La primavera eterna de Arantxa

Arantxa no paraba de matar momentos con su cámara fotográfica. Guardaba en su ordenador la vida como si de una mariposa se tratase en su belleza tras el cristal del objetivo, tras el cristal del tarro de mermelada de la mariposa que ahogada para siempre en su única primavera. Arantxa –como la mariposa de la primavera eterna, del tarro de mermelada- tenía el pelo corto y muy negro. Delgadísima y con unas palabras casi tan afiladas como su mirada, siempre crecían aún más sus enormes pechos en el primer encuentro, invitando a matar el tiempo, y también, por qué no, a imaginar barbaridades en el centro de esa criatura que la naturaleza había dado vida, la misma que ahora buscaba obsesionada que alguien la matase de una vez. Siempre llevaba un libro Arantxa. Leía mucho cierto, pero lo más importante, dotar de una apariencia informada a todo aquel que se colara en su objetivo, el singular sentido del valor de la belleza de Arantxa. Se apagaron las luces y comenzó el concierto. Las primeras caricias en la amplificación de mi guitarra comienzan a sembrar la magia en el pequeño local, y Arantxa no puede evitar empezar a llenarlo todo de segundos azules, en su desesperado intento de convertir en eterno esos momentos ya jamás irrepetibles. Se estaba mojando. No podía dejar de pensar en el volumen del pecho de Arantxa, y ese motivo empujó a mi vanidad para darle fuerte a la guitarra, y en consecuencia, darle fuerte a todas las almas allí presentes, deseosas de que alguien les meta mano bien dentro, que alguien juguetee con sus entrañas y sus sentimientos por unos minutos de una vez por todas, hasta el fondo, como en la feria. Arantxa disfrutaba mucho de este vértigo invisible, y fumaba nerviosa entre la pasión y la desesperación que desataba su pensamiento, que no se decidía a disfrutar simplemente. Arantxa siempre quería más, y nunca era suficiente. Esas fotos serían prolongación de aquella noche, pero jamás serían aquella noche, a pesar de su desesperado intento por cazar mariposas que ya nunca serían mariposas, como ella soñaba siempre, ahogada en su primavera eterna.

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