Verano de 2026

Hay veranos que pasan casi sin dejar huella y otros que, antes incluso de terminar, sabemos que permanecerán con nosotros para siempre. El de 2026, por supuesto, será uno de ellos. Han sido dos meses luminosos, llenos de viajes, música, proyectos y buenas noticias, aunque el recuerdo más valioso sea también el más sencillo: he podido compartir otro verano con mis padres.

El pasado 3 de enero cumplí cincuenta años y quizá esa cifra haya cambiado mi manera de mirar el tiempo. Volver a Málaga y encontrarlos, sentarnos juntos a la mesa, conversar, reírnos o sencillamente compartir las horas tiene ahora un valor difícil de medir. Los años enseñan que la felicidad rara vez necesita grandes acontecimientos; muchas veces basta con mirar alrededor y descubrir que las personas a las que queremos siguen cerca. De todo cuanto me ha regalado este verano, esa continúa siendo mi mayor fortuna.

Así, julio comenzó con un viaje a Londres para ver La Bohème en la Royal Opera House, con mi adorada Juliana Grigoryan como Mimì, Jonathan Tetelman como Rodolfo y Jakub Hrůša al frente de la orquesta. Fue una noche bellísima. Hrůša consiguió reinventar a Puccini y Grigoryan y Tetelman llenaron de humanidad a Mimì y Rodolfo. Durante un par de horas desaparecieron Londres, el teatro y cuanto esperaba fuera. Y es que, después de tantos años viviendo entre notas y sonidos, todavía me maravilla que la música pueda suspender el tiempo y llevarnos, durante unos instantes, a un lugar donde solo importa escuchar. Cuánta falta hace hoy.

Después llegó Dublín, con una belleza distinta y mucho más despreocupada. Allí la música no esperaba el silencio de un teatro: vivía en los pubs, entre conversaciones, músicos tocando a pocos metros y pintas de Guinness. Guardo sobre todo el recuerdo de las noches y de esa manera tan espontánea y alegre de hacer de la música una parte de la vida cotidiana. Londres y Dublín me regalaron dos formas diferentes de disfrutarla: la emoción de ir al encuentro de una obra concreta que llevaba meses esperando y el placer de encontrar música por todas partes cuando no la estaba buscando.

Mientras viajaba, mi propia música continuaba su camino. Muchos me habéis preguntado por las cifras de Spotify porque recordabais números bastante mayores en determinadas piezas. Lo recordabais bien. Parte de aquellas reproducciones llegó a través de Peaceful Piano, la famosa playlist editorial de Spotify en la que mi música estuvo incluida hasta en tres ocasiones. Las revisiones que la plataforma está realizando en 2026 han afectado también a escuchas que consideramos legítimas, y mi discográfica, Snafu Records, está trabajando directamente con Spotify para acreditarlas y tratar de recuperar su reconocimiento. Resulta especialmente curioso que esta situación coincida con uno de los mejores momentos de mi carrera: los resultados globales de 2026 están siendo extraordinarios, y Amazon Music está siendo especialmente culpable de ello.

Y entre todas las buenas noticias de este verano hay una que llevaba mucho tiempo esperando: mi nueva casa en Málaga.

Málaga siempre ha sido casa. Aquí nací, crecí, estudié música y aquí está mi familia. Fuerteventura llegó después y el tiempo la convirtió también en hogar: allí transcurre mi vida adulta, allí están mi trabajo como profesor, mis alumnos, mi estudio y una parte inmensa de mi historia. Nunca he querido elegir entre las dos. Durante años deseé encontrar en Málaga un lugar mío, cerca de mis padres y de mi familia, donde conservar a la vez mi independencia, mi tranquilidad y mi silencio. Este verano ese deseo se ha cumplido y no puedo estar más feliz.

Lo que más me gusta de ella es que tiene muchísima luz y que Málaga la rodea por completo. Y el modo en que he llegado hasta ella la hace todavía más especial para mí. Durante años he escrito pequeñas piezas al piano sin saber qué destino tendrían. Algunas viajaron millones de veces, atravesaron fronteras y terminaron acompañando momentos de personas cuyos nombres nunca sabré. Ese recorrido, unido a la confianza de Snafu Records en mi trabajo y a todo lo que hemos conseguido juntos, me ha permitido cumplir uno de mis grandes sueños. Pensar que aquellas pequeñas piezas, nacidas tantas veces en la intimidad de un piano, han terminado haciendo posible mi nueva casa en Málaga todavía me emociona y me hace sentir profundamente agradecido.

Y, por supuesto, en esta casa seguirá habiendo música, pues acabo de montar allí también mi nuevo estudio de grabación, con el mismo cuidado con el que durante años he construido el de Fuerteventura. Podré componer, grabar y producir durante mis estancias en Málaga, y me hace muchísima ilusión pensar que algunas de las piezas que todavía no existen empezarán a tomar forma allí. La música que me ha traído hasta esta casa tendrá ahora en ella un nuevo lugar donde nacer.

Todo esto ha ocurrido, además, en el año en que he cumplido cincuenta. Difícilmente podría haber imaginado un regalo de cumpleaños más hermoso.

También la sinfonía continúa su camino. La previsión actual sitúa su estreno en otoño de 2027, siempre que no haya nuevos cambios. Cuestiones de programación ajenas a mí han obligado a trasladarlo a la temporada siguiente.

Así que agosto termina con el recuerdo de Puccini en Londres y de la música llenando los pubs de Dublín; con mi propia música atravesando uno de sus mejores años; con Spotify todavía pendiente de aclaraciones y Amazon ofreciendo resultados extraordinarios; con una sinfonía que espera a 2027 y con mi nueva casa en Málaga, donde mi estudio de grabación ya está preparado. Y, por encima de todo, con la alegría de haber compartido otro verano con mis padres.

Dentro de poco regresaré a Fuerteventura, a las clases, a mis alumnos, a mi estudio y a la vida que llevo construyendo allí desde hace tantos años. Nada queda atrás ni viene a sustituirlo. Fuerteventura seguirá siendo mi hogar y Málaga seguirá siendo el lugar del que vengo. La diferencia parece pequeña al escribirla, pero para mí es inmensa: cuando regrese a Málaga, regresaré también a mi casa.

Allí estarán la luz, el silencio y mi piano de cola.

Y mis padres, muy cerca.

No podría pedirle un final más hermoso a este verano.

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