedo a pensar demasiadas cosas. Al otro día se celebró el funeral de Gómez, lleno de gentes dispares, nadie se conocía. Helena recibió el pésame de una alumna de Gustavo sin comprender muy bien, cuando el sol se puso azul y la gente se difuminó y olvidó todo en sus casas, recalentando pucheros y riendo con la televisión, ya sin perfumes ni el humo de las pipas. Gustavo nadaba en la playa.

Entreguerras

Era una justificación poco concreta pero bastante válida, mientras acomodaba un pequeño trozo de pan con mortadela y coca cola en su alma, mientras sus ojos llenos de ilusiones se humedecían de felicidad en mitad de la lumbre, en mitad de la noche. De todo lo que ya se había oído con anterioridad destacaba únicamente la discreta forma de entonar del público de la aquella rubia rechoncha que repintada de rojo, ahogada en bocadillos de mortadela y cervezas españolas. La aquella joven necesitaba hinchar su cuerpo para dar un mayor aspecto de profunda despreocupación y consecuente profundo misterio ante el público que le tocaba aquella noche. El enano igual que un silbato pisoteado se quita la correa, se enrojece y grita un hora de almorzar parecido a un simple los bocadillos. La muchedumbre se amontona sola en el fuego entre envoltorios de aluminio, latas de cerveza y guitarras sordas, encendiendo multitud de móviles que gritaban nuevos mensajes y avisos desesperados, compromisos, y amores imposibles. Cantaban canciones desafinadas, el cielo oscuro estaba precioso mientras ocurría todo aquello, pero el por qué era impropio deshacerse del grupo aún nadie lo sabe, nadie, por lo que la gorda culminó rápido sin soltar prenda para volver a la habitación a descansar de aquella tarde tan intensa, antes de que el enano volviera a gritar. Laura, mientras mordisqueaba sin ganas un trozo de apio bastante tieso, recibió una posibilidad remota por parte de Helena, pero aquello era demasiado difícil, una maniobra demasiado engañosa incluso para ella, quizá no del todo cierta, por lo que Laura expulsa sin ganas una lágrima del ojo izquierdo en busca de Eduardo, que sigue enamorado de Laura desde Mancha Real. El profesor de música empeñado en buscar el sonido azul, Eduardo, coincidió con Laura en un cursillo musical en Boston sobre cómo pasar de todo sin que tu entorno se altere demasiado o el jazz hoy, y saca su lengua para limpiar la lágrima de la su Laura muy poéticamente. La lengua endiablada de Eduardo baja en un profundo ataque de amor y se introduce astuta en la boca de la aquella triste Laura sin posibilidad, sin previo aviso, que sin contemplaciones le arrea un sonoro guantazo como principio y arranque de una lujuriosa entrega de besos descontrolados en mitad de la gente, en mitad de la noche, principio y arranque de mil comentarios cuyo centro tonal, la desesperanza emocional de Laura. Mientras Eva, la rubia inflada, que en su habitación tomándose la tensión, su novio revolcándose en mitad del fuego de Laura, ardiendo ya dentro de Laura, en mitad de la batalla que ardiendo ya en mitad de la luna del mar de por culpa del viento que resopla canciones de los beatles que de risas y llamadas perdidas envejece y rejuvenece sin orden encendido en la mitad ya de los desnudos cuerpos de Laura y Eduardo que ya se aman ya desesperados, que se mezclan ya arrugados ya de tanto antes de que se amanezca el día y la luz los delate y los haga arrepentirse de todas aquellas formas distintas de hablar bajo el agua. El enano grita encima de la gorda, la lincha con la fusta hasta el ensangrentamiento, le escupe en la cara hasta entorpecerle la mirada, pero la iluminación no es la adecuada, no es, y deciden parar en otro hostal, otro sitio cerca donde la escena dé verdadero asco. En cualquier caso el hostal de Helena huele profundamente a sudor, y no es del todo interesante estar allí más tiempo, es un asco no del todo palpable. Helena promete a Laura volver a intentarlo, pero esta vez Helena ya está un poco cansada, desconsuelo quizá, a lo que Laura le contesta con un profundo beso que hace que Helena y Laura se desparramen mareadas por las escaleras del hostal hasta la habitación de Laura, donde nos encontramos a un Eduardo sangrando en mitad de la bañera. Eduardo ha renunciado a la vida, Laura le dio demasiados disgustos, lésbicos quizá, quizá con su prima, Helena, a lo que las dos hembras responden rompiéndose las ropas a besos, cada vez más rojos, más despintados, riendo fuertemente para que todo el mundo las escuche, para que todo el mundo sepa hasta dónde llega su deshumanización, mientras llenan la bañera de leche e introducen sus cuerpos en el líquido blanco que las devora poro a poro en mitad de tan lujuriosa escena, en mitad de un champán francés. Pero al enano no le ha gustado, no, así que hay que repetir. Y se repite, tanto que la lujuria se pierde, y se pierde el encanto, y se pierde ya todo en mitad de un deseo que no existe, que ya nadie se cree porque jamás existió. Eduardo se ducha sin ganas y se acuesta, harto ya de tanto hacer el gilipollas, pero la gorda tiene ganas de marcha, y se extiende lo mismo que una enorme gelatina sobre el frágil cuerpo de Eduardo cansado. Y Eduardo le da un beso en el cuello y le muerde la oreja húmedamente, la gorda se excita, y aprovecha ese preciso momento el cansado Eduardo para susurrarle a la su gorda oporto. La gorda prepara la copa para Eduardo, y ya Eduardo le habla claro a la su gorda con la copa en la mano, sentado en la cama, con una mirada perdida en la perspectiva de un cuadro familiar, improvisada tal vez. La gorda se humilla y se extiende en la cama llorando lo mismo que una foca a punto de morir, a lo que Eduardo responde con un portazo desde fuera, el oporto sin acabar, el cuadro en el suelo. Y llama a la su Laura. Eduardo ya nervioso. Y es ya en la playa donde vuelven a necesitar entregarse sus cuerpos, donde ya deciden intercambiarse sus almas hasta el infinito, tantas veces hasta que se confundan, hasta mezclarlas y que nadie las distinga, todo a orillas de un mar poco revuelto. Gritos de gaviotas, barcos, y un faro perdido, adornan el amanecer de Eduardo y Laura, que quizá tampoco necesita ya nada, quizá Eduardo sólo su trago de oporto de por mitad de la mañana, pero esta vez prefiere no pensar demasiado, Eduardo lo acepta sin desvelos. Eva queda dormida y amanece sola en su habitación y decide no salir en todo el día, necesita estar dulce para su concierto. Pero también necesita olvidar el desdén que le ha regalado Eduardo en su aniversario, necesita tirar la basura, así que se repinta la cara de rojo como sólo ella sabe y se va al supermercado a hablar con las vecinas de la actualidad y el ocio en estados de aburrimiento, a escupir perrerías de unas y de otras sin mayor preocupación que la hora de comer. Era preferible rellenar el tiempo de mierda a desnudarlo en mitad del vacío que había dejado Eduardo, pero Eva ya no puede. El concierto fue un desastre, su público dejó de ir a verla, tarros y tarros de nocilla. Eva se encierra en casa, pierde peso, y está muy sola. Tampoco desea escuchar música, ni leer nada, porque todo está sometido a un proceso de humanización que no le atrae en absoluto, sabe que todo eso es otra vil mentira para poder beneficiarse de aquellos que todavía creen que aún es posible la salvación. Eva sabe perfectamente que este estúpido estado de gracia que se le concedió, si se le concedió alguna vez, era otra mentira que ella misma inventó y creyó, que todo el mundo creyó, y es por lo que prefiere callar, dejar pasar el tiempo sin adornos, sin gaviotas, sin barcos, sin faros que le entorpezcan la visión de la realidad que le ha tocado vivir. Mientras tanto, Eduardo continúa su idilio con Laura, que desconoce la relación de Eduardo con Eva, tampoco es algo que pueda alterar en absoluto su alma. Se conoce que Laura nunca fue mujer de amores excesivamente diplomáticos, no es una mujer excesivamente poética digámoslo así, más bien de amores fáciles, de fácil conquista, de más fácil aún consuelo en periodo de entreguerras, por lo que se deduce que a Laura la relación de Eduardo con Eva le puede producir incluso risa, incluso asco, incluso pena por Eduardo. Gómez, el portero, interrumpe el sueño de Eva con un puñado de cartas en la mano y un certificado sin firmar. Eva se levanta con un profundo asco, Gómez ha insistido demasiado esta vez, cierra de un portazo, y con el cuchillo de la cocina abre enfadada postales de navidad, gambas en oferta, y una carta donde Conde la avisa de un posible concierto en el Cacique, el bar de la esquina. Pero Eva ha quedado excesivamente delgada, no puede ponerse ante su público, y decide no aceptar la invitación. Y llama a Conde. Y Conde llama al dueño de Cacique. Y todos se ponen nerviosos, quién coño hará la gala de fin de año si no es Eva. Conde se reúne con Eva y se echa a llorar. Eva responde que no es sólo una cuestión estética. Conde grita que se deje de gilipolleces y que cante que es lo que tiene que hacer. Eva le grita que está en huelga de hambre por amor. Conde ríe a gritos. Eva comienza a romper vasos. Conde se pone nervioso y la desnuda endiablado. Eva llora mientras se deja desnudar por Conde enfurecido. La terraza deja que estos dos cuerpos divaguen desnudos en mitad de la intensa lluvia, en mitad del odio y el amor enfermizo que se profesan de vez en cuando. Eva y Conde son socios desde hace tiempo en esta estúpida empresa que montaron para rellenar su tiempo libre el uno y su alma la otra, y follan entre lágrimas y lluvia sin comprender demasiado a sus cuerpos en silencio, no importa en absoluto nada en ese momento para comprender la rutina diaria, hasta que el móvil de Conde comienza a gritar desesperado. Pau tiene ya la cena preparada. Pero Conde está ocupado arreglando una nube y no puede. Eva cariñosa pide a Conde que se quede a cenar, a lo que Conde no sabe bien qué responder, y torpemente vuelve a sacar el fin de año intentando ser cariñoso. Eva expulsa sin ganas una lágrima del ojo izquierdo y le pide a Conde que por favor se marche. Conde se desconsuela y va a casa de Sergio a contarle todo, mientras Sergio se empapa de pornografía que tiene guardada de cuando su juventud, mucho antes del pantalón de raya diplomática, y claro, no puede atenderle. Conde desconsolado se va llorando a cenar con su mujer. Laura ríe endiablada encima del diplomático Sergio lo mismo que una guarra, y es que Sergio le hace mucha gracia, es el encargado de la radio escolar donde trabaja Laura, y hace muy muy buenas imitaciones, y a Laura le encantan, todas, a Laura le gusta mucho que la hagan reír. Sergio tiene también en su cartera miles de fotos de mujeres, todas sus novias dice, y un sinfín de imitaciones que aún no han explotado en cara de Laura y claro. Es un hombre muy simpático Sergio, sólo le gusta beber vodka de marca con naranja y hablar de sexo, le gusta mucho el sexo, eso sí. Dice Sergio de sí mismo que es un guarro, a lo que la diplomática Laura le responde con una mirada sin significado que hace nacer en Sergio mil millones de preguntas que jamás se ha planteado, y revisa su tarjeta de crédito y corre a la calle a ver si llueve o ha parado. Laura tras él le dice que le mida los pechos, y Sergio nervioso se recuelga de la lamparona naranja de la aquella fiesta improvisada de navidad, el pantalón de raya diplomática mojado de zumo de naranja, Eduardo confundido con Helena en su habitación escuchando música minimalista que le ha prestado Helena mientras mira por el cristal de la ventana cómo la lluvia está intermitente, cómo que no para, aunque pare muchísimas veces. Pero Sergio es también un gran improvisador, y decide ir a casa de Eduardo y explicarle diplomáticamente lo que está haciendo Laura sin diplomacia ninguna, a lo que Eduardo le responde que Laura puede hacer lo que quiera, que ella puede hacer lo que quiera nervioso, mientras se baja el pantalón para medirse nuevamente la entrepierna muy preocupadamente. A Sergio se le enciende la mirada, le crece muy rápidamente la entrepierna, y corre al bar a por Laura, pero Laura ya se ha ido. Laura tiene muchas historias en la cabeza que aún no ha mezclado bien, demasiadas piezas para encajar, así que llena de ansiedad se compra en el super un tarro de nocilla gigante que engulle sin compasión hasta terminarlo por completo mientras llora y patalea en el silencio de la habitación de su piano. Gómez escucha todo tras la puerta, esperando que Laura le abra, pero tantos pianazos no dejan que se escuchen ni los gritos del profesional Gómez, que decide darle el correo a la joven vecina de Laura, mientras toma una copa de champán francés enlazado en el sofá del marido de la vecina de Laura, la vecina cocina muy bien. Eduardo come quicos mientras suenan los pájaros exóticos de Messiaen, le importa poco la noticia de Sergio, parece, Helena entrelazada en Eduardo con el Come out de Reich. Y mientras todos escuchaban atentos las historias de las novias todas que en la cartera de Sergio amontonadas lo mismo que una colección de sellos antiguos que en la su boca aquella noche, Laura, Lorena, María José… todas querían a Sergio, muchísimo, y no importaba el precio. Tampoco importaba que Sergio compartiera su cariño con todas, Sergio tiene un corazón tan grande que apenas notarán la diferencia. Pero Gómez se ha cansado de la cerda de la vecina de Laura y decide tirar la puerta, Laura desnuda en la bañera envuelta en nocilla, muy sonriente, y un disco de Mompou suave que suena a lo lejos. En la televisión un video de la última feria, Laura, Helena, y su hermana, bailan las canciones del verano una tras otra sin más por qué, con sus vecinas del pueblo. El pueblo se llenaba de alegría con las juveniles coreografías, con los juegos de colores, con el capricho de las futuras mamás del pueblo. Gómez vomita, Laura sale del baño llorosa y agarra fuerte a Gómez. Se oye un disparo, la vecina de Laura se ha volado los sesos. Gómez abraza a Laura sin comprender muy bien nada absolutamente, sólo sabe que tiene que abrazar. Laura le muerde un labio suavemente y comienza a poner a tono a Gómez que la aparta furioso y le pregunta que qué ha pasado exactamente con Sergio. Laura no comprende y le muerde sonriente el pantalón de raya diplomática a Gómez y suena el teléfono. Y es la policía. Sergio ha muerto en su coche escuchando el último disco de Laura. Las novias todas de Sergio lloran su muerte, se secan las lágrimas, y se follan felices unas a otras en casa de Laura. Gómez no comprende muy bien pero sigue muy abrazado a Laura. Pasan los años y se van envejeciendo los cuerpos, y Helena empieza a echar de menos a Sergio, era muy importante su presencia. El enano ríe al borde del infarto, y todos celebran el fin de semana en Almonte, vino y tortilla de patatas para todos. Helena se olvida de Sergio y entre risas levanta a besos a Eduardo de entre los vasos de plástico y lo aparta de la fiesta para hacerle el amor al borde del río, al borde ya de la noche. El enano abofetea a Eva mientras ésta sangra y ríe, y le grita y le escupe, y que o engorda o pierde el papel que se le concedió a principios de temporada. El público aplaude mientras se cierra el telón y Eva decide abandonar la función. Helena trata de hacerle ver que aún queda tiempo para calmar la situación, pero Eva ya está harta de aguantar el genio del enano y ya está harta de engordar el alma con bocadillos de mortadela y coca cola, de disfrutar de atardeceres con canciones desafinadas y fogatas, que prefiere cantar en bares como siempre, que ya no se siente imprescindible allí. El enano llora y el equipo aplaude emocionado. El compositor cierra la libreta en mitad de una emoción que aún no sabe describir, es mejor ir a cenar y no pensar demasiado.

Najila

Fali iba ya por el cuarto cigarrillo cuando nos descubrieron nuestro único destino posible, la ruina. Nos lo descubrieron los mismos que en otro momento de nuestra vida nos descubrieron nuestro otro posible destino, un destino mucho menos real, sumamente gratificante, lleno quizá de excesivas esperanzas, con la sonrisa que queda dibujada en la cara aburrida de la felicidad del adolescente arrancada de cuajo sin avisar. Los tiempos, como las cenizas que caían de nuestros cigarrillos, como el polvo que cubría nuestros papeles, como la expresión de la gente por la calle, cubiertas todas de tiempo, cubiertos de tiempo. Fali decidió encenderse un quinto cigarrillo, íbamos tranquilos en dirección a la carnicería, el pequeño establecimiento que ahora estaba alquilado por una china ni joven ni vieja, con cara de pocos amigos, estaba cerca, diez minutos, y lo mejor era no preocuparse. Nuestros únicos problemas posibles en aquellos anocheceres eran las ceñidas curvas de las vecinas de Fali, todas, vestidas ya para el solsticio de verano, las famosas fiestas de San Juan, y no había ya nada mejor que hacer, ya habíamos hablado de todo lo que tenía que hablarse, de todo lo que no tenía que hablarse, y sólo nos quedaba mirar, por la ventana se nos adivinaba la silueta de Ximena, la luz de la lámpara de por entre los huecos de la su persiana, mientras pegábamos bocados de ira a las costillas de oferta bañadas en vino de no más de cuatrocientas pesetas, camino de la carnicería, o imaginar alguna pieza de Ligeti en el fondo del mar. La china movió la ceja de alguna forma extraña al poner el paquete de cigarrillos en la cuenta que a Fali hizo sospechar y revisar el cambio hasta la última peseta. Como siempre, no fue nada. El silencio, las cenizas a nuestro alrededor, el café frío, nos descubrían nuestro profundo fracaso, nuestras profundas preocupaciones eran tan profundas que no interesaron a nadie, el periódico de hacía tres días sin leer, manchado de café. A mí me preocupaba el sonido posible en el silencio, el sonido que nadie escucha porque no se oye, el sonido que golpea las cuerdas de un piano sin martillos, la hora mal puesta en el reloj de la cocina. A Fali lo mismo pero en cuanto a otros sonidos, quizá más explícitos, quizá palabras, o no. Al resto, la forma de sobrevivir, la más digna, entre toda la porquería que crecía a nuestro alrededor, el sonido del poder a cualquier precio, los miles de fuegos iluminando la noche que entraba por los barrotes de la ventana del salón de la casa de Fali. Las mujeres se nos iban adornando cada vez más. Fali y yo íbamos desmenuzando las costillas con los dientes a tragantazos de un vino nuevo, diez duros la botella. Ximena apaga la luz y cierra de un portazo haciendo un leve ruido con las llaves. Celso sirve la cena a su televisor, la playa se inunda de seres vivos en mitad de la noche y no le apetece ver fuego que le recuerde su juventud. Celso es un escritor de monumentos literarios de setenta años, cansado ya de todo, de oír discos de Tete Montoliú, de pescar, de su incansable adolescencia. Fali y yo fuimos en busca de un disco de Tete, necesitaba renovarme. Ximena pintaba mariposas en las aceras, mariposas que borraba la lluvia. Ximena es muy bella, bella musa de Fali. La belleza de Ximena reside en su continua búsqueda de la postura adecuada para atarse los cordones de los zapatos. Ximena es muda, trabaja en un hotel de Nerja, espera una posible oferta para viajar al norte de África. Hacía mucho viento, siempre hacía mucho viento, pero a la gente no le importaba el mar revuelto, no le importaba morir ahogada en una noche tan hermosa. Fue la última vez que toqué en el Cervantes, cuando tiré el abrigo al contenedor de basura, la última vez que usted tocó en el Cervantes tiene gracia, me aplaudía Celso desde el televisor de su salón. Celso es profesor de Ximena en la facultad. A Ximena le gusta mucho Celso. Pero Celso es muy mayor, quizá sabe demasiadas cosas, quizá sabe demasiadas cosas sobre Ximena. Quizá porque Ximena se prostituye en un local de alterne los fines de semana para pagarse sus estudios en la universidad, tiene demasiados vicios y con el sueldo del hotel de Nerja no cubre todas sus necesidades. A Fali no le importa, Ximena respeta sus ideas. Fali, Ximena, y una joven compañera argentina de la clase de Ximena en la facultad, se citan en la casa de Maro de Fali para terminar un concienzudo estudio pedagógico que deben entregar el lunes a Celso, que acude también a la cita para ayudar en lo que pueda. Entre música argentina, mate, vino, y noche, Fali es agasajado por el par de hembras, mientras Celso mira las estrellas y pone en el tocadiscos un viejo verdial. Celso llora, Fali enloquece. En el césped con las dos hembras, se las come poco a poco mientras ellas devoran lo poco que queda ya de Fali a la luz de la luna a la luz ya de las pálidas estrellas de Celso, que en la oscuridad sube y baja de la su boca una mariposa iluminada, corretean bichos nocturnos. Celso fuma un sexto cigarrillo y dibuja mariposas con el humo azul. Ximena se encandila con las mariposas azules de Celso y corre a ver, pero desaparecen de tan rápido que vuelve Ximena a la entrepierna de su compañera de clase, dura más. Fali comparte un séptimo cigarrillo con Celso mientras las dos hembras terminan de amarse, vuelve a poner el viejo verdial que tanto gusta a Celso, se sirve un poco más de oporto. A Celso le encantan los verdiales, piensa Ximena mientras termina una enormísima mariposa azul en una de las piedras del dique diluida por la lluvia. La luz de la farola encendida y apagada en nuestros rostros, la mariposa desaparecida por completo. Ximena mojada. Fali envuelve a Ximena en su fular, regalo de su madre, la invita a celebrar el solsticio de verano con nosotros. Ximena apaga un octavo cigarrillo en el cenicero y se sirve otra costilla de cerdo. Ya no queda más oporto, Ximena se sube a la mesa y comienza a desnudarse desde el fular, es el solsticio de la noche, del pálido recuerdo de verano de Celso en la foto de un viejo libro confundido entre películas en la polvorienta estantería del salón de la casa de Fali, ahogado en el humo de los miles de fuegos de la calle que cuelgan por la ventana para llenarnos los ojos de lágrimas, Ximena se ata los cordones de los zapatos, el espectáculo comienza. En la mesa varios hilos de polvo blanco peinados por Ximena, preparados, Ximena encendida por completo como un fuego de los de la calle. A las doce de la noche encendida Ximena del peinado en la mesa del salón de la casa de Fali lo mismo que un júa. Fali pone el nuevo disco de Tete mientras la lluvia apaga todos los fuegos de la calle. El único fuego posible en aquella noche se nos presentaba en la casa de Fali, donde llovía, aunque de otra manera. La lluvia lo intenta pero los fuegos en la casa de Fali son ya imposibles de apagar, ha llegado la amiga de Ximena con muchas ganas de mate al chocolate, con muchas amigas para jugar a que es de noche y llueve y tenemos frío, con muchas ganas de jugar al escondite. Las amigas de Ximena comienzan a comerse las lenguas, a penetrarse unas a otras, yo y el sofá perdidos de sangre, semen, y mierda, que llenan de luz de la de por entre los barrotes de la ventana del salón de la casa de Fali toda la casa, y ya es de día, y un montón de cuerpos femeninos desnudos y resecos se esparcen aburridos de sueño por el suelo lleno de sol del salón de la casa de Fali. Ximena arrepentida fue temprano a ver a Celso, después de lanzarme un beso por la su persiana, después de la su ducha, Fali dándose una ducha, yo a por churros cerca del túnel. Celso ha dejado de fumar, las mariposas que iluminan la noche le recuerdan su juventud, Ximena escribe a Fali desconcertada. Fali va a besarla, pero Ximena se adelanta. Ximena piensa a Celso mientras besa Fali, lo aparta asqueada para preparar un café. Ya en la cocina Ximena escribe a Fali la edad que tiene, que los pájaros todos ya están muertos, que necesita un paraguas. Fali comienza a susurrarle a Ximena la edad que tiene, dejar quizá la raya del peinado en la mesa, mientras llego yo con algunos churros menos en el cartucho, los comí en casa de Celso. Mientras le descubría mi asombro al encontrar a Ximena en un local de alterne que escondían los hoteles del puerto después de mi última actuación en el Cervantes, después de tirar mi abrigo al contenedor de basura, después de gastar hasta la última peseta en putas con Efisio, otro de mis camaradas. Ximena se enamoró de Efisio nada más verle, cuando la sorpresa le atragantó el chocolate que en el vaso de plástico al verme salir de los servicios con un fajo de billetes de los grandes para Efisio. Efisio ríe hasta hinchar las venas del cuello a punto de reventar sobre la cara de la puta, Ximena, que con los ojos acuosos comienza a temblar sin orden alguno. Entre la escabrosidad, yo decido subir con una tal Nicole al taxi. Efisio aún no sé qué hizo con todo aquel dinero, aún no sé qué pudo hacer con Ximena tan descompuesta. Después de la excitación, regresé al local deshecho, Ximena todavía quería darme una explicación, pero los churros en la mesa ya se habían terminado, y aún Ximena no había respondido a la pregunta que le hice cuando salí de los servicios de aquel garito en mitad del puerto cantando. Fali besa a Ximena enamorado más que nunca, Ximena corre a encerrarse al baño sin terminarse el café a punto de llorar. Después de varias frases algo blandas desde la puerta, Ximena decide dejarme entrar, es lo mejor Ximena. Ya con el llanto reseco en su cara, Ximena se saca uno de sus pechos y me lo pone en la boca, sin explicación alguna. Yo chupo desconcertado, ella gime un leve sonido de placer, su pecho crece, el color rosa de su pecho se torna azul cada vez más, Ximena grita ya de placer, y en mitad del grito me absorbe la boca con sus labios sin darme un respiro. Fali aporrea la puerta, aún más desconcertado que Ximena y yo en la bañera, desnudos, follando como dos adolescentes en pleno desajuste hormonal. Fali corre a punto de suicidarse a casa de Celso, necesita de alguien que calme la mala leche que se le ha formado en las entrañas tan temprano. Ximena y yo volvemos a fumar otro par de cigarrillos del paquete de Fali, los últimos, en la bañera del baño de la casa de Fali, que decidió hacérselo con la amiga argentina de Ximena en su casa de Maro, no es lo mismo, me decía resignado por teléfono, pero le encanta que le muerdan el cuello hasta que la sangre brote. Yo decidí volver al puerto a ver a Ximena. Aquella noche Ximena parecía otra. Con otro vestido, otro maquillaje, me confesó que iba a declararle su amor a Celso, que no podía más, que no le importaba el resultado de su declaración. Yo intenté convencerla del error, Celso sabía gracias a mí del sueldo extra de Ximena, como yo sé que Celso no gusta de determinadas libertades actuales. Ximena comenzó a hablar mientras se volvía a atar los cordones de los zapatos, me confesó que tampoco era muda, que lo del hotel en Nerja era también una tapadera, que allí también se prostituía, con lo que Ximena se formó en mi cabeza como toda una puta, dando un puntapié a la sencilla Ximena muda que todos creíamos haber conocido en algún momento. Ahora comencé a temblar yo, la realidad que creía conocer podía conmigo, Ximena cantaba desentonando la canción que sonaba por los altavoces, mientras dibujaba una mariposa de polvo blanco en la mesa. Las bolas del techo comenzaban a girar, a iluminar mi desconcierto en aquella barra. Ximena ríe hasta hinchar las venas del cuello a punto de reventar sobre mi cara, después de introducir varias mariposas en su nariz. Nunca se llamó Ximena.