Nano ya no podía más

Efectivamente Nano ya estaba hasta las pelotas. El mundo entero se había dado cuenta que Nano ya no podía más y tampoco prefería seguir. Nano lo único que quería era colgar de la entrepierna de Ana, esa fresca apertura que dejaba Ana tan suciamente abierta cada vez que íbamos a patinar. Nano estuvo fingiendo como un gran poeta que es que la perdición en sus rutinarios días de invierno era la entrepierna de Ana, la vecina del quinto. Todos los vecinos y vecinas sabían de su absoluto deseo por follar a Ana del modo más sucio que se pueda imaginar, pero Nano se entretenía constantemente en destruir cualquier atisbo de realidad con estos pensamientos del vecindario, tan reales y tan incómodos para Nano. Nano trabajaba en la cafetería que había después del quiosco, donde la madre de Ana vendía periódicos y chucherías. Fue una vez que se acercó Nano a por un paquete de cigarrillos que escuchó a la vecina comentar con otra que Ana solía ir a patinar a la bolera, que en el pueblo quedó en segundo lugar el año pasado. De este modo solían encontrarse en la bolera Ana y Nano, a Nano le gustaba esta casualidad pretendida. Ana patinando era realmente sucia, y a Nano le excitaba esa particular forma de abrirse de piernas de Ana, ese lenguaje en el silencio del continuo rechistar del hielo, esa conversación en silencio que destilaban las miradas de Ana con Nano. Ana no era del todo esa sensación de belleza que a Nano le hace enloquecer, pero no estaba mal para el invierno, hacía frío y en ese momento Ana era todo siempre. Nano pide un batido para Ana, que contenta le regala un beso mientras se le dilatan las pupilas. Nano está un poco harto ya de estos regalos breves que Ana le procura cada vez que le apetece o cada vez que quiere algo de Nano sin decírselo. Esta vez no eran ninguna de estas dos intenciones, era en agradecimiento por el batido de chocolate sin más, por lo que Nano agarra furioso de la mano a Ana que no comprende nada, la encierra en los servicios de la bolera y le hace el amor, mientras Ana se pone perdida de helado y gemidos y Nano no para de limpiarle el chocolate, mientras le come las tetas sin compasión, mientras Ana en mitad de un gemido eterno experimentando las nuevas sensaciones en su entrepierna, en los servicios de la bolera, donde entrenaba cada tarde para la competición local.

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