Se dejaba llevar

Gladys dejó de consumir incluso el tiempo. Pasaba las horas frente a la pantalla que le regaló su madre, y por ahí descargaba gratuitamente todo lo que no necesitaba, incluso a los amigos y los aquellos momentos de más alta excitación, los de la más alta felicidad imaginable. Horas y horas descargándolo todo, robando gratis. Gratis. Gratis. Todo por una línea de internet en oferta que contrató su padre a alguna de las tres empresas colaboradoras con el gobierno central mundial. Todo esto estalló en una pobreza absoluta, la gente como Gladys –así era el mundo y la gente antes- pasaba el tiempo sin comer frente al ordenador, ya no eran cuerpos, eran esqueletos sin movilidad consumiendo electricidad y bytes. Se dejó de usar la mente, la cabeza fue llenándose de grasa, el espacio del cerebro quedaba libre. Gladys, la humanidad, se convirtió entonces en un sencillo y terrible cálculo de calculadoras defectuosas. El hombre con su iPhone en el bolsillo cayó en su propia trampa, como todo un memo, y Gladys se dejaba llevar, como en la canción de Antonio Vega…

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