Entreguerras

Era una justificación poco concreta pero bastante válida, mientras acomodaba un pequeño trozo de pan con mortadela y coca cola en su alma, mientras sus ojos llenos de ilusiones se humedecían de felicidad en mitad de la lumbre, en mitad de la noche. De todo lo que ya se había oído con anterioridad destacaba únicamente la discreta forma de entonar del público de la aquella rubia rechoncha que repintada de rojo, ahogada en bocadillos de mortadela y cervezas españolas. La aquella joven necesitaba hinchar su cuerpo para dar un mayor aspecto de profunda despreocupación y consecuente profundo misterio ante el público que le tocaba aquella noche. El enano igual que un silbato pisoteado se quita la correa, se enrojece y grita un hora de almorzar parecido a un simple los bocadillos. La muchedumbre se amontona sola en el fuego entre envoltorios de aluminio, latas de cerveza y guitarras sordas, encendiendo multitud de móviles que gritaban nuevos mensajes y avisos desesperados, compromisos, y amores imposibles. Cantaban canciones desafinadas, el cielo oscuro estaba precioso mientras ocurría todo aquello, pero el por qué era impropio deshacerse del grupo aún nadie lo sabe, nadie, por lo que la gorda culminó rápido sin soltar prenda para volver a la habitación a descansar de aquella tarde tan intensa, antes de que el enano volviera a gritar. Laura, mientras mordisqueaba sin ganas un trozo de apio bastante tieso, recibió una posibilidad remota por parte de Helena, pero aquello era demasiado difícil, una maniobra demasiado engañosa incluso para ella, quizá no del todo cierta, por lo que Laura expulsa sin ganas una lágrima del ojo izquierdo en busca de Eduardo, que sigue enamorado de Laura desde Mancha Real. El profesor de música empeñado en buscar el sonido azul, Eduardo, coincidió con Laura en un cursillo musical en Boston sobre cómo pasar de todo sin que tu entorno se altere demasiado o el jazz hoy, y saca su lengua para limpiar la lágrima de la su Laura muy poéticamente. La lengua endiablada de Eduardo baja en un profundo ataque de amor y se introduce astuta en la boca de la aquella triste Laura sin posibilidad, sin previo aviso, que sin contemplaciones le arrea un sonoro guantazo como principio y arranque de una lujuriosa entrega de besos descontrolados en mitad de la gente, en mitad de la noche, principio y arranque de mil comentarios cuyo centro tonal, la desesperanza emocional de Laura. Mientras Eva, la rubia inflada, que en su habitación tomándose la tensión, su novio revolcándose en mitad del fuego de Laura, ardiendo ya dentro de Laura, en mitad de la batalla que ardiendo ya en mitad de la luna del mar de por culpa del viento que resopla canciones de los beatles que de risas y llamadas perdidas envejece y rejuvenece sin orden encendido en la mitad ya de los desnudos cuerpos de Laura y Eduardo que ya se aman ya desesperados, que se mezclan ya arrugados ya de tanto antes de que se amanezca el día y la luz los delate y los haga arrepentirse de todas aquellas formas distintas de hablar bajo el agua. El enano grita encima de la gorda, la lincha con la fusta hasta el ensangrentamiento, le escupe en la cara hasta entorpecerle la mirada, pero la iluminación no es la adecuada, no es, y deciden parar en otro hostal, otro sitio cerca donde la escena dé verdadero asco. En cualquier caso el hostal de Helena huele profundamente a sudor, y no es del todo interesante estar allí más tiempo, es un asco no del todo palpable. Helena promete a Laura volver a intentarlo, pero esta vez Helena ya está un poco cansada, desconsuelo quizá, a lo que Laura le contesta con un profundo beso que hace que Helena y Laura se desparramen mareadas por las escaleras del hostal hasta la habitación de Laura, donde nos encontramos a un Eduardo sangrando en mitad de la bañera. Eduardo ha renunciado a la vida, Laura le dio demasiados disgustos, lésbicos quizá, quizá con su prima, Helena, a lo que las dos hembras responden rompiéndose las ropas a besos, cada vez más rojos, más despintados, riendo fuertemente para que todo el mundo las escuche, para que todo el mundo sepa hasta dónde llega su deshumanización, mientras llenan la bañera de leche e introducen sus cuerpos en el líquido blanco que las devora poro a poro en mitad de tan lujuriosa escena, en mitad de un champán francés. Pero al enano no le ha gustado, no, así que hay que repetir. Y se repite, tanto que la lujuria se pierde, y se pierde el encanto, y se pierde ya todo en mitad de un deseo que no existe, que ya nadie se cree porque jamás existió. Eduardo se ducha sin ganas y se acuesta, harto ya de tanto hacer el gilipollas, pero la gorda tiene ganas de marcha, y se extiende lo mismo que una enorme gelatina sobre el frágil cuerpo de Eduardo cansado. Y Eduardo le da un beso en el cuello y le muerde la oreja húmedamente, la gorda se excita, y aprovecha ese preciso momento el cansado Eduardo para susurrarle a la su gorda oporto. La gorda prepara la copa para Eduardo, y ya Eduardo le habla claro a la su gorda con la copa en la mano, sentado en la cama, con una mirada perdida en la perspectiva de un cuadro familiar, improvisada tal vez. La gorda se humilla y se extiende en la cama llorando lo mismo que una foca a punto de morir, a lo que Eduardo responde con un portazo desde fuera, el oporto sin acabar, el cuadro en el suelo. Y llama a la su Laura. Eduardo ya nervioso. Y es ya en la playa donde vuelven a necesitar entregarse sus cuerpos, donde ya deciden intercambiarse sus almas hasta el infinito, tantas veces hasta que se confundan, hasta mezclarlas y que nadie las distinga, todo a orillas de un mar poco revuelto. Gritos de gaviotas, barcos, y un faro perdido, adornan el amanecer de Eduardo y Laura, que quizá tampoco necesita ya nada, quizá Eduardo sólo su trago de oporto de por mitad de la mañana, pero esta vez prefiere no pensar demasiado, Eduardo lo acepta sin desvelos. Eva queda dormida y amanece sola en su habitación y decide no salir en todo el día, necesita estar dulce para su concierto. Pero también necesita olvidar el desdén que le ha regalado Eduardo en su aniversario, necesita tirar la basura, así que se repinta la cara de rojo como sólo ella sabe y se va al supermercado a hablar con las vecinas de la actualidad y el ocio en estados de aburrimiento, a escupir perrerías de unas y de otras sin mayor preocupación que la hora de comer. Era preferible rellenar el tiempo de mierda a desnudarlo en mitad del vacío que había dejado Eduardo, pero Eva ya no puede. El concierto fue un desastre, su público dejó de ir a verla, tarros y tarros de nocilla. Eva se encierra en casa, pierde peso, y está muy sola. Tampoco desea escuchar música, ni leer nada, porque todo está sometido a un proceso de humanización que no le atrae en absoluto, sabe que todo eso es otra vil mentira para poder beneficiarse de aquellos que todavía creen que aún es posible la salvación. Eva sabe perfectamente que este estúpido estado de gracia que se le concedió, si se le concedió alguna vez, era otra mentira que ella misma inventó y creyó, que todo el mundo creyó, y es por lo que prefiere callar, dejar pasar el tiempo sin adornos, sin gaviotas, sin barcos, sin faros que le entorpezcan la visión de la realidad que le ha tocado vivir. Mientras tanto, Eduardo continúa su idilio con Laura, que desconoce la relación de Eduardo con Eva, tampoco es algo que pueda alterar en absoluto su alma. Se conoce que Laura nunca fue mujer de amores excesivamente diplomáticos, no es una mujer excesivamente poética digámoslo así, más bien de amores fáciles, de fácil conquista, de más fácil aún consuelo en periodo de entreguerras, por lo que se deduce que a Laura la relación de Eduardo con Eva le puede producir incluso risa, incluso asco, incluso pena por Eduardo. Gómez, el portero, interrumpe el sueño de Eva con un puñado de cartas en la mano y un certificado sin firmar. Eva se levanta con un profundo asco, Gómez ha insistido demasiado esta vez, cierra de un portazo, y con el cuchillo de la cocina abre enfadada postales de navidad, gambas en oferta, y una carta donde Conde la avisa de un posible concierto en el Cacique, el bar de la esquina. Pero Eva ha quedado excesivamente delgada, no puede ponerse ante su público, y decide no aceptar la invitación. Y llama a Conde. Y Conde llama al dueño de Cacique. Y todos se ponen nerviosos, quién coño hará la gala de fin de año si no es Eva. Conde se reúne con Eva y se echa a llorar. Eva responde que no es sólo una cuestión estética. Conde grita que se deje de gilipolleces y que cante que es lo que tiene que hacer. Eva le grita que está en huelga de hambre por amor. Conde ríe a gritos. Eva comienza a romper vasos. Conde se pone nervioso y la desnuda endiablado. Eva llora mientras se deja desnudar por Conde enfurecido. La terraza deja que estos dos cuerpos divaguen desnudos en mitad de la intensa lluvia, en mitad del odio y el amor enfermizo que se profesan de vez en cuando. Eva y Conde son socios desde hace tiempo en esta estúpida empresa que montaron para rellenar su tiempo libre el uno y su alma la otra, y follan entre lágrimas y lluvia sin comprender demasiado a sus cuerpos en silencio, no importa en absoluto nada en ese momento para comprender la rutina diaria, hasta que el móvil de Conde comienza a gritar desesperado. Pau tiene ya la cena preparada. Pero Conde está ocupado arreglando una nube y no puede. Eva cariñosa pide a Conde que se quede a cenar, a lo que Conde no sabe bien qué responder, y torpemente vuelve a sacar el fin de año intentando ser cariñoso. Eva expulsa sin ganas una lágrima del ojo izquierdo y le pide a Conde que por favor se marche. Conde se desconsuela y va a casa de Sergio a contarle todo, mientras Sergio se empapa de pornografía que tiene guardada de cuando su juventud, mucho antes del pantalón de raya diplomática, y claro, no puede atenderle. Conde desconsolado se va llorando a cenar con su mujer. Laura ríe endiablada encima del diplomático Sergio lo mismo que una guarra, y es que Sergio le hace mucha gracia, es el encargado de la radio escolar donde trabaja Laura, y hace muy muy buenas imitaciones, y a Laura le encantan, todas, a Laura le gusta mucho que la hagan reír. Sergio tiene también en su cartera miles de fotos de mujeres, todas sus novias dice, y un sinfín de imitaciones que aún no han explotado en cara de Laura y claro. Es un hombre muy simpático Sergio, sólo le gusta beber vodka de marca con naranja y hablar de sexo, le gusta mucho el sexo, eso sí. Dice Sergio de sí mismo que es un guarro, a lo que la diplomática Laura le responde con una mirada sin significado que hace nacer en Sergio mil millones de preguntas que jamás se ha planteado, y revisa su tarjeta de crédito y corre a la calle a ver si llueve o ha parado. Laura tras él le dice que le mida los pechos, y Sergio nervioso se recuelga de la lamparona naranja de la aquella fiesta improvisada de navidad, el pantalón de raya diplomática mojado de zumo de naranja, Eduardo confundido con Helena en su habitación escuchando música minimalista que le ha prestado Helena mientras mira por el cristal de la ventana cómo la lluvia está intermitente, cómo que no para, aunque pare muchísimas veces. Pero Sergio es también un gran improvisador, y decide ir a casa de Eduardo y explicarle diplomáticamente lo que está haciendo Laura sin diplomacia ninguna, a lo que Eduardo le responde que Laura puede hacer lo que quiera, que ella puede hacer lo que quiera nervioso, mientras se baja el pantalón para medirse nuevamente la entrepierna muy preocupadamente. A Sergio se le enciende la mirada, le crece muy rápidamente la entrepierna, y corre al bar a por Laura, pero Laura ya se ha ido. Laura tiene muchas historias en la cabeza que aún no ha mezclado bien, demasiadas piezas para encajar, así que llena de ansiedad se compra en el super un tarro de nocilla gigante que engulle sin compasión hasta terminarlo por completo mientras llora y patalea en el silencio de la habitación de su piano. Gómez escucha todo tras la puerta, esperando que Laura le abra, pero tantos pianazos no dejan que se escuchen ni los gritos del profesional Gómez, que decide darle el correo a la joven vecina de Laura, mientras toma una copa de champán francés enlazado en el sofá del marido de la vecina de Laura, la vecina cocina muy bien. Eduardo come quicos mientras suenan los pájaros exóticos de Messiaen, le importa poco la noticia de Sergio, parece, Helena entrelazada en Eduardo con el Come out de Reich. Y mientras todos escuchaban atentos las historias de las novias todas que en la cartera de Sergio amontonadas lo mismo que una colección de sellos antiguos que en la su boca aquella noche, Laura, Lorena, María José… todas querían a Sergio, muchísimo, y no importaba el precio. Tampoco importaba que Sergio compartiera su cariño con todas, Sergio tiene un corazón tan grande que apenas notarán la diferencia. Pero Gómez se ha cansado de la cerda de la vecina de Laura y decide tirar la puerta, Laura desnuda en la bañera envuelta en nocilla, muy sonriente, y un disco de Mompou suave que suena a lo lejos. En la televisión un video de la última feria, Laura, Helena, y su hermana, bailan las canciones del verano una tras otra sin más por qué, con sus vecinas del pueblo. El pueblo se llenaba de alegría con las juveniles coreografías, con los juegos de colores, con el capricho de las futuras mamás del pueblo. Gómez vomita, Laura sale del baño llorosa y agarra fuerte a Gómez. Se oye un disparo, la vecina de Laura se ha volado los sesos. Gómez abraza a Laura sin comprender muy bien nada absolutamente, sólo sabe que tiene que abrazar. Laura le muerde un labio suavemente y comienza a poner a tono a Gómez que la aparta furioso y le pregunta que qué ha pasado exactamente con Sergio. Laura no comprende y le muerde sonriente el pantalón de raya diplomática a Gómez y suena el teléfono. Y es la policía. Sergio ha muerto en su coche escuchando el último disco de Laura. Las novias todas de Sergio lloran su muerte, se secan las lágrimas, y se follan felices unas a otras en casa de Laura. Gómez no comprende muy bien pero sigue muy abrazado a Laura. Pasan los años y se van envejeciendo los cuerpos, y Helena empieza a echar de menos a Sergio, era muy importante su presencia. El enano ríe al borde del infarto, y todos celebran el fin de semana en Almonte, vino y tortilla de patatas para todos. Helena se olvida de Sergio y entre risas levanta a besos a Eduardo de entre los vasos de plástico y lo aparta de la fiesta para hacerle el amor al borde del río, al borde ya de la noche. El enano abofetea a Eva mientras ésta sangra y ríe, y le grita y le escupe, y que o engorda o pierde el papel que se le concedió a principios de temporada. El público aplaude mientras se cierra el telón y Eva decide abandonar la función. Helena trata de hacerle ver que aún queda tiempo para calmar la situación, pero Eva ya está harta de aguantar el genio del enano y ya está harta de engordar el alma con bocadillos de mortadela y coca cola, de disfrutar de atardeceres con canciones desafinadas y fogatas, que prefiere cantar en bares como siempre, que ya no se siente imprescindible allí. El enano llora y el equipo aplaude emocionado. El compositor cierra la libreta en mitad de una emoción que aún no sabe describir, es mejor ir a cenar y no pensar demasiado.

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