Se dejaba llevar

Gladys dejó de consumir incluso el tiempo. Pasaba las horas frente a la pantalla que le regaló su madre, y por ahí descargaba gratuitamente todo lo que no necesitaba, incluso a los amigos y los aquellos momentos de más alta excitación, los de la más alta felicidad imaginable. Horas y horas descargándolo todo, robando gratis. Gratis. Gratis. Todo por una línea de internet en oferta que contrató su padre a alguna de las tres empresas colaboradoras con el gobierno central mundial. Todo esto estalló en una pobreza absoluta, la gente como Gladys –así era el mundo y la gente antes- pasaba el tiempo sin comer frente al ordenador, ya no eran cuerpos, eran esqueletos sin movilidad consumiendo electricidad y bytes. Se dejó de usar la mente, la cabeza fue llenándose de grasa, el espacio del cerebro quedaba libre. Gladys, la humanidad, se convirtió entonces en un sencillo y terrible cálculo de calculadoras defectuosas. El hombre con su iPhone en el bolsillo cayó en su propia trampa, como todo un memo, y Gladys se dejaba llevar, como en la canción de Antonio Vega…

60: La una por la otra

Los ojos de Berta comenzaron a crecer lo mismo que crecían sus pechos mientras chupaba el resto de chocolate helado hasta la humedad. La camiseta blanca de Berta, con aquella cruz roja dibujada en la esquina, comenzaba a destilar los deseos de Berta por encontrar infortunios, los ojos de Berta húmedos como su entrepierna pedían a gritos que la arrastraran hacia lo imposible, solicitaban en forma de llanto contenido de chocolate un poco de sentido para su vida, un poco de iluminación para poder seguir gritando hasta el final de sus días en aquel despacho de verduras donde ya nunca volvería a pelearse con su prima Angélica de hasta arrancarse los pelos, delante de los vecinos de hasta romperse las prendas entre los sonidos de amor que sentían la una por la otra sin hacer ruido.

Las lenguas de Belkys y Gladys

Belkys había bebido demasiada sidra de frambuesa y no estaba demasiado excitada con la idea de visitar Corralejo. En realidad su destino en Tenerife no le llamaba demasiado la atención, pero tampoco la dejaba de sorprender. Por qué la habían destinado a ese extraño lugar donde montón de turistas irían a intentar colarle al destino algo de sentido a sus vidas por unos días era algo que realmente no tenía ningún sentido en ese momento. Ella en realidad sólo quería seguir tocando su piano y practicar sexo con Mario todas las noches, que ahora está de gira por Tokio, donde sus músicas a base de puñetazos bien lentos al piano y bien fuertes estaban causando verdadero furor entre la clase obrera conceptual. Gladys se enciende el sexto cigarrillo de marihuana y las risas acaban en la boca de Belkys sin saber demasiado a cuento de qué. La lengua de Belkys imagina la boca de Mario y mezcla el sabor a frambuesa de la su boca con el sabor de a la cerveza de la boca de Gladys, la lengua de Gladys que sigue besándola para siempre, retorciéndose de placer imaginando que para siempre es la última noche y nunca la boca de Belkys será eternamente suya como en ese momento.

Para no desaparecer dentro de sí mismo y existir

Ana había dejado caer trozos de sangre por el suelo, pistas para Luis, las que Luis no vería por culpa de su ceguera. Luis sólo veía la sangre de Ana cuando estaba húmeda, cuando lubricaba su sexo fresca mientras húmeda Ana mojaba de lágrimas las pupilas de Luis, que ahora recuerda el sexo de Ana la humedad de Ana cuando imagina escenas tórridas mientras persigue el trazo imaginario que se sitúa entre la parte húmeda de las lágrimas de Ana en las esquinas de los folios de las oposiciones y los esquemas resolutivos de tanto párrafo y los otros esquemas que Luis ha pintado en un trozo de su corazón para poder seguir viviendo sin Ana esas ecuaciones que Luis ha tardado meses en calcular haciendo constantemente uso del número pi para no desaparecer dentro de sí mismo y existir, algo que a Luis siempre le ha importado demasiado, colgar las ecuaciones para existir por las paredes de su habitación, como las notas adhesivas que se multiplican en el marco del escritorio del ordenador de su recientemente desaparecido padre. Por culpa de la infancia de Luis rodeado de la filosofía de todos esos existencialistas que colmaban la biblioteca de su madre Luis ha devorado constantemente sin saberlo toda su vida toda su existencia gris los libros de Sartre. Ahora Luis se hace unos huevos fritos y recuerda a Mario cuando se montaba en el coche con el cigarrillo de marihuana en los labios, el sonido del fuego cuando Mario desapareció del fuego de Mario y Ana por los aires la sangre y el olor a carne quemada en las barbacoas con los del instituto y las canciones con acordes desafinados que servían como colchón a unos besos que nunca ocurrirán. La madre de Luis no soporta a Luis, se satura de su existencia y es por lo que el marido de la madre de Luis se quita la vida. La madre de Luis es escritora y relata lo sucedido a Mario en unas líneas no muy inspiradas que hacen que su carrera se desenlace cuesta abajo y sin frenos, algo que a Luis le produce felicidad mientras saborea la textura de los huevos fritos que acaba de preparar con una pizca de sal, los colores y aromas de los huevos fritos recién hechos resbalando por la barbilla de Luis en un pequeño suicidio hacia la ropa impregnada del humo de los cigarrillos de marihuana que invaden la cocina de la casa de Luis. Luis deja arrancar un par de lágrimas recordando las últimas risas de Mario, los gritos de dolor de Mario cuando el accidente el olor a carne quemada la fogata de la última fiesta de la clase en la playa, los pechos desnudos de Ana en su boca. El padre de Luis era funcionario y alimentaba la existencia bipolar de la madre de Luis que en realidad no era la madre de Luis. Mario era hijo de la madre de Luis sin que nadie lo supiera y es por lo que la madre de Luis se satura de Luis que no es hijo de la madre de Luis sino del padre de Luis el enorme hombre gris de horario fijo y vacaciones estables de existencia gris que hace que el corazón bipolar de la madre de Luis intente a menudo latir de un modo estable sin la presencia de Mario. Mario nunca supo que era hijo de la madre de Luis, Mario tuvo relaciones sexuales con la supuesta madre de Luis que llenaron de ganas de morir el alma del padre de Luis que llenaron de lágrimas de placer los ojos de la madre de Luis. El padre de Luis no soportaba aquella situación estúpida, los ojos del padre de Luis comenzaban a gritar en un idioma desconocido al ocultar sus escarceos sexuales con la joven Ana aquella que nunca supo amar a Luis y un día decidió suicidarse en un coche con Mario, planear morir de amor con el padre de Luis no era suficientemente bello como no lo era comerse la húmeda entrepierna de la madre de Luis todos los fines de semana o las pistas en el suelo de la sangre seca de la entrepierna poco a poco en la cocina de la casa de Luis o arder con Mario mientras hacían el amor y lloraban juntos locos perdidos hasta ofrecer una hermosa luz una hermosa explosión bien grande a cámara lenta que dejara ciegos para siempre a todos los demás.

Volver

Mario y Gladys se han sentado a cenar. Hay un disco de Calamaro que suena de fondo, tangos clásicos de los que le gustan a Mario. Gladys está ilusionada por cenar con Mario, quiere contarle lo bien que se lo ha pasado en Polonia, lo mucho que le ha echado de menos. Mario fija sus sentidos en el sabor de los tangos que perfuman el salón, y el perfume del sabor de la sopa que con cariño ha preparado Magda para una noche tan especial. Magda coquetea con Mario, juega con las miradas y los silencios, y Mario comienza a aburrirse. Llega el segundo plato. Mario está un poco cansado de escuchar las historias de Gladys, las diferencias entre las nubes en Tenerife y en Polonia, y se sirve un poco más de agua, empieza a tener calor. Gladys no para de hablar, el vino le ha sentado fenomenal, sobre todo en compañía de Mario. En realidad lo que a Gladys le preocupa es contarle a Mario lo que ha pasado con Juan y su mujer en Polonia, los apasionados encuentros en la casa de la mujer de Juan, todo lo que ha descubierto en su ausencia. No estaba nada preparada para soportar ese tipo de situaciones y quiso cubrirlo todo de nervios pero de otra clase, quizá los nervios de un nuevo paisaje, de una nueva cerveza, de otras temperaturas… quizá los nervios de la celebración de su quinto aniversario juntos, la cena de celebración del aniversario de Mario y Gladys. Pero en realidad Gladys respira de otra manera después de su viaje a Polonia, su sangre fluye más deprisa, su corazón está nuevamente abierto, sus ojos brillan aún más. Mario termina de comer y enciende un cigarrillo más aburrido aún. Magda abre las ventanas y prepara el café, Gladys aconseja a Mario que apague el cigarro, mientras le recuerda que el médico se lo tiene prohibido. Mario enfadado revienta el cigarrillo en el cenicero de la mesa, que ya está siendo recogida por Magda, mientras le comenta a Gladys que él no ha tenido apenas tiempo de acordarse de ella, que él no ha parado de follar con Magda toda la semana hasta quedar sin aliento. Gladys comienza a llorar. Magda se masturba en la cocina mordiéndose los labios de placer. En el viejo equipo de alta fidelidad Calamaro canta Volver.

Ya no se follaba igual

La música dejó de pinchar los corazones. La sangre brotaba sola sin avisar, y millones de jóvenes la grababan en sus teléfonos para compartir con millones de jóvenes sus superficiales análisis de lo ocurrido. La sangre se despertó y ahora brotaba pero hacia atrás, se introducía en los corazones como los lobos se esconden en la noche. Un león en nuestras almas mordía nuestra inocencia tragándose a lingotazos nuestra sensibilidad hasta dejarnos secos. Internet quedó podrido de fotos con nuestras más íntimas intimidades sin darnos cuenta. No nos importaba nada. La sangre ya ni salía ni entraba, ya no se follaba igual.

Nubes

En mi primer día de clase les expliqué que todos los lugares eran iguales en realidad, que lo único que diferenciaba a unos y a otros eran las nubes, que eran distintas en cada sitio. Poco después se fueron de viaje por Europa, y a su regreso les pedí que me contaran alguna anécdota. Entre risas intercambiaban los cotilleos en voz baja sobre los besos que se habían dado a escondidas, los lugares y las horas en los que habían ocurrido, hasta que una valiente de la última fila de la clase levanta la mano dispuesta a contar algo y se hace el silencio. Me dijo que en realidad ella no tenía demasiado que contar, pero que en cada sitio que estuvieron se acordaron de lo que les dije acerca de las nubes el primer día, y se dedicaron a observarlas con detenimiento en cada sitio. Me aseguraron que no estaba equivocado, que las nubes en cada sitio son diferentes. Una lágrima se deslizó por mi alma.

Primavera incendiaria

A Remedios se le incendió la primavera una vez más. Sus personajes corrían precipitándose al vacío en busca de una nueva salvación. Remedios llora para poder apagar el fuego de su primavera incendiaria, para salvar a sus personajes y conceder nuevos permisos absolutos que le acepten de una vez su libertad.

Eva no soporta los documentos en pdf

Tenía los dedos ensangrentados, los ojos cargados, y la mirada perdida. Eva no había dormido nada, pero a pesar de todo ha decidido continuar escribiendo, un poquito más. Y corre a la biblioteca a escribir en el viejo ordenador sus últimas inquietudes, rodeada de adolescencia gritando sus fantásticas ocurrencias que en realidad, son un modo más de escapar como el modo de escapar de Eva, como otro cualquiera. Y como otro trozo cualquiera de vida Eva escribe en un documento en blanco y resume que ya no volverá a fumar, que comprará una bicicleta de segunda mano, y que en la cestita que tendrá la bicicleta portará únicamente un par de viejos libros de Henry Miller. Eva no soporta los documentos en pdf. De fondo de todo esto, en el Spotify hay un disco abierto de Glenn Gould, partitas de Bach, la música favorita de Eva, que mientras escribe su personal visión de la vida remoja sus labios para olvidar sus particulares formas de olvidar los deseos de sujetar un cigarrillo entre sus labios, abrazar ese pequeño vicio que la mantiene atenta a ese documento en blanco que todavía está por escribir, por mancharse de escándalo, como cuando estalla la entrepierna de Eva y se suicida manchándolo todo hasta las rodillas.