Nines mirando el azucarero

No contenta con la mermelada
volcó el azucarero.
La sangre de las fresas
chorreaba por
toda la su boca llena de lágrimas
ansiosa de placer
mientras marcaba sobre la mesa
un dibujo con los restos de tabaco
del último con Mario.
Hervía su cuerpo diabético
del recuerdo deshecho
ya sin sacarinas
ya sin ganas de nada
que de hasta romper en líquidos
de la su lengua
comenzaba y comenzaba
a sudar nerviosa
del amor de Nines
que mira por la ventana
cómo gritan los niños
cómo se clavan los cuchillos
de cómo la joven del quinto
-mientras las lágrimas rompiendo el azúcar-
haciéndole el amor a su novio en las escaleras
de cómo gritan y lloran a la vez sobre el mp3
de cómo ríen y se dan patadas
de un modo tan diminuto
tan apasionado…

The End

Nuria intentaba ser Mónica Naranjo porque nunca tuvo personalidad, los padres de Nuria se la arrancaron de cuajo cuando aún era una niña y la guardaron en un tarro para siempre. Aquella noche Nuria estaba gorda de alegría como casi todas las noches. Nuria infló con tanta emoción los estribillos que los explotó hasta llenar de pringues todo el karaoke. Todos quedamos con la cara de idiota que se nos queda después de oir a Nuria, después de aquellas impostaciones postizas cubiertas de gruesos chorreones de emoción. Nuría bajaba deprisa de la especie de escenario con el romanticismo que se le salía -de tan vivo- por la boca, colgando, mientras se dejaba asomar toda una trayectoria inútil por los lindos ojillos de esta Nuria cada vez más decidida a dedicarse a la cosa lírica. Entre los tartamudeos de nerviosismo descifraba de los labios de Nuria la curiosidad por mis sensaciones después de sus latigazos vocales, si valía la pena seguir, si quizá podría presentarse al casting. Yo andaba en esos días buscando una voz con estilo para mi orquesta, pero obviamente Nuria no era lo que yo estaba buscando. Nuria no suele aceptar un no por respuesta, y comienza a quitarse el vestido y a introducir suavemente su lengua en mi boca, mientras me desabrocha sutilmente la bragueta prácticamente sin darme cuenta, cuando el dueño del karaoke interrumpe el idilio dejando caer fuertemente sobre la mesa otro vaso de ron muy sofocadamente entre ambas miradas, con las venas de los ojos a punto de explotar y un sudor frío y tembloroso casi imperceptible que comienza a contagiarse. Nuria y yo nos vamos a los servicios y nos lamemos los sudores mutuamente. Nuria folla como pocas, si bien canta también de un modo bastante único. El dueño del karaoke no puede más y se enchufa otro compás de coca en una esquina bien disimulado. El dueño del karaoke es el padre de los cinco hijos de Nuria. La camarera -hija de Nuria- me sonríe y me da otro beso, mientras Nuria no para de jugar en mi entrepierna. El dueño del karaoke no puede más y se pega un tiro en los servicios. La camarera y yo descuartizamos a Nuria y nos vamos a cenar, a ver de qué modo podemos finalizar la película.

Todo sobre tu madre

COMIENDO LOS OJOS

Tu madre es muy divertida
me parece muy graciosa.
Recuerdo aquel viaje
aquella voz jocosa
mientras sangraba tu padre
mientras terminaban las moscas
con ese enorme trozo de carne muerta
que era ahora en la boca de tu madre gozosa.
Colgado el ombligo de tu padre llorando
de la boca de tu madre sabrosa
de la sangre derramada sangrando
derramada de la su mirada atormentada…
nerviosa
de la mirada de las moscas
de la tu madre mirada
de comiendo los ojos
de lamiendo la sangre antigua
de la sangre divina
de la sangre seca entraña
de tu padre amor
Dios qué ganas…

LOS PECHOS DE TU MADRE

Era una golfa tu madre
le encantaban las rayas
vestir de domingo a diario
poner música en la playa
a cualquier hora de la mañana
desnudarse para los vecinos
y gritar por mitad de la luna
mientras la juventud asombrada
encantada por la ventana
a la tu madre mirando canalla
de que se alisaba el pelo
de que se alisaba la mirada
de que se enjabonaba la cara
de que ponía perdido el piso
que de agua y espuma afrutada.
¡Qué lindos pechos los de tu madre!
Olían a Dios
y es que
perdona amor
pero no los esperaba.

LOS PEINADOS DE TU MADRE

Procuré no alcanzarle el peinado
no atinar con los botones
no correr la pintura de labios por todo su cuerpo.
Era tan inolvidable el recuerdo
que necesitaba repetirlo a diario
repetir y multiplicar el recuerdo
para multiplicar las horas
y multiplicarme a mí mismo
oh mi amada.
Pero soy un ser tan despreciable.
Y quizá tu madre también.

TU LENGUA EN MI VENTANA

Morderte la boca
nunca dejó de ser un deseo para mí oh amor.
Sabe a aquellas bebidas raras
aquellos discos tan antiguos
que regalaste un día a tu hija.
Un día…

ARRANCAR PÁJAROS DEL CIELO

Y no me olvidaré jamás
de la fijación tuya
por arrancar pájaros del cielo
aquellos pájaros fritos
que obsequiabas a tu padre
con tanto amor.
Qué devoción la tuya
madrugar para matar
aquellas pequeñas almitas
robar su vuelo canalla
para engordarlas luego en aceite hirviendo
y engordar más tarde a tu padre
con aquellos pájaros muertos, oh baby,
mientras yo acariciaba a tu madre
levitando en la humedad de un nuevo amanecer, oh baby,
mientras tu padre calentaba el aceite.

MOJADA LA ORILLA

En la playa callada
tu madre canalla y yo
en mitad del pecado
en mitad del vino
se suponía
mojada la orilla
que nos castigábamos
a la luz de la farola
a la luz de los verdiales.
Y yo hacía por iluminarte amor,
pero ya era de día.

LA LUZ DE TU MADRE

Tu madre me ilumina con sus pechos
todas las pasiones.
Como ballena recién nacida
en brazos de tu madre
es algo así como cuando tu padre grita gol
o cuando se enfada por alguna tontería cotidiana.
Y yo mientras
acaricio el pecho de tu madre
en esa cama de matrimonio tan absurda
y me lo coloco en la boca en silencio
y me hago el muerto
y me enjuago de leche la cara…

El jardín de Mario

Tumbada de llanto
-misticismo estúpido
y rabia de verano-
estás más cerda, más repleta aún que de costumbre.
Tu estorbo azul y tu toalla secreta
enhebrada en mierda y silencio de niñata traviesa
que escuchando en la radio
canciones con mucha nostalgia
mientras se mete el dedo -mojada mojadísima-
del blanco y negro
de la tele de mamá
y el helado de fresa
sobre un mediterraneo la foto de papá de cuando la comunión –mientras te introduces el tanga, mientras te introduces el dedo- cambias de canal inacabada, insatisfecha.
Azul temblado como la mirada,
esa sí esa que se te derrite
hasta el otro ojo de tu estómago, tu otro estómago.
Grita fuerte que yo te escuche, qué te gusta que te introduzca billetes en la raja de tu culo, te enfadas y te gusta a la vez, y eso me excita.
Eres tan puta que no me importaría abofetearte nena lo juro.
Si acaso es eso lo que me ansías desde que te conozco,
pídelo perra
tan pura y guarramente amorosa como sólo tú sabes hacerlo.

Cincuenta poemas mal peinados

AMANECER

Es posible que los calcetines estén sucios,
que no me haya lavado la cara,
que me quedara sin cuchillas y sea festivo,
pero lo que aún me cuesta comprender,
cómo que no vi todo eso que se desparrama por la alfombra…

AUNQUE NO QUIERAS

Me recortaré uno de tus ojos y lo meteré en mi pecho,
para que no se me pierda tu mirada en los viajes,
para que nadie pueda observar cómo observas tú todo lo desconocido,
para que no puedas echar un ojo a la cazuela. Más quisieras, no somos mosquitos ni leones.
Pero sin que nadie me lo vea.
Esconderé en mi pecho tu ojo
para que a nadie puedas ofrecerlo,
para que nadie pueda asomarse dentro de ti
ni mirar por donde no se debe tus más íntimos paisajes.
Estaré lejos, pero tu mirada siempre me acompañará,
Me mirarás aunque no quieras, y tu otro ojo quedará inútil,
ausente de otras miradas, de deseos que yo pudiera desconocer en mi ausencia.
Coseré tu ojo a mi corazón, y será como mirarte con tus ojos, mirarme con los míos
fuera de lugar ni tiempo, porque ni tu ni yo vamos a permitir
que algo tan estúpido como la materia nos separe, ¿a que no?

CEBOLLA EN MI NEVERA

Ya sin llanto,
se esconde manchada de tierra, de invierno.
De madrugadas y luces,
de gritos y viajes
se esconde,
apaleada por la lluvia
que moja sus lágrimas secas,
de tanto llorar para nada.

EL DIQUE

Reunámonos todos en la mesa
con peste a vino y tabaco
mirando las arrugas de Gabriel,
mirando los dibujos del olor de los sobacos.
Reunámonos en la casa vieja de la abuela de Manolo,
que tenía televisión y video, vino, rayas… en fin, de todo,
hasta que llegó la abuela
que nos puso en fila
y nos lamió el alma
hasta dejarla seca, dura como la misma vida,
de hasta sacarnos el alma a lingotazos
que nos la escupió a la cara
y nos echó sin contemplaciones
la aquella mujer cuarentona recuerdo,
de pecho generoso
y labios de leona traviesa,
que espera aún
que la maten con una espada,
por fin,
húmeda como el dique, después del chocar de las olas en invierno, como la primera noche.

ENARENADOS

Este poema es como un puñado de pescado muerto que se tira al mar y comienza a nadar.
Y comienza a hacer dibujos,
a la orilla de la mar.
Es como un puñado de animales que atraviesa el mar
lo mismo que un hombre a una mujer muy vulnerable.
Es como una espada de Toledo,
como un jardín sin cuidar,
como una niñera sucia y hermosa de tetas profesionales,
de tetas de amamantar.
Y el niño feliz, imaginando en el acuario,
nadando con la espada al aire,
rompiendo el alma a la su cuidadora,
que se deja querer lo mismo que un puñado de animales muertos,
que se enharinan para freírlos y comerlos sin contemplaciones.
Todo eso y mucho más, este puñado de pescado muerto,
enarenado, bajo la luna.

ESO YA ES HISTORIA

He separado mis brazos para echar a volar
lo mismo que un vuelo de Iberia sin avisar.
He separado mis brazos para que no pienses cosas que no son,
que ya todo cayó en una palangana gris de aburrimiento,
saca la perra,
llama a la abuela,
pélate,
cepíllate los dientes,
así,
así,
sigue…
He separado mis brazos para echarte a volar,
para que después de éste, tu pequeño último sufrimiento,
tengas un buen sabor de boca,
mientras yo penetro nubes de colores de nublados magistrales
con tonalidades grises que me harán llorar de verdad
por cosas verdaderamente dignas de un llanto. Y no por el color del arroz en Roma
ni por las manchas de aceite en el suelo
de la entrada.
Eso ya se acabó.
Eso ya es historia.

LA NOCHE EN QUE SE CAMBIABA LA HORA

Me levanté con lavadoras en la mirada,
con ombligos peludos,
y cerdas amamantando botellas,
cielos resquebrajados,
y muchos culos que se chupaban la boca unos a otros.
Era verdaderamente la noche en que se cambiaba la hora,
pero no sé qué les pasó a todos.
Mirando la hora no solucionamos nada.
Empiezan a lavarse el cuerpo con salivas
de unos y otros, a mezclar sus cuerpos en la arena de la playa,
a limpiar sus almas con la sal del agua muerta de la luna caliente, que está a punto de bañarse,
de limpiarse el cuerpo, lo mismo que una puta.

LUNA II

Conozco perfectamente ese silencio, y si tuviera ahora mismo un cristal
lo recortaría y haría un ramo de flores para tu entierro.
No sé cuándo vas a venir,
cuándo dejarás de hacerte el muerto,
pero oye,
si vienes tarde
no llores por mí,
porque preferiría que no me vieras llorando por éste tu silencio,
por ésta tu puta broma, que ni es broma ni es puta.

MI LAG

Acaso puede ser no estoy seguro,
que me plantee seriamente que no dormir contigo me hizo mal,
que no meterme tu alma en la mía me hizo mal,
que aquellos pentagramas mal peinados que había en la mesa no eran tuyos.

Acaso puede ser no estoy seguro,
que tu novio fuese una simple fotografía del Teleindiscreta,
una imagen de las que ponen en mitad de la película,
una llamada perdida,
un sueño mientras te desangras por la noche.

Acaso puede ser no estoy seguro,
que tu boda sea quizá el preludio a tu descanso eterno,
que busques ya la tranquilidad de tu alma aún desnuda,
escupir en la faz de la tierra tus herederos,
alguien que cuando tú no estés,
recuerde que su madre -acaso puede ser no estoy seguro-
sólo estaba confundida.

MILONGA

Supongo que bailar conmigo es imposible,
pero un día me bailaré en mitad de la noche un tango.
Y me cruzaré las piernas,
y sentiré el misterio sexual del baile argentino, y me comeré tus brazos después,
a la parrilla mi nena.

MIS OJOS LLENOS DE SANGRE

Estaba mirando la tele,
mientras me preparabas la cena,
que miraba en la nevera,
nervioso,
mientras tú lo ponías todo perdido de aceite,
que miraba nervioso,
y ni una cerveza.
Grité a tus oídos por qué,
grite por qué a tu mirada,
que llorando me pedía perdón,
cuando cogí un par de tenedores,
que me los clavé en la mirada,
por no mirarte,
que sangró mi mirada,
no sé si por tu culpa o no,
pero allí no quedaban cervezas.

PAPARAZZI

Me estaba oxigenando el alma
con un trozo de Coca Cola,
con un trozo de paella,
con un trozo de amapola.
Me estaba oxigenando el alma
con un trozo de tus labios,
mojado en el pan con vino
mojado en el aceite del plato.
Me estaba oxigenando el alma,
me estaba peinando el brazo,
cuando vino Paco con un árbol
y te lo plantó en el estómago,
que maté a Paco, y te maté sin respirar,
y para no dejar de oxigenarme,
me maté yo también,
y escupí la Coca Cola sin querer,
mientras la doctora me analizaba la entrepierna,
después de muerto.

POTRO PLAYERO

Sólo me dan ganas de no despertar,
de olvidar las horas del día,
de olvidarme de ti.
Levantarme contigo a mi lado
es cada día más doloroso.
Regarte, pasearte, lamentarte…
son hábitos ya demasiado cotidianos.
Llevarte a la playa en verano,
darte de comer en invierno…
es todo ya tan cansino
como levantarme de ti,
como obligarme a quitarte voz a la radio,
como meter la cabeza en la arena del campo
y que del barro y el agua de la lluvia nazcan árboles en mi mirada
para regarlos en la tuya
y hacerme más daño cada día.

PUTA DE MIERDA

Si un día te veo tirada en el suelo
pensaré que me estás pidiendo perdón
por darle tu pecho a la vecina,
por mirar por la ventana y fumar sin sujetador.
Si un día te veo tirada en el suelo
pensaré que has perdido tu orgullo,
que quizá te tiraste al vecino,
que quizá algún que otro capullo.
Quizá si un día –a lo mejor te veo- te tiras al suelo
voy a pensar que me quieres pedir perdón, pero ojo,
mira que no lleve zapatillas, pues mientras que estos dedos
no sean humedecidos por tu lengua,
poco vas a poder hacer
puta de mierda.

PUTO DE MIERDA

Si un día te veo tirado en el suelo
pensaré que me estás pidiendo perdón
por darle tu polla al vecino,
por mirar por la ventana y fumar desde el colchón.
Si un día te veo tirado en el suelo
pensaré que has perdido tu orgullo,
que quizá te tiraste a la vecina,
que quizá algún que otro capullo.
Quizá si un día –a lo mejor te veo- te tiras al suelo
voy a pensar que me quieres pedir perdón, pero ojo,
mira que no lleve zapatillas, pues mientras que estos dedos
no sean humedecidos por tu lengua,
poco vas a poder hacer
puto de mierda.

SINFÓNICO PIANO DE COLA

Mientras sea posible que el estruendo apague las lluvias
no habrá problemas para domesticar a la naturaleza.
Con un simple sinfónico piano de cola
romperemos la mirada a la vida,
romperemos las telas del llanto,
abriremos una brecha en el pecho del escándalo
y sangraremos de alegría.
Porque estamos descubriendo
las entrañas a la ciencia,
y no nos van a importar ya los sentimientos de nadie,
la suma total,
no nos convence.
Y ya el amor por fin
caerá en desuso.
El amor digo de los libros,
de las canciones, de las películas…
Que ya nada va a ser comparable.
Y naceremos entre descargas,
y moriremos arrugados de tanta luz artificial
Y los que queden –aún más lejos si cabe-
se comerán unos a otros,
porque ya todo es plástico,
porque ya es todo lo que hicimos
pensando en engordar
mañana,
nosotros,
nuestros hijos,
y todo el que se nos acerque.

SONIDOS DE TAMBOR

Reaccionábamos mal.
Teníamos unas pobres espaldas
que sólo nos servían para llevar tambores
y recibir los escupitajos
del Señor Bermúdez.
¡Maldito bigote!
¡Maldita calva!
¡Maldito Bermúdez!
Nadando en la playa
con la Señora del Señor.
¡Maldito Señor!
¡Maldita espalda!
¡De dónde salen tantos sonidos,
tanto estrépito!
¡Dios! La barriga del Señor Bermúdez
escribiendo sonidos de tambor
para nuestras espaldas,
para nunca dejarnos crecer la barba,
para nunca dejar nuestro sobaco tranquilo,
para que el sudor bajo las tetas de la Señora
nos caiga hasta que se nos desaparezca el ombligo.
Señor Bermúdez, lo siento.

TANTA CATAPLASMA

¿De dónde sale ese líquido que te cuelga,
esa caravana de carne que se te sale
de la mirada al infinito?
¿De dónde vienen tus padres?
¿Acaso de comprar tocino?
¿O sin embargo te estás cuidando de mirarme
y yo no me entero?
Te mataría por tanta cataplasma,
por tanto misterio en la oficina,
por tanto mirar al médico,
por tanto mirar el líquido,
por tanto usar lo que es preciso
y descubrir lo impreciso ahora,
cuando de los ojos
no te salen más que algunas cucarachas gordas
apunto de reventar de ira.

ABRIL ANTICIPADO

Entonces mis ojos te besarán la mirada
con el mismo silencio
de las conversaciones en el autobús.

RESUCITANDO RESCATADO A CADA SEGUNDO

Las intermitencias de la farola en el agua,
son como el agua cuando recorre tu cuerpo,
como el humo azul del cigarro
que esconde tu mirada malvada de llanto,
como el brillo oscuro en la caricia asesina de un pincel en Caravaggio.
Resucitando rescatado a cada segundo de las profundidades submarinas
-para guiñarte sólo- las, acuérdate, intermitencias de la farola en el agua.
O piensa sólo que son como pequeños asesinatos pincel en mano,
que con sólo mirarlos
consiguieran que te arda en lo más profundo del alma.

SEIS DE ENERO DE DOS MIL CUATRO

Nuestra alma crece según indican los anuncios no te engañes con otras cosas.
Los juguetes no son diseñados por nosotros,
los juguetes nos diseñan a nosotros mismos.
Se crece año tras año, navidad tras navidad
según asimila las encuestas,
y adquiere energía gratis a partir de la publicidad,
para poder estar a la altura de la circunstancia
y no quedar como oveja descarriada del rebaño.
Y es así de este modo que
llegará el día en que
seremos todos absolutamente iguales,
con las mismísimas felicidades, funciones,
lo mismo que un disco duro.
Nadie tendrá almacenamientos extra,
ni más espacio de la cuenta para reunir recuerdos.
Y será entonces cuando explote
el inmenso trozo de carne enferma
que cuelga en la inmensidad engordado siglo a siglo,
donde se señala al detalle con facturas y estadísticas que todo es como debe ser,
como está escrito.

LLORANDO MIS VENAS

Esta mañana
me hizo acordar del Pelusa
la guitarra sorda
de la línea azul en el taxi
de los murciélagos
de tus ojos
del cristal del coche
de la tu boca en la noche tu lengua,
las tres cervezas
del semáforo
de las calles
de las luces verdes todas las luces,
el sube y baja del cristal del coche
del taxi
el intermitente de tu coche
de mi alma
y de como si nada
llorando mis venas
besándonos bajo la luna estremecida
que llorando también líneas azules
como lunas enteras colgando de tus pupilas tus piernas
en Burgos para recoger una caracola
mientras miraba por la ventana una lucecita roja que se alejaba
hasta el azul oscuro de la noche
antes de cerrar los ojos
dentro ya de tu cuerpo,
iluminando tu alma empapada
rota ya de tanto llanto,
recolgada a la arena imposible
del deseo transparente
que se anuda en tu ombligo
cada amanecer.

OCHOCIENTAS PALMERAS

Anudo tu vientre
a una farola
mientras me fumo
tu alma enloquecida.
Enloquecido queda tras el paisaje
que se enlaza a mis zapatos,
confunde, y se asoma
por debajo de la noche,
bajo ochocientas sombras
que se menean con la misma naturalidad
con la que se abrazan tus labios
lo mismo que un perro.

PASATIEMPOS

Te traeré pescado
del embarcadero
cuando mi alma se rompa
contra las olas.
Mientras tendrás que conformarte
con la pasta dentífrica
que suministra el Papa,
los domingos,
y estas doce uvas.

GABRIEL

Deja que te salgan canas de arcángel,
y al menos creerás en algo.
Porque tu alfombra voladora está cansada ya,
del polvo blanco de los perros,
de las blancas risas de Julio,
de tu hermano pana.
Deja que te salgan canas de arcángel Gabriel, y bendito seas si alguna vez te las ves en un espejo,
será el principio de algo,
síntoma quizá de que aún quedan parámetros incontrolables,
vendiendo música, como los piratas, en la esquina del Pelé.

FOIE

Si puedes sácate el cuchillo
y no lo guardes en ningún sitio:
si se te escapa sangre
se te arremolinará el alma:
creerás que algunas veces sabes lo que haces,
otras pensarás lo que no dices, o no:
dirás lo que haces,
harás lo que no piensas…
como cualquier mujer aburrida.
Mejor déjalo y
date el gusto:
no dejes que el sonido del barco
se te meta en los dedos:
Chopin no tiene la culpa
y mucho menos mi alma.

VIP

Tu lengua en mi pantalón,
tus pezones en mi estómago,
tu cuerpo rodeando el mío como un cinturón de seguridad…
¿qué miedo tienes si el móvil está sin batería
y el reloj que me regaló tu madre se paró?
Si enciendes el intermitente,
sacas tu triángulo,
y en esta oscuridad silenciosa y confusa,
mientras nadie alcanza el valor de tu mirada más que yo
-sólo si te portas bien- bajo esta noche nubosa, silenciosa lo mismo que una perra.

YA ESTA AHI SU PADRE PARA METERLE LOS DEDOS Y HACERLA VOMITAR

Rompió la ventana de un portazo
mientras la miraba con odio
cómo contemplaba horrorizada
los cristales llenos de sangre en su brazo,
mientras la lavadora daba vueltas,
mientras el vecindario de viaje,
y su padre alimentando su noche
desabrochando el sujetador,
deseoso de comerse la inocencia de sus ojos,
la saliva de su llanto.

ALEV EN UN BUZON DE CORREOS

Prefiero los sonidos sinceros de la naturaleza
a cualquier música o fonema
que pudiera destruir el encanto de esta noche tan caliente.
Nada es comparable con la tierra mojada
que destruye este baile tan hipócrita copa en mano,
de apariencias tan juveniles de tan ilusa ilusión en pleno desarrollo,
en extrañas circunstancias.
Mojarse los pies en la noche es algo muy antiguo y placentero,
tan popular como el pizzicato Bartók en tu guitarra,
tan exquisito como un buen plato de cordero
servido desnudo al amanecer.

MOLINOS DE VIENTO

La sangre de mis ojos
está cargada de aroma para los tiburones
de leche que grita ira hinchando manzanas,
hinchando dátiles mientras el llanto que guarda un bolso
desaparece suave y fresco como el jazz
lo mismo que una escobilla que arremolina
un trozo de mierda confundido con el agua,
igual que esa pieza de jazz tan lenta y sutil que roba del árbol manzanas y teléfonos, viajes, negocios, y algún desencanto divino, actual, como cuando de la punta de la lengua cae una lágrima espesa sin explicaciones lógicas.

SILVIA

El cielo ya no tendría ganas de cambiar de color cada amanecer,
seguro.
Las risas entre mis vecinas quinceañeras desaparecerían,
dejarían de lanzarse lentos dardos de agua con sus miradas,
de mirarse los pechos en los ascensores
enlazadas en una especial complicidad que sólo ellas conocen.
Los niños y las niñas ya no jugarían a besarse en la Plaza de la Merced,
ya no reirían tampoco,
envejecerían deprisa gritando un silencio que esconde la respiración circular.
La luna por supuesto tampoco me dejaría verla desnuda ninguna noche más,
enfadada y aburrida lo mismo que una novia coqueta que se explota las espinillas mirándose en cualquier playa,
por enredar de hermosura esa imagen tan tan estúpida de sí misma.
Ninguna noche aparecería tan llena de luces desesperadas
que suben y bajan lentamente en la ventana de mi cuarto,
buscando confundidas por el humo azul de un cigarro amor desesperado en las últimas horas nocturnas en las que a la vez que nadie observa todos se aman,
las nubes se abrazan aprovechando la oscuridad,
la lluvia –mirando el reloj desesperadamente- confunde cualquier sonido sospechoso que pueda entorpecer el transcurso de la vida con esa misma dulce estupidez de ayer,
esa misma que nos caracteriza desde siempre,
y yo,
mirando una fotografía, un violín,
en una postal que me llegó de París.

ONCE

Buscándome el alma
me di cuenta que no existía,
que quizá salí despedido entre trozos de sangre seca,
entre trozos de la madrugada
a la que el sol nunca quiso iluminar…

SUBLIME

Dejaba crecer su frondosa barba en blanco y negro
lo mismo que un árbol azul en la vieja vereda, una mirada joven e inocente que posada en un escote,
un violín desabrochado de su orquesta naranja que se aproxima a la cocina.
Tierra a la vista desde un globo gritado rabioso y feliz
descubriendo en sus venas nuevas cicatrices asesinas
que enmarcadas cada segundo para una nueva exposición
desnudaba nuevamente su alma para todos,
para cualquier mirada azul que posara sus dedos en un violín
que grita nuevos descubrimientos.

COLUMPIOS

Aunque tú te empeñes no es fácil balancearse, llorar contra el viento
o convertir tu llanto en la saliva del otro
tampoco es cosa del silencio.
Saca tu lengua y enjuágala en la mía,
confundida con la tuya,
enlazada a la deriva lo mismo que dos estómagos que se abrazan
compartiendo el sudor de su llanto.
Tampoco es tan fácil sacudirse el tiempo
no es tan divertido ni tan sabio,
es más bien un ejercicio que no merece la pena
que el sol y la luna nos reprochan cada día, cada noche.
Prefiero amarrarme al llanto de cualquier nube,
pasear hasta empaparme de lágrimas
y que luego la tierra me reconozca,
cuando los pájaros canten otras canciones aún más hermosas, aún más bellas,
cuando me coma tus labios, y ya nunca amanezca esta noche.

MUJER EMBARAZADA

Dos enormes océanos se conmueven,
se provocan, estallan,
y manchan todo el cielo de lluvia después de comerse mutuamente.
Bajo un arco iris se revuelcan mezclados de alegría como dos tigres recién nacidos,
recubriendo de leche todo el paisaje, mojando de vida esa mirada única.

ALEXIA Y EL PEZ LIMON

Raja su estómago de lluvia,
nacen mariposas en su vientre,
todo desnuda bajo el agua de una tormenta,
mientras el pez limón llama desde el metro desesperado,
perdidamente enamorado de la bella Alexia hasta el infinito.
Preguntando por la su boca,
por las sus palabras,
roja se pone la mujer del pez limón
cuando Alexia se decide a amarla llena de emoción
sin contemplaciones frente al pez limón
mientras llora de rabia,
mientras en sus ojos tiembla una lágrima que no existe,
mientras Alexia bebe el aroma de la su mujer y nadie bebe de su llanto.
El pez limón se raja los ojos con una lata
y la aquella Alexia no deja caer ni una sola lágrima roja del pez limón.
Decide olvidarse de él y morir abrazada a la mujer del pez limón,
ahogada en sus labios y su lengua, en mitad de una provocadora risa.

NIÑOS DE CUERO

Hundir la mano en tu entrepierna y reunir un ejército de moscas
que se ahogan en tu charco de sangre en tus lágrimas.
La misma de donde te cuelgo sin ganas ya seca,
sin que hagas ruido tu alma ya sin que suene nada,
mientras se derrama en el suelo lo mismo que un puchero,
lo mismo que Juanito Valderrama.

O aquel grupo de rock que te gustaba tanto.

DESPACHO

No me parece importante tener que agitarte en la mesa del despacho
parece que lo estuvieras pidiendo a gritos.
Así no me gusta,
preferiría violarte en medio del parque
estarías aún más preciosa desnuda y sucia rodeada de patos nerviosos
de miradas preocupadas por el pescado,
revolcada en el sudor y demás líquidos del sofoco del momento, de gritos,
de lluvia de abril cuando pasa el tren de cercanías,
de tiovivo libros de ocasión y extranjeros de apariencia inteligente y maravillosa.
Otra cosa sería banal y aburrida princesa,
amaina y coge la linterna que yo te enseño.

FAX

Me apetecía mientras relajaba mis manos en tu vientre
despistar tu mirada hacia la música del teléfono,
recoger la basura sin orden,
ir a la playa los domingos impares con música de piano en el coche.
Mientras mi lengua te acariciaba toda entera
ponían una sencilla canción muy frágil,
y alinear tu pensamiento a las mantas
o frotar tu alma con la mitad de un limón
era como enloquecer de delirio muy tranquilamente,
como compartir un anuncio de la Coca Cola,
un desamor de Machín,
un trozo derretido de Margarina.
Recoger la lluvia,
apartar a los vecinos,
cruzar la carretera sin mirar los coches, sabemos de sobra que estamos rodeados de gente muy práctica…
Tú me preguntas por qué.
Yo, la verdad,
todavía no he llegado a ninguna conclusión,
mañana te prometo una respuesta, una pregunta.
Déjame amanecer enlazado a tu ombligo
y un fax lo arreglará todo por nosotros,
pero mañana, por supuesto.

DISIMULO ACTUAL

No suelo fijarme
ni en los peinados
ni en la forma de mirar,
así que deja esa pose de imbécil interesante
y relaja tus piernas
porque voy a pensar
que estas haciendo todo esto para esconder algo
y quien esconde algo es generalmente un artista de poca monta
que intenta en su guitarra
o en su apacible desinterés por las cosas que generalmente
hemos ido asumiendo que son prácticas
disimular su podredumbre.

CADENA DIAL

Porque antes tiene sentido la foto,
porque antes tiene sentido el bocadillo,
la forma del arco iris dentro de tu cuerpo,
una frase que no es mía tumbada en tu oído…
El universo conspira para que todo lo que tú quieras suceda,
cruzándose dentro de ti
lo mismo que una canción de Nino,
detrás del cable eléctrico,
mientras dan la noticia…
Cerrar la puerta, encender la radio…
una catedral no te da un guiño ni risas de todas las clases.
Entonces el sueño era no dormir,
castañitas de otoño tengo piedras en la boca.

No ha pasado nada, y ha pasado todo…

SANTA SOFIA

No pretenderás que me emocione
este pedazo tremendo de muerte,
este gran monumento al invierno…
Aquí sólo retumban llantos de niños
y un enormísimo silencio obligado,
una creencia inexistente,
una religión divina donde ni se ama ni se quiere
a nadie que exista,
donde sólo es mérito aguantar y ser feliz en apariencia.
La complicidad tampoco existe,
como no existen ni los abrazos ni las minifaldas, donde el alcohol sólo puede ser metáfora,
la antesala a la muerte un rezo constante
cubierto de humedad, un lamento colectivo silencioso…
Tu mirada no debe desviarse,
presta atención a estos mosaicos,
luego te compraré un juego de té en el bazar,
pero ahora calla y disfruta
del silencio de esta mentira enorme,
que durante siglos fue fraguándose con esta misma amargura,
con estos mismos rayos solares
que dan aún mayor tristeza a este conjunto de muertes…

LOS PERROS NO TIENEN VOLANTE

Estábamos subidos a las espaldas de un canguro de mentira,
que luego seguro nos pasaría factura por todo,
nos reventaría el alma con ira invisible a destajo,
nos mordería el espíritu sin avisar.
El paseo por la noria y los bocadillos de entretiempo,
los zapatos de deporte, el cocktail de piña colada, la nieve del guardarropas…
Metidos en mitad de una ruta bien definida por el canguro
llevábamos utensilios de todo tipo:
sangres de todas las clases,
reproductores de audio con música de piano para los estados de aburrimiento máximo,
un libro, energía para soportar la carga, y algo de comida china.
Muchas dudas tuvimos hasta decidirnos:
un gato, un león, un perro…
Nos gustaba el perro,
pero los perros no tienen volante.

DOBLECES TAIMADAS

Como cuando las lagartijas,
-meneando el medio cuerpo que ya no les pertenece
sumidas a cualquier vergüenza estúpida-
fritas, provocadoras,
saltan en el aceite hirviendo
troceadas de mentira, entusiasmadas,
mientras arden y comprueban
que somos menos poéticos de lo que pensamos.

UNA NOCHE DE TORMENTA EN CALLE MARMOLES

Es como una naranja azul que flotara en la mitad de uno mismo,
como un parque lleno de monos azules que se asoman para visitarte,
para molestarte a gritos azules muy fuertes sin avisar,
todos juntos.
Eso es y no más,
las canciones marchitas de un joven con voz muy asequible,
acompañado por una mujer delgada y suave,
de alcohol peligroso,
de incestuosos pechos,
de misteriosos ojos y estómago de caramelo.

TROZOS DE SILENCIO Y AMANECER EN MARO

Abrazada al amanecer
bebiéndote un trozo de piano
en el sofá del salón
mientras en la terraza temprano
gritos de un pájaro herido
que pide un beso lejano
un baile infinito poco vestido
un sueño que ha sido robado
una música que arde sin gritos
un juego de mesa sin dados
de Maro a la salita
de la salita a Maro
de la salita al infinito
del infinito al piano.

VISIÓN ESTÚPIDA

Y si la enorme mirada
me atrapa,
entonces simularé que soy sombra,
simularé que soy mañana,
nublado astuto,
o una inmensa plantación de lechugas desde un avión.

ME HACE FALTA BEBER PARA LLORAR

Es verdad que se puede acariciar el piano,
o tocarlo como un maestro.
Es cierto que se puede amar,
y amar para siempre.
Indudable que puede uno dormir horas y horas,
o descansar hasta el nuevo día.
No sé si prefiero vestir roto o vestir nuevo,
sólo sé que mi piano no me abraza si yo no lo abrazo,
ni un beso es un beso si no se da.

POEMA INVISIBLE

Acariciando el piano uno se permite desnudarlo todo,
no suele atarse a nada ni a nadie, son las reglas.
Las miradas se empapan sin explicación poco a poco cada vez más,
hacia dentro y hacia fuera,
a medida que crece el poema invisible
que nos embriaga del más caro de los perfumes,
al que cada día estamos menos acostumbrados.

SIN TÍTULO

Echad a volar todos estos peces
que se agolpan en tu mirada
para devorarte toda entera,
para vaciar todo tu pecho y nadar dentro de ti
sin tu permiso…

Sangría francesa

A la serpiente de Claudia

Era un mensaje de Alfredo, para invitarla a un concierto de Tabletom en el Málaga Palacio. Encendida sacó el teléfono del canalillo contentísima y empezó como loca a darse silueta azul en los ojos, mientras se terminaba su kivi de por la tarde y comentaba a Eva del conservatorio la jugada del viernes y la ropa rosa que debía prestarle. Eva tenía la boca torcida como nunca, el alma torcida como nunca, llorosa. A Eva lo que le gustaba realmente era que su novio le abofeteara la boca un poquito antes de besarla, bien húmeda, sin importarle el después. Su novio, Paco el del bar, le pagó más de catorce operaciones estéticas con los ingresos inesperados de una herencia lejana y caprichosa, los que guardaba para un futuro mejor. Se quejaba Paco de los terribles deseos de la su novia, pero Eva, endiablada, sangrando como una cerda, lloraba en la entrepierna de su novio una nueva paliza, que por favor, en mitad del juego, de la burla, deseosa y enferma. Terminándose una chirimoya, Paco la aparta cansado, se enfunda en el vaquero, y se ofrece voluntario al servicio militar sin dar explicaciones, harto de beber sangre aliñada. Eva, llorando desconsolada intentando una Balada de Chopin en el piano de la su abuela, se corta las venas sin conseguirlo del todo. Marina se embadurna en brillantina toda entera, se pinta un dibujito manga cerca del ombligo, y arranca la moto en busca de su amiga. Otro mensaje de Alfredo que dónde y que venga, que se le pasa el arroz, a lo que Marina no le contesta, mientras se aprieta el móvil en mitad de las tetas, y se apresura a consolar a la su amiga de siempre, la pobre Eva, joven castigada aficionada a incendiar bares. Marina estaba entusiasmada con el pobre Alfredo, estaba todo el día intentándola, sin conseguir más que alguna mirada con más de un doble sentido y algún que otro toque al móvil.

Jefe 549: Es un jefe azul y muy delicado. Necesita empotrar gente sin consuelo y sin llanto ya. No le gusta dar explicaciones y prescinde de los modales de toda la vida. Sin contemplaciones.

Estaban al borde del barranco, hablando entre ellos, cuando escucharon la noticia por la radio. Alfredo mató a Marina en mitad de un ataque de celos. Cenando, Marina se apresura en mitad de un deseo indescriptible para hacerle saber a Eva que quería comerse las albóndigas de la su barriga mismamente. Eva pega un volantazo y se sube encima de Marina para enlazar con la su lengua la suya para que ningún argumento sobrara demasiado. Las dos se hacen el amor, se mezclan en el jacuzzi, hasta que pegan a la puerta desesperadamente. Virgilio, el vecino, que necesita urgentemente suicidarse. Las dos leonas ya ahogadas en el éxtasis devoran sin consuelo al pobre Virgilio muy pavamente. Virgilio era aficionado a la música india y al relax mental en general, pero el apretón de aquella tarde fue ya tan fuerte que su vecina no podía dejarlo desamparado. Vestida de plátanos, Marina mata a bocajarro al pobre Virgilio, que en mitad del éxtasis. Las dos en moto hasta llegar al barranco donde volvieron a hacerse el amor y a recordar sus infancias deciden reanudarlo todo nuevamente:
– A mi lo que me gusta es tocar el tambor en Semana Santa. Recuerdo en el convento cuando me metía mano mi madre la muy guarra. Estaba hecha una golfa con aquella minifalda y a mi madre se le ponían las bragas húmedas de pensar en mi entrepierna. Me la comía siempre que le apetecía, y yo la dejaba, era mi madre. Sin embargo, no quería que tocara el tambor, ni que jugara a los coches, sólo abrirme de piernas para ella. Siempre quería que estuviera en la puta catequesis con las demás niñas o follando con ella, yo empecé a odiarla profundamente. Hasta que te conocí. Nos follábamos en la sacristía, era muy profundo. Cogíamos el vino y los cirios y hacíamos nuestra fiesta en la oscuridad, cuando no había nadie para poder gritar y escuchar nuestro placer rebotando por las paredes, qué golfa eras. Recuerdo cuando me frotaste por primera vez. Entonces mi madre te cogió odio, tanto, que terminamos matándola. Desde entonces, todos los años salimos en la Semana Santa del pueblo tocando el tambor, como a nosotras nos gusta…
– Ya no vamos a salir más en las procesiones –susurraba Marina a la mirada húmeda de Eva tras el relato.
– Eso es lo que a ti te gustaría, puta viciosa, que yo te consintiera. Pero no voy a dejar que te comas tú sola, antes, te arranco yo la cabeza a bocados.
Las dos hembras finalizan comiéndose las bocas muy sonoramente después de una sangrienta pelea, mezclando los sonidos de labios y salivas con el cantar de algún que otro bicho nocturno, algún que otro pájaro de noche, cuando Alfredo aparece llorando vestido de novia con una cámara de video y pistola en mano.

Claudia 16: Es una niña de líneas verdes y naranjas. Aficionada al jazz y a las patatas onduladas, no le gusta que le quieran demasiado, más bien sin explicación ninguna. Le gusta la sangre provocada por accidentes.

Reían maliciosamente Alfredo y Gómez la muerte de Marina, mientras brindaban con un champán francés en la mitad ya del barranco. Pasaba la Semana Santa y ya faltaba en la aquella fila de tambores un redoble inseguro, el tambor de Marina. Gómez era el hermano de Marina, un policía al que le gusta saltarse la ley con sus amigos. Seguían bebiendo cuando un rugido de chatarra acariciaba un viejo disco de Calamaro que resonaba desde el Arosa de Gómez. Era Eva que llegaba en su moto satisfecha de lo que acababa de ver en la televisión local. Tenía que premiar a sus chicos de alguna manera, así que se desnudó y se ofreció a estos dos jóvenes entusiasmados más que nunca. Una leve lluvia refrescó el tanto calor que aquellos tres cuerpos se pasaban de unos a otros sin orden.
Después de follar, se vistieron, y cada uno tiró para su casa, al otro día tenían que trabajar. Eva era telefonista de los bomberos y servía copas en La Habana, una tasca de mala muerte, Gómez patrullaba con sus colegas y procuraba el orden sin conseguirlo, y Alfredo dirigía una modesta compañía de teatro aficionado y mataba a sueldo en contadas ocasiones. En sus ratos libres solían irse al bar de Eva, donde bebían cerveza gratis siempre que Domingo, el dueño de la tabernilla, no rondaba por allí para poner nerviosa a la joven Eva, a la que Alfredo conseguía marear con una notable facilidad y sin demasiados entusiasmos.
Quien sí conseguía absolutamente todo de la difunta Marina era Paco, que usó a Eva para poder conseguir que Marina se fijara en él. A Marina le gustaban cada vez menos las actitudes maquiavélicas de Paco que, a simple vista, nos puede parecer un personaje sin demasiada importancia, pero que esconde varias personalidades que nos pueden distraer con facilidad. Paco es quien recibe los encargos directos que ejecuta Alfredo en contadas ocasiones. Paco siguió viéndose con Marina en contadas ocasiones después de abandonar a Eva. Eva y Alfredo planearon el asesinato de Marina en un hostal de mala muerte sin contar con Paco. Paco no comprende nada y se enfada.

Asesina 931: Nunca consigue lo que se propone y siempre se propone lo que consigue. Aparca su Arosa desastrosamente, tarda mucho. Le gusta destrozar familias.

Eva era gótica y estudiaba música. Fue Paco quien la animó a estudiar piano, para así poder estar todos los días juntos en el bar del conservatorio donde trabajaba Paco. Poco a poco Eva fue desmenuzando frente a Paco todas sus miserias y deseos, sus desviaciones y sus dudas, las que a Paco en un primer momento no disgustaron en absoluto. Eva fue deformándose de tantas palizas de Paco, operándose y deformándose aún más, y a Paco no le disgustaba el aspecto de Eva, ni muchísimo menos, pero la cosa estaba tomando demasiados tintes enfermizos, no eran los tintes enfermizos de Paco, y Paco dejó de trabajar en el conservatorio para dejar de ver tan asiduamente a la enferma Eva, para alistarse a la mili, o dicho de otro modo, para trabajar en una gasolinera en las afueras del pueblo. Eva ya no era Eva, y eso a Paco no le gustaba en absoluto. Marina nunca creyó nada de lo que Paco le aseguraba. Ahora Paco quiere cobrarse todo de una vez, está muy desquiciado, como nunca.

Jefe 7893: Es un jefe rojo y muy delgado, con una solemnísima barba. Toca la guitarra y le gusta vestir con chaqueta, no demasiado planchada ni demasiado arrugada.

Estaba harta de tanto Chopin y tanta Balada. Eva era aficionada a los incendios, así que, después de quemar el conservatorio, se vengaría de Paco, probablemente quemándolo vivo en la su gasolinera. Alfredo necesitaba de los favores de Eva sin la su Marina, así que le confesó que Paco nunca se alistó al servicio militar, a lo que Eva le contestó escupiéndole rabiosa y follándolo como nunca. Alfredo no es violento. Se limpió con una servilleta la saliva y las lágrimas mientras Eva se vestía y se marchaba histérica con un solemne portazo. Alfredo llama a Gómez muy nervioso.

Luismi 9136: Es un personaje hecho a base de frases hechas, alguien que cree que existe mucho, pero que no existe ni a la de tres. Le gustan las fiestas en la Torre de San Telmo.

Gómez estaba en el balneario celebrando el festival a su manera. Rodeado de nenas de la zona de Pedregalejo se sentía muy bien nuestro amigo Gómez despejado de tanta inseguridad, arreando a la guitarra acordes y más acordes para que las niñas cantaran bordeando el infinito y la luna con sus miradas torpes e inseguras y a la vez decididas y delicadas. En mitad de una versión libre de Tabletom suena el teléfono de Gómez. Alfredo desquiciadísimo, a juzgar por su voz, desencajado lo mismo que un Mondrian hipercúbico:
– Pues hoy me ha funcionado mal con la Eva no sé…
– ¿A qué te refieres? Si se te iba muy bien…
– No sí, pero es que hoy me ha marchado escupiendo y golosa, sin explicaciones…
– ¿Pero qué has hecho? ¿No te animaste lo suficiente?
– Hablamos de Paco, de sus gatos, de los mejillones al vapor…
Estaba claro. Gómez aparcó en la playa a todas sus patinadoras de la luna y arrancó su Arosa en busca de Eva, preocupado por nada. Paco lo saca del coche sin mediar palabra y le corta la yugular mientras resuenan carcajadas las de Paco rabioso de placer manchadas de sangre por toda la calle solitaria.

Carlos 69832: Tiene gafas enormes y una barba con trozos de puchero del mediodía que le llegan a la entrepierna. Muy amante de los verdiales, se enamoró y lo perdió todo en un casino. Incoherente.

Eva se apresura para asistir al estreno de Alfredo, versión libre del retablillo de Don Cristóbal protagonizado por Claudia en el Picasso, el colegio donde todos echaron los dientes. Los profesores, preparando los bocadillos, las Coca Colas, y allí no aparecía nadie. Eva se pone un poco histérica y le dan ganas de ir al servicio. En los servicios, Claudia, embadurnándose en brillantina y fumando, algo nerviosa:
– Te veo atacada nena. ¿Acaso es tu primera vez o qué? –pregunta Eva desafiante.
– …and I feel them drown my name so easy to know and forget with this kiss… –canturrea Claudia en susurros como si no fuese con ella, mientras fuma un cigarro de maría.
Eva le arrea un solemne tortazo que hace que el cigarro caiga al suelo. Claudia lagrimea sin comprender y Eva es absorbida por los encantos del cuerpo de Claudia, tan tímido y tan llorón, tan sensible, que comienza a ganar terreno. Eva susurra déjame estúpida, pero ya no puede contenerse ni a las falsas lágrimas de Claudia, ni a esa sonrisa maquiavélica invitándola a hacer todo. Claudia deja caer su falda. En los servicios del colegio comienzan a sonar dos hembras en mitad de una fiebre indescriptible, cualquier cosa. Comienzan a llegar los demás protagonistas.

Jefe 67: Viste de cadenas, cuero y poco más. Vive en la calle y no le gusta que lo miren. Acostumbra a interpretarlo todo mal y a cobrárselo todo por adelantado y sin más. Roba coches y viola siempre que necesita sexo con total naturalidad.

Eva quiere cobrárselo todo. Después de volver a follar con Alfredo, comenta la posibilidad de un nuevo objetivo: matar a Paco. Alfredo y Eva se vuelven a follar mutuamente y se perfilan como los verdaderos culpables de toda esta trama estúpida.
Paco llama a Eva sin lógica alguna. Eva escucha a un Paco que desea fervorosamente invitarla a cenar, que hace demasiado tiempo que no se ven y que quiere saber de ella, que sólo como amigos y que no piense demasiado. Eva, en mitad de sus cegados sentimientos, acepta temblorosa y entusiasmada lo mismo que cuando con quince años en la fiesta del día de Andalucía. Alfredo se enfada por primera vez.

Virgilio 9321: Es director del colegio y se entusiasma con los teatrillos de los antiguos alumnos. Es feliz con una Coca Cola y poco más.

Alfredo histérico se instala donde vivía el pobre Virgilio, quiere observar con detenimiento todos los movimientos de Eva que no está del todo contenta con la mudanza de su novio pero acepta el desafío. Paco prepara una noche inolvidable para la su Eva en su modesto alquiler: música de Chopin, velitas, comida italiana, champán francés… todo preparado para que Eva no pueda negársele a nada. Claudia limpia la cocina de La Habana recordando todos los milímetros del cuerpo de Eva, que está ansiosa eligiendo ropa para la su noche con Paco.
Es una noche hermosa, estrellada. Paco abre la puerta a la su Eva, muy decidido, elegante y sin discordias. Viste camisa negra, pantalón vaquero oscuro, chaqueta clara no del todo planchada, y barba de tres días. Eva, enfundada en un sinuoso y sencillo vestido con líneas verdes y naranjas, dejando adivinar todos sus encantos con facilidad. Suena Chopin y un Rivera del Duero que deja caer Paco en la copa de Eva, suavemente, sin miedo a romper esa armonía arpegiada tan delicada que es la Balada de Chopin escupida por Ángel Sanzo. Suena el teléfono de Eva rompiéndolo todo. Claudia la necesita urgentemente, no se sabe aún por qué motivos, pero Eva se ve con la necesidad de ir en busca de Claudia, de aparcar su cena con Paco, Alfredo bajo las faldas de Claudia, la boca húmeda de tan irremediable situación. Claudia gime como una cerda.

Mawi 67902: Es la serpiente de Claudia. Inquieta y venenosa.

El balneario estaba siendo derruido poco a poco y como quien no quiere la cosa, para evitar posibles contra ataques. Las pocas casas de los alrededores pasarían a formar parte de un importante complejo comercial que planificaban los ayuntamientos más cercanos con total entusiasmo y sin la menor idea. Mientras Paco toma una fresca sangría de uvas y pera, calmado, mirando la playa, despidiéndose de su balneario donde divisa la farola como desde ningún otro punto, donde más de una vez atrapado por Marina Paco vestido de militar, se duerme, y sueña cosas extrañas, el camión de basuras triturando gentes.
Eva llama al timbre de Claudia nerviosísima. Alfredo le abre:
– ¡Sos un dulce! –exclama Eva derretida en mitad de una película de amor, en mitad del amor de Alfredo, Claudia tras Alfredo desnuda, Mawi, en mitad de su estómago.
Mawi se apresura a enlazarse entre las piernas de Alfredo, Claudia besa mimosa todo el cuerpo de Eva muy profundamente. Mawi se lanza a la cara de Alfredo, descuidado, a devorar su mirada sin avisar. Eva se desprende de esta escena tan patética y prepara unos huevos fritos. Claudia regresa al estómago de la su ama cubierta de sangres y feliz de cumplir los deseos de la su Eva. Se vuelven a besar. Eva desliza la su mirada por todos los encantos de Claudia manchados con la mirada de Alfredo. Al fondo, los gritos de Alfredo sin la su mirada. Más al fondo, Mawi satisfecha.

Alfredo 770: Perdió la su mirada intentando una versión libre del retablillo de Don Cristóbal.

Luismi era médico de la seguridad social y dirigía un coro de voces mixtas en sus ratos libres. Era muy anarca y no gustaba de hacer caso a los demás. Fue el encargado de poner música a todas las obras de teatro de Alfredo, que cada vez más odiaba la música de Luismi. Poco a poco fueron discutiendo una tarde acerca de una misa representada por los propios integrantes del coro, que Alfredo caliente como nunca sacó su pistola y mató a todos en un único disparo. La sala de ensayos se convirtió aquella tarde y para siempre en uno de los Goyas más expresionistas jamás contemplados por el joven Alfredo, que riéndose cerraba la puerta y se dirigía a La Habana a tomar algo con el grupillo de teatro.
Eva y Claudia comían huevos fritos cuando Luismi pegó a la puerta muy enfadado.
– Alfredo me ha dejado sin coro –escupía furioso y con la mirada perdida en un cuadro familiar.
– No te preocupes, nosotras podemos, tranquilo –dice Claudia mientras mastica con vicio mirando a la su Eva.
Paco no puede evitar el llanto y se tira por la ventana en mitad de la pena. Paco necesitaba vengarse con demasiada urgencia y no lo consiguió.

Coro mixto 835: Es un coro de personas mayores que dedican su tiempo a rescatar música del repertorio barroco. Todos son jubilados y jubiladas con mucho entusiasmo por la música, cegados por completo. Son utilizados vilmente por Luismi.

Alfredo no podía con Domingo, que aprovechaba cualquier descuido para irse a los servicios a enchufarse un latigazo.
Intentaba el pobre Domingo mantener el tipo sin demasiado ridículo. Era nobletón como quizá Antonio, pero juntos eran dos verdaderos hijos de puta despreciables y sin ningún interés. Antonio estaba perdido en el grupo de teatro de Alfredo sin comprender demasiado nada, gustaba de la buena música y la buena literatura y poco más, un ser totalmente desociabilizado por completo anclado en los recuerdos del instituto:
– Mira primo éste, ahí va otra vez –despreciaba Alfredo.
– Si no puede vivir sin su música mal peinada. Déjalo él sabrá. Apenas me ha saludado cuando ya le estaba sangrando la mirada –apuntaba Antonio con cierto desprecio mal educado.
– Por mí como si lo atropella un tren o se lo traga un camión de basura.
– ¡Habla el tren! –anuncia Alfredo.
– ¿Qué dice el tren? –pregunta a gritos Antonio en mitad de una nube de humo de tabaco francés.
– El tren dice que lo trituren lo mismo que a un puñado de basura. ¡Habla la basura! –ríe Alfredo con sadismo.
– ¿Qué dice la basura? –Antonio subido a un púlpito.
– La basura no quiere que Domingo esté revoloteando entre su mierda. ¡Habla la mierda! –Antonio más fuerte aún, escupiendo la cerveza de la risa.
– ¿Qué dice la mierda?
– La mierda está obsesa en su camión. ¡Habla el camión! –Alfredo a grito pelado, centro de miradas en La Habana.
– ¿Qué dice el camión?
– El camión tampoco soporta la presencia de Domingo. ¿Qué dice Domingo?- Antonio bajando la voz.
– ¡Que lo atropelle un tren!
Así horas y horas hasta volver a Domingo y triturarlo de nuevo sin compasión Alfredo y Antonio, mientras la clientela sin dar crédito una noche tras otra a todo lo que allí sucedía entorno al último día de la semana. Domingo en los lavabos poniéndolo todo perdido de sangre. Y entre la clientela, Marina.

Jefe 412: Es naranja y básico: come, duerme, folla, y entrena. Su vida son esos cuatro términos. Le encanta asustar a la juventud con su manera de pensar y su enorme barriga.

Marina estudiaba filología hispánica y follaba muchísimo por aquella época, era ninfómana. Verónica era compañera de clase de Marina, joven argentina que también se follaba todo lo que se movía menos a Antonio, que quedó traumatizado desde entonces sin comprender por qué la joven no lo usaba como a los demás. Alfredo se quedó mirando a Marina desconsolado, buscando la manera, cómo provocar una casualidad sin que se notara demasiado. Antonio reía y reía compulsivamente para llamar la atención de Verónica, que reflejaba en aquellas carcajadas los desequilibrios de un antiguo novio, lo que imposibilitó totalmente cualquier afair entre Antonio y esta joven argentina con ganas de volar y tocar el saxofón como en los cuentos de Cortázar.
Marina era una cosa bastante complicada. No terminaba de decidir el por qué y el cómo de nada, estaba siempre enlazada a una idea que nunca terminaba de matar, mucha risa y labios carnosos muy pintados que mareaban, perdida, hasta que se encontró a Fernando.

Fernando 7: Cándido y con problemas de vértigo, pasa los días charlando con Francisco -su amigo invisible- y U2 a toda pastilla.

Fernando es de origen patagónico. Junto a Alfredo y Antonio eran los tres pilares del grupo de teatro del colegio. Fernando no podía vivir sin sus discos de U2, motivo por el que abandonaron La Habana con Marina y Verónica para tomar copas en casa de Fernando con los vídeos de U2 que le renueven el alma. En La Habana estalla una bomba.

Israel 299: El otro amigo invisible de Fernando.

Eva no calculó nada bien y voló por los aires todo menos su objetivo. Eva se lanza a los brazos de la su Claudia desconsolada. Fernando en la su casa mira el telediario con asombro. Francisco e Israel felices brindando con el Macallan veinticinco años que Fernando guarda para ocasiones especiales. Marina haciéndole una manola a Alfredo sin comprender demasiado. Antonio follándose una puta callejera con media risa en la cara. El vértigo les había salvado la vida. Fernando arranca el coche emocionado y se estrella contra un edificio negro gritando las canciones de U2. Mawi se detiene en el ombligo de Claudia.
Nadie asistió al funeral de Domingo. Carlos toca la guitarra con mucho sentimiento mientras el coro canta a Monteverdi muy rocieramente.

Jefe 590000: De joven fue torero y pianista. Se pasa el día liando y ordenando, como cualquier líder de masas.

Manzanita había muerto y con él se había muerto también un trozo de Israel. Francisco e Israel están instalados en casa de Claudia, cerca del nuevo supermercado. Eva se pone a practicar en el piano de Claudia, que llora con las armonías de Chopin, le llegan muy al fondo. Eva llora que ya no es como antes, que Chopin ya no suena igual sin el calor de su Paco. Claudia aparta la silla del piano y se sube a la entrepierna de Eva húmeda como nunca. Eva aprovecha el estado vulnerable de Claudia y la acaricia con mucho cariño para confesarle que le han ofrecido trabajo como pianista en Nápoles. Eva promete volver entre besos y más besos, a lo que Claudia responde con un solemne tortazo y un par de grietas húmedas que nacen de la su mirada perdida de dolor y silencio contenido. Claudia se viste y se marcha a la playa en mitad de la noche. En la playa, Francisco e Israel nadando. En la arena iluminado por la luna Carlos con la su guitarra y una grieta en el alma.
Claudia quería recortar la enorme barba de pucheros de Carlos, que sonreía con un mal aspecto espeluznante, mirando cómo los amigos invisibles de Fernando, lo poco que quedaba de Fernando ya, provocaban a una bella recién nacida. Claudia se desnuda desafiante pero a Carlos ya poco efecto le producen los encantos de Claudia en mitad de la playa vacía, mientras termina un tinto de verano y continúa su repertorio para su público invisible, sus miles de franciscos e israeles gritando emocionados en un enorme silencio que se acumula sin pedir permiso en el alma de Carlos que arranca su coche en dirección al casino del Málaga Palacio para gastárselo todo. Claudia se enfunda en su pareo medio enfadada con un gesto melancólico y ríe como loca ahora con un amigo nuevo de la facultad en la barra del balneario. Ni Eva ni Carlos ni nadie hace mella en el alma de Claudia, que enrolla orgullosa a Mawi en la su cintura y deja caer su pareo para provocar al nuevo amigo de la facultad, que atragantándose de tanta provocación recibe un beso de Claudia que le marea ya de por vida. Claudia sube encima del estudiante sin permiso y sin consuelo.

Marina 15: Es tímida y morena, de pelo largo y muy jamona. Es hermana del policía de barrio que murió a cuchillazos en manos de Paco.

Verónica está altamente privilegiada con todas las sus dudas y con todos los sus tabacos franceses. Está en el bar de la facu con Marina desafiando a toda la barra con gestos y miradas mientras sorbe café y clava esa serpiente de humo que sale de la su taza para calmar el frío de aquellos días en mitad de todas sus ideas fríamente calculadas. A Verónica se le antoja robar en unos grandes almacenes, mejor aún, molestar en unos grandes almacenes. Marina se ríe por no llorar y echa otro sobrecito de azúcar en su zumo de naranja natural. Verónica llama a Estefanía y a Rocío, las otras dos camareras de la barra de la facu, para organizar el plan entre las tres que entre risas y medio excitadas. Marina mientras gime con Alfredo por teléfono cansada ya de tanto amor y de tanto todo.
Enfundadas de cuero ya van las cuatro al corte inglés a jugar un poco con la realidad, a tambalear las estrategias de seguridad impuestas por los empleados de grandes capitalistas que no encuentran ya sabor en absolutamente nada, ya juguetean y ponen en alerta a un par de empleados en la planta de cosmética a los que sonríen picaronas mientras se pintan los labios y los llevan de la mano a los servicios de señora a comprobar que todo es posible al ritmo del hilo musical de la planta dos. Los dos empleados fuera de juego. Uno de ellos, Carlos. El otro, Luismi. Una vez perdido todo, y después de una larga temporada tocando por todos los hoteles de la costa, Carlos decidió encontrar la tranquilidad como seguridad del corte inglés por mediación de unas amistades extrañas de Luismi, que continúa con su coro de jubilados para no perder mano en esos terrenos del cante barroco que tanto le gustan. Más allá de la lógica, Luismi se lanza a la mirada de Carlos y la arranca a tiras sin explicación. La guitarra de Carlos ensangrentada, Luismi con una indescriptible sonrisa manchada de sangre. Las cuatro hembras se arreglan los pelos y engominan su cuerpo en brillantina mientras salen pitando de los servicios hacia la puerta giratoria gritando enloquecidas de satisfacción la canción del hilo musical de la planta baja. Rocío recibe una llamada de little Rocío en mitad de la carrera:
– Esta noche estoy gótica suplántame -aclara little Rocío con insultante decisión.
– Yo me siento sucia así que déjate –Rocío maliciosamente.
– ¿Y a mí qué? –desafía little Rocío haciéndose cortes en las piernas con el cuchillo de cocina.
– ¡Que te follen!
– ¡Puta!
Ambas cuelgan el teléfono en mitad de un odio que posteriormente se convertiría en deseo y Luismi es interrogado por Gómez en mitad de una impresionante paliza. Little Rocío se limpia la sangre, se enfunda en su chaqueta roja, y se presenta en el Road House sin avisar a nadie. En el Road House Claudia con su nuevo novio. Muy al fondo Verónica besándose con la su Marina. En los servicios Rockberto zampándose un puchero. Casi todo estaba ya deshecho por aquella época o todo estaba por hacer. Una guitarra eléctrica ruge desesperada en mitad de un tema de Tabletom.

Europa 3: Es una niñata americana que persigue que la pisoteen.

Sa se entra en el Road House deshecha sin comprender demasiado el idilio entre Verónica y Marina. Decepcionada por completo saca encendida a bailar a Claudia muy sugerentemente mientras el nuevo novio de Claudia sangrando por la nariz en los servicios sin comprender demasiado gasta la poca batería del móvil pidiendo auxilio desesperado a sus antiguos compañeros de instituto, Rockberto tumbado en el sofá de la escalera fumando un cigarro de maría.
Sa es bailarina profesional del atrezzo discotequero y lo sabe. También sabe que anda perdidamente enamorada de Verónica, pero procura no saberlo demasiado. Es pelirroja y muy hermosa y a Verónica le pone muchísimo. De actitudes poco comprensibles Sa intenta despejar razonamientos y dejarse llevar por los instintos sin conseguir demasiados resultados a favor. Para Verónica Sa es la compañera española en el curso de hip hop en Cuba y poco más pero Sa es profesional del hip hop y en sus ratos libres realiza las coreografías en diversos programas de televisión de máxima audiencia, por lo que Sa y Verónica llegan a intimar y a darse el lote más de una noche con total desenfreno y sin ningún miedo a equivocarse. Claudia no comprende demasiado y comienza a mordisquear el delgado cuello de Sa muy amorosamente. Claudia y Sa anteriormente compartieron de todo a parte de sus cuerpos, incluso a Randy, cubano que intenta hacer creer a todo el mundo lo que sabe perfectamente que no. Ahora Verónica se abalanza rabiosa al cuello de Claudia y le arranca un mordisco que escupe a la mirada empapada de Sa. La placa de Gómez irrumpe en el Road House.

Rockberto 543: Es el líder de una banda de rock malagueña muy anarcoide. Bajito y con un millón de caracoles canosos alrededor de la comisura de los labios, le encanta comer pescaito frito en La Campana y a cualquier hora del día.

Verónica y Sa follan endiabladas en la tranquilidad de un hostal de mala muerte, perdidas en los misteriosos jugos que esconden sus pecaminosos cuerpos, perdidas entre alguna mirada llena de nostalgia, cuando Verónica recibe una nueva llamada inesperada de Gómez, que se viste furiosa, y arranca en dirección a la comisaría. En comisaría Claudia deshecha de tanto amor, con el mordisco de Verónica clavado en el alma, brillando. Claudia emprende un viaje perverso por las pupilas de Verónica que es hipnotizada por primera vez de un modo completo y sin hilachos de situaciones que nos puedan conducir a falsas conclusiones. Los cuerpos de Claudia y Verónica se apresuran encendidos hasta el mismo coche de Claudia que se follan desesperados intentando encontrar desprendidos una explicación lógica a sus vidas. Pasa un desfile procesional y a Claudia todo le parece inoportuno, muerde con la mirada el húmedo labio inferior de Verónica, y propone en susurros marchar juntas a las islas París, encontrar nuevos motivos que alimenten sus crudas existencias, Carlos en La Habana esperando para siempre a la su Claudia. Marina y Eva redoblando en mitad de la procesión.

Juan 444: El último novio de Claudia. Murió desangrado en los servicios del Road House.

En la barra de la facu Marina sola rodeada de mil personas, mientras Estefanía prepara con mucho cariño un café bombón que la anime. Marina, que ha probado los encantos de Paco y no sabe cómo hacérselo saber a Eva sin demasiados entusiasmos que puedan herir su sensibilidad, recibe una inocente mirada de Estefanía que acariciando el gesto de Marina. Dejando caer una leve sonrisa frente a los sugerentes ojos de Estefanía Marina toma la su mano de hasta sacarla de la barra levemente excitada por la situación. Las dos hembras se miran hipócritamente avergonzadas, muy lentamente, se acercan tímidas la una a la otra, como si quisieran cazarse mutuamente, que medio inconscientes en mitad del falso engaño, que se lamen de amor las bocas con una ternura desenfadada que hace que en el bar de la facu se arme un revuelo silencioso entre los estudiantes y las miradas que intentan no hacer demasiado caso al espectáculo por miedo al qué dirán, por miedo a perder el control que entre unos y otros se procuran y se hace más fuerte cada vez más a medida que el amor entre Marina y Estefanía crece y se hace más profundo. Estefanía excitadísima aparta sonrojada con una pícara sonrisa a la su amada y en mitad de un cómplice abrazo pide permiso con un guiño a Rocío para ausentarse, mientras se quita el delantal y toma de la mano a Marina, que clava sin concesiones la mirada en su escote mientras se dirigen a un pequeño parque en las afueras para hacerse el amor por completo hasta el final. El sol acaricia sus cuerpos cuando suena el móvil de Marina, Paco quiere repetir. Estefanía adivina en la mirada de Marina un nerviosismo desconocido mientras le comenta lo sucedido con Paco. Marina está perdida e interrumpe un beso de Estefanía, que sin comprender nada queda destrozada en mitad del amor, en mitad del parque ya más desnuda que nunca. Marina se viste colmada ya de remordimientos, se aprieta las tetas, y arranca en dirección al conservatorio para esperar a Eva. Mientras espera no puede evitar tomar otro bombón en el bar de Paco que, pensando que Marina ha ido a visitarle con la excusa de ver a la su amiga, le propina un beso en mitad de alumnos y profesores que Marina acepta en un primer momento sin desvelos, aunque con demasiados remordimientos quizá, tantos, que lo escupe en mitad del éxtasis de Paco, mientras explica entre gritos de silencio y susurros locos todo lo sucedido, un poco alterada, sin poder ya dar una dirección única a todos sus sentimientos. Paco no comprende nada y se echa a reír con la mirada mientras se mete en la cocina a preparar una tortilla de patatas canturreando el éxito que suena en la radio. Eva llega asqueada de su clase de armonía, cargada de leyes acústicas. Paco sale de la cocina para animar a besos las clases a su amada mientras Marina disimula removiendo su bombón. Marina no puede más y se echa a llorar desquiciada mientras se marcha corriendo por los pasillos del conservatorio en mitad de un dolor y una furia que no duele. Eva tras Marina sin comprender nada, Paco troceando la tortilla de patatas canturreando éxitos.
Little Rocío llega al bar de la facu manchada de sangre para sustituir a Estefanía y Rocío llama a Jose para cancelar su sesión de fotos, el bar de la facu está a tope y no puede dejar sola a little con tanto mocoso. Jose es fotógrafo profesional, novio de Rocío, que no recibe de buen grado la noticia y se dirige enfadado a la playa a fotografiar la inmensa luna llena de aquella noche. En la playa solitaria Sa desnuda dejando que la noche y la luz de las estrellas envuelvan todo su cuerpo aún mojado por el mar. Jose toma fotografías sin pedir permiso mientras Sa se masturba por la provocadora situación. Sa y Jose se acercan y se proyectan cada vez más hasta hacerse el amor en mitad de la orilla, en mitad de la noche y el mar. Jose y Sa mueren ahogados en mitad del éxtasis, devorados por el misterioso encanto del solsticio de verano. Suena un leve verdial a lo lejos.

Jefe 472: Es de color oscuro y con una enorme lengua viperina. Tiene enormes manchas de color verde por todo el cuerpo y siempre va desnudo. Le interesa sobre todo la sangre fresca, le provoca placer resecarla sobre sí mismo. Le encanta la tortilla de patatas.

Las islas París estaban muy solas y Claudia devora a Mawi en un ataque de celos en mitad de la ira en mitad de la noche y el entusiasmo. Masticando la resbaladiza textura que es el húmedo cuerpo de Mawi que dentro ya del estómago de Claudia, decide matarla antes de morir. Claudia muere por una extraña intoxicación que nadie conoce, lenta y dulce. Verónica arranca una risa incomprensible y manda un mensaje a Ali, su antigua novia del instituto, pero Ali está ocupada. Ali es operadora en el aeropuerto de las islas París y no puede perder ni un segundo. Verónica y Ali tocaban en la panda de verdiales del instituto y es así como comenzaron su amor. Cuando Ali tocaba el violín tenía verdiales en los ojos y a Verónica se le caían las lágrimas. La boca de Ali era una absoluta provocación diaria que Verónica no pudo dejar pasar inadvertida en los años de instituto en los que confundían sus cuerpos en los servicios, sus bocas, cuando el director las interrumpía para masturbarse en el silencio y complicidad de todo un sistema corrupto que en el pueblo por aquellos años era como la merienda dominguera. Luego se vestían y se bañaban en champán francés en cualquier parque solitario. Ali tenía la velocidad acumulada en su mirada y era el motivo por el que a todos les atraía su enorme fuerza centrífuga que no era otra que la de tragarse a sí misma en cualquier circunstancia, relamerse los labios y dejar brillar todo el vicio que corría por sus venas. Ali estaba cansada de operar en un aeropuerto cercano a las islas París o tocar el piano sin ganas en Málaga, así que decidió dedicarse al diseño capilar y a coleccionar corazones de hombres y mujeres. Todas sus parejas se suicidaron mientras ella daba brillo a las gominas y despeinaba matrimonios sin ton ni son. Ali se cansó de escribir poesía barata y a destajo, necesitaba otras formas de liquidar sus horas sin demasiada pausa ni demasiada prisa, tenía fobia a la nada y eso le preocupaba y le ponía nerviosa por lo que se compró una enorme moto roja y se lanzó al vacío sin avisar a nadie, para morir atada a la su moto roja, descapotable, llorando ahogada en el fondo de las islas París, clavada en una inmensa torre gótica muy fina y bien iluminada.

Reacción 15: Es la sensación que provocan las mujeres que tienen la mirada perdida entre la costumbre y el desorden histórico. Es mucho más que simple inconformismo.

Todo venía a cuento por culpa de la mirada de Claudia. La mirada de Claudia era cada vez más azul y más transparente, hasta que hizo confundir a todo el mundo. La melena de Claudia, la dulce melena despeinada de la aquella carcajada, el cigarro de chocolate, o las vísperas navideñas y la acampada en verano hicieron de Claudia una caja de zapatos italianos, pero su mirada -la mirada despeinada de Claudia- no puede adornarse de actualidad, no puede el alma de Claudia un desayuno con bacon y huevos fritos superficial y estúpido, pegada al estómago familiar que todo lo traga. Claudia cree que puede pasar desapercibida por todos estos lugares, incluso dando de comer de su entrepierna a los desempleados de alguna fábrica. Claudia olvida que nació en la orilla de la playa, engendrada por el sol, la luna y el mar. La mirada azul y transparente de la perra Claudia, ya sin ganas de Málaga.

La luz se deshizo en pequeños cristalillos azules que caían de no se sabe muy bien dónde. La humanidad fue desarrollándose volviendo hasta la más cruda de las estupideces, desapareciendo sin dejar ni una sola estela de aquella luz azul, donde todo comenzó alguna vez, o acaso el humo azul de un cigarrillo sujetado por los húmedos y ansiosos labios de alguna mujer hermosa, atrapada por el deseo.

El humo de las pipas

Teníamos previsto que Enrique no se enterara de nada. Nadie quería que Enrique se preocupara demasiado y era por lo que todos disimulábamos y procurábamos que nuestra sonrisa no quedara enmarcada en una demasiada hipócrita preocupación. Nos mirábamos unos a otros, nos dábamos codazos. Nos llamábamos por teléfono. Hacíamos guardias. Enrique seguía sin saber exactamente nada absolutamente. Crecía una preocupación que dilataba a cada segundo el alma de Enrique, que con tanta felicidad, cada vez más preocupado, algo raro notaba entre todos nosotros que aún no alcanzaba a descifrar. Laura decide envolver a Enrique en una sábana, Helena perdida en sangre y vicio, se abrazan, se besan, y se hacen el amor en los servicios del hospital procurando el silencio, los enfermos duermen y los médicos juegan al Trivial. Gómez gastando discos de Calamaro y paquetes de Novel al borde de un precipicio en los acantilados de Maro, al borde de la luna llena. Gustavo enterrado en la playa por un grupo de jovencitas que juegan con su profesor de literatura al escondite. Nadie distinguía bien la realidad, quizá sólo Enrique, que ya nunca más podría observar el dulce cuerpo de las sus compañeras de hospital, el dulce cuerpo de las sus enfermas, el dulce cuerpo de las sus pintas de Guinness en la su cervecería preferida. Laura decide llamar a Gómez como siempre para compartir el peso de sus caprichosos inconformismos, bajo el sucio y sinuoso cuerpo de Helena que intenta entretenerla con sus encantos manchados de sangre y jugo de cerezas desgarrando las sus ropas bajo el chorro de agua del baño que empapadas de sangre y lágrimas. Pero Laura está ansiosa, y necesita hablar con Gómez, que pega un volantazo y vuelve para ver a la su Laura, perdida entre la sangre y el llanto. Helena se viste furiosa y se acerca a la playa, rescata con talento a Gustavo de las jóvenes escritoras en ciernes y lo invita a un champán francés frente a los acantilados de Maro, frente a una luna llena envidiable, pero el idilio de Gustavo es interrumpido por una llamada desesperada de Sergio, que acaba de salir de trabajar y aún tiene ganas de marcha. Los tres jóvenes cuerpos ya destrozados de tanta realidad se dirigen al centro de la ciudad a procurar olvidar por todos los medios lo sucedido. Cinco botellas de oporto se encargan de envolver a estos tres individuos de odio y asco, pena y dolor, el cuerpo de Enrique aún en el maletero del coche de los padres de Helena. Sergio ríe a carcajadas descontroladamente y besa endiablado a Helena que lo acepta ya por efectos de sueño, Gustavo decide pedir una última copa de oporto y entretenerse gastando la última botella mientras dura el pequeño idilio que a la sombra de las mesas de madera y el olor a alcohol de estos dos jóvenes cuerpos intelectuales, a la sombra del cansancio etílico de Gustavo. Laura llora furiosa y Gómez no sabe ya bien cómo tranquilizarla, se le escapa de las manos, está demasiado perdidamente enamorado de ella y ya no puede hacer nada para olvidar sus recuerdos, quizá ya son demasiados los recuerdos con Laura. Sus estudios de psiquiatría de nada le sirven frente a los encantos de Laura frente a los ataques de los encantos de Laura. Ya en la cena, Laura le informa a Gómez de lo sucedido en el hospital a lo que Gómez responde tomando carrerilla y lanzándose por la ventana sin pensarlo iluminado por la luna llena. Laura queda prendida del balcón llorando la muerte de Gómez cuando suena su móvil, Helena la invita a pasear por el puerto sin ningún tipo de compromiso formal. Paseando cerca de la farola -el paseo lleno de gentes con lamentables aspectos funerarios- paran en una vieja tasca y toman un par de tapas de ensaladilla rusa con sendas cervezas hirviendo, era una noche caliente como ninguna, las neveras dejaron de funcionar. Pasaban mientras filas de ambulancias una tras otra con ancianos fallecidos del excesivo calor, Helena sonríe picarona y sorbe lentamente una lágrima de sudor que juguetea en los finos labios de la cada vez más acalorada Laura, frente a la oficina del paro una enorme cola de jóvenes que mezclados entre el sudor y las lágrimas seguían sin poder dar rienda suelta a su imaginación, los tiempos habían cambiado y se habían vuelto aún más difíciles, sólo quedaba la práctica descontrolada del sexo. Cayeron un par de gotas del cielo cuando el cuerpo de Enrique comenzó a oler, los padres de Helena en las ferias del pueblo, Helena perdida en la entrepierna de la su prima recordando los juegos de juventud y el descubrimiento de la sexualidad en las aquellas nostálgicas tardes de monótono calor y excesivo aburrimiento en el pueblo, cuando todavía los dedos de Helena acariciaban el sencillo cuerpo de Laura sin miedo a pensar demasiadas cosas. Al otro día se celebró el funeral de Gómez, lleno de gentes dispares, nadie se conocía. Helena recibió el pésame de una alumna de Gustavo sin comprender muy bien, cuando el sol se puso azul y la gente se difuminó y olvidó todo en sus casas, recalentando pucheros y riendo con la televisión, ya sin perfumes ni el humo de las pipas. Gustavo nadaba en la playa.

Entreguerras

Era una justificación poco concreta pero bastante válida, mientras acomodaba un pequeño trozo de pan con mortadela y coca cola en su alma, mientras sus ojos llenos de ilusiones se humedecían de felicidad en mitad de la lumbre, en mitad de la noche. De todo lo que ya se había oído con anterioridad destacaba únicamente la discreta forma de entonar del público de la aquella rubia rechoncha que repintada de rojo, ahogada en bocadillos de mortadela y cervezas españolas. La aquella joven necesitaba hinchar su cuerpo para dar un mayor aspecto de profunda despreocupación y consecuente profundo misterio ante el público que le tocaba aquella noche. El enano igual que un silbato pisoteado se quita la correa, se enrojece y grita un hora de almorzar parecido a un simple los bocadillos. La muchedumbre se amontona sola en el fuego entre envoltorios de aluminio, latas de cerveza y guitarras sordas, encendiendo multitud de móviles que gritaban nuevos mensajes y avisos desesperados, compromisos, y amores imposibles. Cantaban canciones desafinadas, el cielo oscuro estaba precioso mientras ocurría todo aquello, pero el por qué era impropio deshacerse del grupo aún nadie lo sabe, nadie, por lo que la gorda culminó rápido sin soltar prenda para volver a la habitación a descansar de aquella tarde tan intensa, antes de que el enano volviera a gritar. Laura, mientras mordisqueaba sin ganas un trozo de apio bastante tieso, recibió una posibilidad remota por parte de Helena, pero aquello era demasiado difícil, una maniobra demasiado engañosa incluso para ella, quizá no del todo cierta, por lo que Laura expulsa sin ganas una lágrima del ojo izquierdo en busca de Eduardo, que sigue enamorado de Laura desde Mancha Real. El profesor de música empeñado en buscar el sonido azul, Eduardo, coincidió con Laura en un cursillo musical en Boston sobre cómo pasar de todo sin que tu entorno se altere demasiado o el jazz hoy, y saca su lengua para limpiar la lágrima de la su Laura muy poéticamente. La lengua endiablada de Eduardo baja en un profundo ataque de amor y se introduce astuta en la boca de la aquella triste Laura sin posibilidad, sin previo aviso, que sin contemplaciones le arrea un sonoro guantazo como principio y arranque de una lujuriosa entrega de besos descontrolados en mitad de la gente, en mitad de la noche, principio y arranque de mil comentarios cuyo centro tonal, la desesperanza emocional de Laura. Mientras Eva, la rubia inflada, que en su habitación tomándose la tensión, su novio revolcándose en mitad del fuego de Laura, ardiendo ya dentro de Laura, en mitad de la batalla que ardiendo ya en mitad de la luna del mar de por culpa del viento que resopla canciones de los beatles que de risas y llamadas perdidas envejece y rejuvenece sin orden encendido en la mitad ya de los desnudos cuerpos de Laura y Eduardo que ya se aman ya desesperados, que se mezclan ya arrugados ya de tanto antes de que se amanezca el día y la luz los delate y los haga arrepentirse de todas aquellas formas distintas de hablar bajo el agua. El enano grita encima de la gorda, la lincha con la fusta hasta el ensangrentamiento, le escupe en la cara hasta entorpecerle la mirada, pero la iluminación no es la adecuada, no es, y deciden parar en otro hostal, otro sitio cerca donde la escena dé verdadero asco. En cualquier caso el hostal de Helena huele profundamente a sudor, y no es del todo interesante estar allí más tiempo, es un asco no del todo palpable. Helena promete a Laura volver a intentarlo, pero esta vez Helena ya está un poco cansada, desconsuelo quizá, a lo que Laura le contesta con un profundo beso que hace que Helena y Laura se desparramen mareadas por las escaleras del hostal hasta la habitación de Laura, donde nos encontramos a un Eduardo sangrando en mitad de la bañera. Eduardo ha renunciado a la vida, Laura le dio demasiados disgustos, lésbicos quizá, quizá con su prima, Helena, a lo que las dos hembras responden rompiéndose las ropas a besos, cada vez más rojos, más despintados, riendo fuertemente para que todo el mundo las escuche, para que todo el mundo sepa hasta dónde llega su deshumanización, mientras llenan la bañera de leche e introducen sus cuerpos en el líquido blanco que las devora poro a poro en mitad de tan lujuriosa escena, en mitad de un champán francés. Pero al enano no le ha gustado, no, así que hay que repetir. Y se repite, tanto que la lujuria se pierde, y se pierde el encanto, y se pierde ya todo en mitad de un deseo que no existe, que ya nadie se cree porque jamás existió. Eduardo se ducha sin ganas y se acuesta, harto ya de tanto hacer el gilipollas, pero la gorda tiene ganas de marcha, y se extiende lo mismo que una enorme gelatina sobre el frágil cuerpo de Eduardo cansado. Y Eduardo le da un beso en el cuello y le muerde la oreja húmedamente, la gorda se excita, y aprovecha ese preciso momento el cansado Eduardo para susurrarle a la su gorda oporto. La gorda prepara la copa para Eduardo, y ya Eduardo le habla claro a la su gorda con la copa en la mano, sentado en la cama, con una mirada perdida en la perspectiva de un cuadro familiar, improvisada tal vez. La gorda se humilla y se extiende en la cama llorando lo mismo que una foca a punto de morir, a lo que Eduardo responde con un portazo desde fuera, el oporto sin acabar, el cuadro en el suelo. Y llama a la su Laura. Eduardo ya nervioso. Y es ya en la playa donde vuelven a necesitar entregarse sus cuerpos, donde ya deciden intercambiarse sus almas hasta el infinito, tantas veces hasta que se confundan, hasta mezclarlas y que nadie las distinga, todo a orillas de un mar poco revuelto. Gritos de gaviotas, barcos, y un faro perdido, adornan el amanecer de Eduardo y Laura, que quizá tampoco necesita ya nada, quizá Eduardo sólo su trago de oporto de por mitad de la mañana, pero esta vez prefiere no pensar demasiado, Eduardo lo acepta sin desvelos. Eva queda dormida y amanece sola en su habitación y decide no salir en todo el día, necesita estar dulce para su concierto. Pero también necesita olvidar el desdén que le ha regalado Eduardo en su aniversario, necesita tirar la basura, así que se repinta la cara de rojo como sólo ella sabe y se va al supermercado a hablar con las vecinas de la actualidad y el ocio en estados de aburrimiento, a escupir perrerías de unas y de otras sin mayor preocupación que la hora de comer. Era preferible rellenar el tiempo de mierda a desnudarlo en mitad del vacío que había dejado Eduardo, pero Eva ya no puede. El concierto fue un desastre, su público dejó de ir a verla, tarros y tarros de nocilla. Eva se encierra en casa, pierde peso, y está muy sola. Tampoco desea escuchar música, ni leer nada, porque todo está sometido a un proceso de humanización que no le atrae en absoluto, sabe que todo eso es otra vil mentira para poder beneficiarse de aquellos que todavía creen que aún es posible la salvación. Eva sabe perfectamente que este estúpido estado de gracia que se le concedió, si se le concedió alguna vez, era otra mentira que ella misma inventó y creyó, que todo el mundo creyó, y es por lo que prefiere callar, dejar pasar el tiempo sin adornos, sin gaviotas, sin barcos, sin faros que le entorpezcan la visión de la realidad que le ha tocado vivir. Mientras tanto, Eduardo continúa su idilio con Laura, que desconoce la relación de Eduardo con Eva, tampoco es algo que pueda alterar en absoluto su alma. Se conoce que Laura nunca fue mujer de amores excesivamente diplomáticos, no es una mujer excesivamente poética digámoslo así, más bien de amores fáciles, de fácil conquista, de más fácil aún consuelo en periodo de entreguerras, por lo que se deduce que a Laura la relación de Eduardo con Eva le puede producir incluso risa, incluso asco, incluso pena por Eduardo. Gómez, el portero, interrumpe el sueño de Eva con un puñado de cartas en la mano y un certificado sin firmar. Eva se levanta con un profundo asco, Gómez ha insistido demasiado esta vez, cierra de un portazo, y con el cuchillo de la cocina abre enfadada postales de navidad, gambas en oferta, y una carta donde Conde la avisa de un posible concierto en el Cacique, el bar de la esquina. Pero Eva ha quedado excesivamente delgada, no puede ponerse ante su público, y decide no aceptar la invitación. Y llama a Conde. Y Conde llama al dueño de Cacique. Y todos se ponen nerviosos, quién coño hará la gala de fin de año si no es Eva. Conde se reúne con Eva y se echa a llorar. Eva responde que no es sólo una cuestión estética. Conde grita que se deje de gilipolleces y que cante que es lo que tiene que hacer. Eva le grita que está en huelga de hambre por amor. Conde ríe a gritos. Eva comienza a romper vasos. Conde se pone nervioso y la desnuda endiablado. Eva llora mientras se deja desnudar por Conde enfurecido. La terraza deja que estos dos cuerpos divaguen desnudos en mitad de la intensa lluvia, en mitad del odio y el amor enfermizo que se profesan de vez en cuando. Eva y Conde son socios desde hace tiempo en esta estúpida empresa que montaron para rellenar su tiempo libre el uno y su alma la otra, y follan entre lágrimas y lluvia sin comprender demasiado a sus cuerpos en silencio, no importa en absoluto nada en ese momento para comprender la rutina diaria, hasta que el móvil de Conde comienza a gritar desesperado. Pau tiene ya la cena preparada. Pero Conde está ocupado arreglando una nube y no puede. Eva cariñosa pide a Conde que se quede a cenar, a lo que Conde no sabe bien qué responder, y torpemente vuelve a sacar el fin de año intentando ser cariñoso. Eva expulsa sin ganas una lágrima del ojo izquierdo y le pide a Conde que por favor se marche. Conde se desconsuela y va a casa de Sergio a contarle todo, mientras Sergio se empapa de pornografía que tiene guardada de cuando su juventud, mucho antes del pantalón de raya diplomática, y claro, no puede atenderle. Conde desconsolado se va llorando a cenar con su mujer. Laura ríe endiablada encima del diplomático Sergio lo mismo que una guarra, y es que Sergio le hace mucha gracia, es el encargado de la radio escolar donde trabaja Laura, y hace muy muy buenas imitaciones, y a Laura le encantan, todas, a Laura le gusta mucho que la hagan reír. Sergio tiene también en su cartera miles de fotos de mujeres, todas sus novias dice, y un sinfín de imitaciones que aún no han explotado en cara de Laura y claro. Es un hombre muy simpático Sergio, sólo le gusta beber vodka de marca con naranja y hablar de sexo, le gusta mucho el sexo, eso sí. Dice Sergio de sí mismo que es un guarro, a lo que la diplomática Laura le responde con una mirada sin significado que hace nacer en Sergio mil millones de preguntas que jamás se ha planteado, y revisa su tarjeta de crédito y corre a la calle a ver si llueve o ha parado. Laura tras él le dice que le mida los pechos, y Sergio nervioso se recuelga de la lamparona naranja de la aquella fiesta improvisada de navidad, el pantalón de raya diplomática mojado de zumo de naranja, Eduardo confundido con Helena en su habitación escuchando música minimalista que le ha prestado Helena mientras mira por el cristal de la ventana cómo la lluvia está intermitente, cómo que no para, aunque pare muchísimas veces. Pero Sergio es también un gran improvisador, y decide ir a casa de Eduardo y explicarle diplomáticamente lo que está haciendo Laura sin diplomacia ninguna, a lo que Eduardo le responde que Laura puede hacer lo que quiera, que ella puede hacer lo que quiera nervioso, mientras se baja el pantalón para medirse nuevamente la entrepierna muy preocupadamente. A Sergio se le enciende la mirada, le crece muy rápidamente la entrepierna, y corre al bar a por Laura, pero Laura ya se ha ido. Laura tiene muchas historias en la cabeza que aún no ha mezclado bien, demasiadas piezas para encajar, así que llena de ansiedad se compra en el super un tarro de nocilla gigante que engulle sin compasión hasta terminarlo por completo mientras llora y patalea en el silencio de la habitación de su piano. Gómez escucha todo tras la puerta, esperando que Laura le abra, pero tantos pianazos no dejan que se escuchen ni los gritos del profesional Gómez, que decide darle el correo a la joven vecina de Laura, mientras toma una copa de champán francés enlazado en el sofá del marido de la vecina de Laura, la vecina cocina muy bien. Eduardo come quicos mientras suenan los pájaros exóticos de Messiaen, le importa poco la noticia de Sergio, parece, Helena entrelazada en Eduardo con el Come out de Reich. Y mientras todos escuchaban atentos las historias de las novias todas que en la cartera de Sergio amontonadas lo mismo que una colección de sellos antiguos que en la su boca aquella noche, Laura, Lorena, María José… todas querían a Sergio, muchísimo, y no importaba el precio. Tampoco importaba que Sergio compartiera su cariño con todas, Sergio tiene un corazón tan grande que apenas notarán la diferencia. Pero Gómez se ha cansado de la cerda de la vecina de Laura y decide tirar la puerta, Laura desnuda en la bañera envuelta en nocilla, muy sonriente, y un disco de Mompou suave que suena a lo lejos. En la televisión un video de la última feria, Laura, Helena, y su hermana, bailan las canciones del verano una tras otra sin más por qué, con sus vecinas del pueblo. El pueblo se llenaba de alegría con las juveniles coreografías, con los juegos de colores, con el capricho de las futuras mamás del pueblo. Gómez vomita, Laura sale del baño llorosa y agarra fuerte a Gómez. Se oye un disparo, la vecina de Laura se ha volado los sesos. Gómez abraza a Laura sin comprender muy bien nada absolutamente, sólo sabe que tiene que abrazar. Laura le muerde un labio suavemente y comienza a poner a tono a Gómez que la aparta furioso y le pregunta que qué ha pasado exactamente con Sergio. Laura no comprende y le muerde sonriente el pantalón de raya diplomática a Gómez y suena el teléfono. Y es la policía. Sergio ha muerto en su coche escuchando el último disco de Laura. Las novias todas de Sergio lloran su muerte, se secan las lágrimas, y se follan felices unas a otras en casa de Laura. Gómez no comprende muy bien pero sigue muy abrazado a Laura. Pasan los años y se van envejeciendo los cuerpos, y Helena empieza a echar de menos a Sergio, era muy importante su presencia. El enano ríe al borde del infarto, y todos celebran el fin de semana en Almonte, vino y tortilla de patatas para todos. Helena se olvida de Sergio y entre risas levanta a besos a Eduardo de entre los vasos de plástico y lo aparta de la fiesta para hacerle el amor al borde del río, al borde ya de la noche. El enano abofetea a Eva mientras ésta sangra y ríe, y le grita y le escupe, y que o engorda o pierde el papel que se le concedió a principios de temporada. El público aplaude mientras se cierra el telón y Eva decide abandonar la función. Helena trata de hacerle ver que aún queda tiempo para calmar la situación, pero Eva ya está harta de aguantar el genio del enano y ya está harta de engordar el alma con bocadillos de mortadela y coca cola, de disfrutar de atardeceres con canciones desafinadas y fogatas, que prefiere cantar en bares como siempre, que ya no se siente imprescindible allí. El enano llora y el equipo aplaude emocionado. El compositor cierra la libreta en mitad de una emoción que aún no sabe describir, es mejor ir a cenar y no pensar demasiado.

Najila

Fali iba ya por el cuarto cigarrillo cuando nos descubrieron nuestro único destino posible, la ruina. Nos lo descubrieron los mismos que en otro momento de nuestra vida nos descubrieron nuestro otro posible destino, un destino mucho menos real, sumamente gratificante, lleno quizá de excesivas esperanzas, con la sonrisa que queda dibujada en la cara aburrida de la felicidad del adolescente arrancada de cuajo sin avisar. Los tiempos, como las cenizas que caían de nuestros cigarrillos, como el polvo que cubría nuestros papeles, como la expresión de la gente por la calle, cubiertas todas de tiempo, cubiertos de tiempo. Fali decidió encenderse un quinto cigarrillo, íbamos tranquilos en dirección a la carnicería, el pequeño establecimiento que ahora estaba alquilado por una china ni joven ni vieja, con cara de pocos amigos, estaba cerca, diez minutos, y lo mejor era no preocuparse. Nuestros únicos problemas posibles en aquellos anocheceres eran las ceñidas curvas de las vecinas de Fali, todas, vestidas ya para el solsticio de verano, las famosas fiestas de San Juan, y no había ya nada mejor que hacer, ya habíamos hablado de todo lo que tenía que hablarse, de todo lo que no tenía que hablarse, y sólo nos quedaba mirar, por la ventana se nos adivinaba la silueta de Ximena, la luz de la lámpara de por entre los huecos de la su persiana, mientras pegábamos bocados de ira a las costillas de oferta bañadas en vino de no más de cuatrocientas pesetas, camino de la carnicería, o imaginar alguna pieza de Ligeti en el fondo del mar. La china movió la ceja de alguna forma extraña al poner el paquete de cigarrillos en la cuenta que a Fali hizo sospechar y revisar el cambio hasta la última peseta. Como siempre, no fue nada. El silencio, las cenizas a nuestro alrededor, el café frío, nos descubrían nuestro profundo fracaso, nuestras profundas preocupaciones eran tan profundas que no interesaron a nadie, el periódico de hacía tres días sin leer, manchado de café. A mí me preocupaba el sonido posible en el silencio, el sonido que nadie escucha porque no se oye, el sonido que golpea las cuerdas de un piano sin martillos, la hora mal puesta en el reloj de la cocina. A Fali lo mismo pero en cuanto a otros sonidos, quizá más explícitos, quizá palabras, o no. Al resto, la forma de sobrevivir, la más digna, entre toda la porquería que crecía a nuestro alrededor, el sonido del poder a cualquier precio, los miles de fuegos iluminando la noche que entraba por los barrotes de la ventana del salón de la casa de Fali. Las mujeres se nos iban adornando cada vez más. Fali y yo íbamos desmenuzando las costillas con los dientes a tragantazos de un vino nuevo, diez duros la botella. Ximena apaga la luz y cierra de un portazo haciendo un leve ruido con las llaves. Celso sirve la cena a su televisor, la playa se inunda de seres vivos en mitad de la noche y no le apetece ver fuego que le recuerde su juventud. Celso es un escritor de monumentos literarios de setenta años, cansado ya de todo, de oír discos de Tete Montoliú, de pescar, de su incansable adolescencia. Fali y yo fuimos en busca de un disco de Tete, necesitaba renovarme. Ximena pintaba mariposas en las aceras, mariposas que borraba la lluvia. Ximena es muy bella, bella musa de Fali. La belleza de Ximena reside en su continua búsqueda de la postura adecuada para atarse los cordones de los zapatos. Ximena es muda, trabaja en un hotel de Nerja, espera una posible oferta para viajar al norte de África. Hacía mucho viento, siempre hacía mucho viento, pero a la gente no le importaba el mar revuelto, no le importaba morir ahogada en una noche tan hermosa. Fue la última vez que toqué en el Cervantes, cuando tiré el abrigo al contenedor de basura, la última vez que usted tocó en el Cervantes tiene gracia, me aplaudía Celso desde el televisor de su salón. Celso es profesor de Ximena en la facultad. A Ximena le gusta mucho Celso. Pero Celso es muy mayor, quizá sabe demasiadas cosas, quizá sabe demasiadas cosas sobre Ximena. Quizá porque Ximena se prostituye en un local de alterne los fines de semana para pagarse sus estudios en la universidad, tiene demasiados vicios y con el sueldo del hotel de Nerja no cubre todas sus necesidades. A Fali no le importa, Ximena respeta sus ideas. Fali, Ximena, y una joven compañera argentina de la clase de Ximena en la facultad, se citan en la casa de Maro de Fali para terminar un concienzudo estudio pedagógico que deben entregar el lunes a Celso, que acude también a la cita para ayudar en lo que pueda. Entre música argentina, mate, vino, y noche, Fali es agasajado por el par de hembras, mientras Celso mira las estrellas y pone en el tocadiscos un viejo verdial. Celso llora, Fali enloquece. En el césped con las dos hembras, se las come poco a poco mientras ellas devoran lo poco que queda ya de Fali a la luz de la luna a la luz ya de las pálidas estrellas de Celso, que en la oscuridad sube y baja de la su boca una mariposa iluminada, corretean bichos nocturnos. Celso fuma un sexto cigarrillo y dibuja mariposas con el humo azul. Ximena se encandila con las mariposas azules de Celso y corre a ver, pero desaparecen de tan rápido que vuelve Ximena a la entrepierna de su compañera de clase, dura más. Fali comparte un séptimo cigarrillo con Celso mientras las dos hembras terminan de amarse, vuelve a poner el viejo verdial que tanto gusta a Celso, se sirve un poco más de oporto. A Celso le encantan los verdiales, piensa Ximena mientras termina una enormísima mariposa azul en una de las piedras del dique diluida por la lluvia. La luz de la farola encendida y apagada en nuestros rostros, la mariposa desaparecida por completo. Ximena mojada. Fali envuelve a Ximena en su fular, regalo de su madre, la invita a celebrar el solsticio de verano con nosotros. Ximena apaga un octavo cigarrillo en el cenicero y se sirve otra costilla de cerdo. Ya no queda más oporto, Ximena se sube a la mesa y comienza a desnudarse desde el fular, es el solsticio de la noche, del pálido recuerdo de verano de Celso en la foto de un viejo libro confundido entre películas en la polvorienta estantería del salón de la casa de Fali, ahogado en el humo de los miles de fuegos de la calle que cuelgan por la ventana para llenarnos los ojos de lágrimas, Ximena se ata los cordones de los zapatos, el espectáculo comienza. En la mesa varios hilos de polvo blanco peinados por Ximena, preparados, Ximena encendida por completo como un fuego de los de la calle. A las doce de la noche encendida Ximena del peinado en la mesa del salón de la casa de Fali lo mismo que un júa. Fali pone el nuevo disco de Tete mientras la lluvia apaga todos los fuegos de la calle. El único fuego posible en aquella noche se nos presentaba en la casa de Fali, donde llovía, aunque de otra manera. La lluvia lo intenta pero los fuegos en la casa de Fali son ya imposibles de apagar, ha llegado la amiga de Ximena con muchas ganas de mate al chocolate, con muchas amigas para jugar a que es de noche y llueve y tenemos frío, con muchas ganas de jugar al escondite. Las amigas de Ximena comienzan a comerse las lenguas, a penetrarse unas a otras, yo y el sofá perdidos de sangre, semen, y mierda, que llenan de luz de la de por entre los barrotes de la ventana del salón de la casa de Fali toda la casa, y ya es de día, y un montón de cuerpos femeninos desnudos y resecos se esparcen aburridos de sueño por el suelo lleno de sol del salón de la casa de Fali. Ximena arrepentida fue temprano a ver a Celso, después de lanzarme un beso por la su persiana, después de la su ducha, Fali dándose una ducha, yo a por churros cerca del túnel. Celso ha dejado de fumar, las mariposas que iluminan la noche le recuerdan su juventud, Ximena escribe a Fali desconcertada. Fali va a besarla, pero Ximena se adelanta. Ximena piensa a Celso mientras besa Fali, lo aparta asqueada para preparar un café. Ya en la cocina Ximena escribe a Fali la edad que tiene, que los pájaros todos ya están muertos, que necesita un paraguas. Fali comienza a susurrarle a Ximena la edad que tiene, dejar quizá la raya del peinado en la mesa, mientras llego yo con algunos churros menos en el cartucho, los comí en casa de Celso. Mientras le descubría mi asombro al encontrar a Ximena en un local de alterne que escondían los hoteles del puerto después de mi última actuación en el Cervantes, después de tirar mi abrigo al contenedor de basura, después de gastar hasta la última peseta en putas con Efisio, otro de mis camaradas. Ximena se enamoró de Efisio nada más verle, cuando la sorpresa le atragantó el chocolate que en el vaso de plástico al verme salir de los servicios con un fajo de billetes de los grandes para Efisio. Efisio ríe hasta hinchar las venas del cuello a punto de reventar sobre la cara de la puta, Ximena, que con los ojos acuosos comienza a temblar sin orden alguno. Entre la escabrosidad, yo decido subir con una tal Nicole al taxi. Efisio aún no sé qué hizo con todo aquel dinero, aún no sé qué pudo hacer con Ximena tan descompuesta. Después de la excitación, regresé al local deshecho, Ximena todavía quería darme una explicación, pero los churros en la mesa ya se habían terminado, y aún Ximena no había respondido a la pregunta que le hice cuando salí de los servicios de aquel garito en mitad del puerto cantando. Fali besa a Ximena enamorado más que nunca, Ximena corre a encerrarse al baño sin terminarse el café a punto de llorar. Después de varias frases algo blandas desde la puerta, Ximena decide dejarme entrar, es lo mejor Ximena. Ya con el llanto reseco en su cara, Ximena se saca uno de sus pechos y me lo pone en la boca, sin explicación alguna. Yo chupo desconcertado, ella gime un leve sonido de placer, su pecho crece, el color rosa de su pecho se torna azul cada vez más, Ximena grita ya de placer, y en mitad del grito me absorbe la boca con sus labios sin darme un respiro. Fali aporrea la puerta, aún más desconcertado que Ximena y yo en la bañera, desnudos, follando como dos adolescentes en pleno desajuste hormonal. Fali corre a punto de suicidarse a casa de Celso, necesita de alguien que calme la mala leche que se le ha formado en las entrañas tan temprano. Ximena y yo volvemos a fumar otro par de cigarrillos del paquete de Fali, los últimos, en la bañera del baño de la casa de Fali, que decidió hacérselo con la amiga argentina de Ximena en su casa de Maro, no es lo mismo, me decía resignado por teléfono, pero le encanta que le muerdan el cuello hasta que la sangre brote. Yo decidí volver al puerto a ver a Ximena. Aquella noche Ximena parecía otra. Con otro vestido, otro maquillaje, me confesó que iba a declararle su amor a Celso, que no podía más, que no le importaba el resultado de su declaración. Yo intenté convencerla del error, Celso sabía gracias a mí del sueldo extra de Ximena, como yo sé que Celso no gusta de determinadas libertades actuales. Ximena comenzó a hablar mientras se volvía a atar los cordones de los zapatos, me confesó que tampoco era muda, que lo del hotel en Nerja era también una tapadera, que allí también se prostituía, con lo que Ximena se formó en mi cabeza como toda una puta, dando un puntapié a la sencilla Ximena muda que todos creíamos haber conocido en algún momento. Ahora comencé a temblar yo, la realidad que creía conocer podía conmigo, Ximena cantaba desentonando la canción que sonaba por los altavoces, mientras dibujaba una mariposa de polvo blanco en la mesa. Las bolas del techo comenzaban a girar, a iluminar mi desconcierto en aquella barra. Ximena ríe hasta hinchar las venas del cuello a punto de reventar sobre mi cara, después de introducir varias mariposas en su nariz. Nunca se llamó Ximena.

Sonaba la luna

A Fali

Decidimos dedicarnos a la contemplación. Estábamos tan desgastados de trabajar en proyectos imposibles que sólo nos apetecía contemplar las cosas hermosas, imaginar que eran nuestras. Quizá era el único modo en que podíamos poseer a Ana, el único modo de que ella nos poseyera. Ya sabíamos las fechas. Sabíamos que en vacaciones siempre se reunirían en una ciudad a determinar los músicos que tocaban en la orquesta donde Ana tocaba la flauta. La ciudad era siempre la misma. Así estaba planificado por el ayuntamiento que subvencionaba la joven orquesta que en época de vacaciones organizaba los encuentros de los aún rebeldes jóvenes músicos para convivir entre los sonidos de Beethoven. Como la última vez. Fue la única vez a la que no asistimos al concierto de clausura. La última vez estábamos ya hartos. Hartos de tanto aprender y comprender. Hartos de buscar la racionalización del sonido. A nosotros nos gustaba el desorden. Siempre pensamos que la creación no estaba prevista, en la naturaleza el hombre nada tenía que hacer. El sonido no debía estar ordenado por el hombre. El sonido era algo tan natural como el verde de los mares o el rojo de los cielos. Nos parecía absurdo conseguir imitar físicamente con un clarinete el amarillo del canto de los pájaros o elevar el alma con enfáticas fanfarrias de tambores imposibles. No debíamos tener claras preferencias sonoras, sería un acto con cierta implicación racista. Todo lo que directamente nos proporcionaba la naturaleza nos parecía digno de clasificar como obra de arte, contemplarlo hasta sus últimas consecuencias. Fali y yo nos pasábamos las vacaciones contemplando a Ana, contemplando su cuerpo, su voz. Parecía como los demás músicos, pero Ana era mucho más que una voluptuosa envoltura de conjeturas artísticas. Ana era mucho más que todos los solos de flauta, el whisky, o la píldora del día después. Mucho más que el jazz, la feria del pueblo, o todos los vinos del mundo. Ana era, sencillamente, nuestra amante. Decidimos hacer un pacto para compartirla y evitar continuas discusiones, como quien comparte una colección de sellos. Ana era no muy alta y morena. Del delgado cuerpo de Ana destacaba su pecho, que tan atractivo o más que su mirada impedía centrarse en las siempre tan fuertes conversaciones con Ana. Era muy lista, estudiaba bastante poco, y fumaba siempre que le ofrecían. Ana decía que la técnica excesivamente perfeccionada conducía al sonido perfecto, que aunque ella tenía la sensibilidad suficiente, prefería quemar ese tiempo fumando porros con sus amigas, inspirándose el sonido desnudándolas en su habitación, inventando juegos de flauta. Tenía la capacidad de un recién nacido. Leía mucho Ana. Escuchaba todo y todo le gustaba, a todo le encontraba algún tipo de belleza. A Ana le encantaban mis películas, llenas de idiotas, gordas, y gente corrupta. No distinguía la diferencia entre el sonido de la guitarra de tres cuerdas de Fali y mis películas, absorbía perfectamente de dónde procedían ambas formas de pasar el tiempo, sin más, las contemplaba simplemente, como quizá Fali y yo todas las noches contemplábamos su cuerpo bailando en aquellos encuentros musicales del ayuntamiento. Nos contemplábamos mutuamente. Como aquella última noche. Sólo nos apetecía ver a Ana bebiendo y bailando, como siempre, pero esta vez Ana estaba rodeada de músicos y no podía atendernos demasiado. Era la clausura del encuentro y los músicos debían llorarse y mostrarse sensibles todos, hacer corritos y fogatas, comer sardinas, cantar temas de los beatles con el acordeón… era lo corriente. Sí. Bebieron mucho vodka y echaron a andar varios cubitos de hielo que sobraron de boca en boca hasta que se derritieron en forma de beso. Resonaban las olas oscuras. Ana parecía encantada. Sonaba la luna. Sonaban las ranas. La sección de cuerda optó por hacerle el amor a una de las nubes. Los vientos aplaudían entre risas. Un trueno resuena y resuena la tormenta. Y resuenan las lluvias. Fali y yo ya estábamos acostumbrados a los espectáculos de la orquesta pero aún así no parábamos de reír con los vientos y el sonido de las olas oscuras resonando en el cielo de la lluvia intensa de aquella noche, no salíamos de nuestro asombro. Sonaba la luna y sonaba la orquesta. Aquellos músicos parecían buscar una libertad predeterminada. Una libertad fuera de lo descrito o lo marcado, del público, la tensión o la época misma del sonido. En busca del sonido de la luna Ana se recolgó de la misma y se despidió con un beso lanzado de entre los dedos de su flauta en busca del sonido del agua en busca del sonido de la lluvia. Fali y yo nos pusimos a llorar fuertemente y fue cuando los músicos decidieron abrazarse y recoger las barbacoas. Arrancaron los coches en dirección a la última noche pero ya era demasiado tarde. La tormenta creció y los arrastró a todos al fondo del mar sin remedio alguno. El centro del centro estaba lleno de gente caliente. Todos estábamos envueltos en un inmenso humo rojo, minifaldas alocadas, y altos árboles verdes que flanqueaban un escenario de metro y medio donde descansaban una guitarra, un bajo eléctrico, y una caja de ritmos, rodeados por una enorme barra repleta de botellas de cerveza que sonaban al ritmo de una música que jamás habían oído estos jóvenes oídos intelectuales de la cuerda frotada. Fali y yo seguíamos llorando. Pero la música paró y un cañón de luz iluminó al metro y medio de celofán azul desde el infinito y empezaron los aplausos. Eran Ana y su hermano. Ana siempre tuvo una voz muy hermosa pero jamás la imaginé cantando pop en el centro del centro. La caja de ritmos comienza a bailar. La orquesta ni se inmuta. La gente canta los estribillos y la orquesta adopta expresiones paternales para con sus vecinos. A Ana se le escapan un par de lágrimas, una para Fali y otra para mí. Y la cogemos. Y llega el solo de guitarra. Y Ana saca la flauta y los filarmónicos se asombran, pero siguen quietos. A pesar de los redobles de la caja de ritmos, el público sinfónico no acepta las armonías fáciles ni la banalidad de los temas del hermano de Ana. Puede ser que Fali y yo no estemos del todo de acuerdo con los mensajes de las canciones del hermano de Ana, pero no suenan mal para tomar una cerveza y reírte. Al finalizar Ana se vino a nuestra mesa y nos contó que estuvo en Dinamarca, se enamoró, se casó, y se divorció. Nosotros le explicamos que a lo mejor eran demasiadas cosas para una sola noche. Sentándose en mi entrepierna Ana nos enseñó las llaves de su habitación con una sonrisa malévola y volvió al escenario ahora para presentar a una popular joven promesa de la canción española y un grupo de tangos de Málaga que nos iban a amenizar la cena en Nueva York. Nueve aviones nos esperaban en el aeropuerto del centro del centro. Nos repartieron entre los áticos de las torres gemelas por orden alfabético, pero gracias a Dios todos los sinfónicos quedaron en la otra torre, y Fali y yo quedamos aliviados de un posible ataque terrorista. Y comienza la música. Y los argentinos de Málaga pasan desapercibidos de entre los solomillos y el chimichurri. Sin embargo la joven lesbiana que imita a Concha Piquer es muy aplaudida y vitoreada entre sus repiqueos. Hay inmensos paneles en cada torre que avisan del éxito en cada escenario que obvian las puntuaciones para unirse e informar de una fatal noticia ocurrida en una de las mesas de la torre de la tonadillera. A una joven acaba de atragantársele el amor y ha muerto con los ojos empapados en lágrimas al final de una canción muy hermosa. La tonadillera no pudo más que intentarle un enormísimo beso de tornillo que la prensa ha fotografiado desde los helicópteros para una posible gran noticia de carácter internacional, pero no ha servido de nada. La orquesta comienza a aplaudir emocionada desde la otra torre, y Ana se sienta en un banco a tararear una canción muy triste. Fali y yo contemplamos el cielo, que cada vez resuena más, y nos sentamos con Ana. Hasta que en mitad del silencio triste de la muerte de la joven hipersensible suena el móvil de Ana. Y suenan las sirenas de la policía. Y Ana decide no coger el teléfono. Y no lo coge porque es Abdón otra vez. Y sí cogen el ascensor los tres para bajar y tomar un té porque es muy de noche y porque hace frío y se debe cambiar la hora. Ana pide un té con leche, Fali té, y yo leche. Y vuelve a sonar el móvil de Ana. Abdón otra vez desde la prisión que está harto ya de Antonia de hablar con ella por teléfono, que ahora le van las argentinas maduritas como Verónica que por dónde anda que por dónde. Ana en mitad de su tristeza por la muerte de la joven hipersensible le procura describir de la manera más sencilla al pobre Abdón el triángulo amoroso entre Verónica, Lydia, y la joven Olivia cuando se escuchan los gritos de un Abdón ardiendo en gasolinas. Abdón no sólo estuvo preso por robar en la discoteca donde trabajaba. Poco después se le acusó de la muerte de la hermana mayor de la joven Olivia, que pelaba salmón en un almacén de pescado a troche y moche todas las noches. Verónica envejeció en Barcelona con un saxofón en la boca intentando la música. De Lydia no se sabe nada. Y Ana comienza a llorar. Fali y yo la consolamos como podemos cuando voy al servicio y me encuentro a Ana desnuda tocándome una canción de Susan Vega. Y claro en mitad del bullicio de la tetería aquella mitad española mitad inglesa de entre las torres gemelas de Nueva York de entre el morbo que nos hacemos el amor de hasta romper la guitarra. Ana es insaciable. Y cada vez suenan más las sirenas de la policía. Y de entre las tormentas de los cielos comienza a sonar la quinta. Y los sinfónicos miran hacia arriba en busca de la luz. Y se aparece Beethoven y les escupe. Y desaparece. Y los sinfónicos envueltos en la enorme baba de Beethoven son arrastrados nuevamente a las playas de Maro. Y vuelven a comer sardinas y a cantar viejas canciones de Mozart. Y a jugar a los besitos de agua con los cubitos de hielo y a rebozarse en la arena de la orilla que mojada de vodka mojada de amanecer y resaca. Encienden los ordenadores y viajan por el mar en busca de las respuestas al mantenimiento de sus vidas. Yo ya tenía el asco suficiente como para volver a escribir. Ahora con Fali. Ana es insaciable. Después del amor, Ana, Fali, y yo cenábamos felices en las torres gemelas mientras catorce helicópteros nos revoloteaban echando fotos y grabando vídeos cuando llega un mensaje al móvil de Fali, un mensaje de la orquesta que por internet nos felicitan el año nuevo y nos mandan besos y abrazos. Ya harto me retiré de la mesa y me tiré en paracaídas, cayendo en un viejo quiosco de perritos calientes donde pedí un taxi por teléfono. Me alojé en el primer hostal que alcanzó mi vista, un hostal lleno de moscas, pero no muy caro. Nada más llegar, lo primero que hice fue vomitar en la bañera el cordero que me habían servido los pingüinos con perilla que paseaban acelerados con sonrisa y bandeja por los áticos de las torres gemelas aquella noche. La habitación era más pequeña incluso que el escenario del centro del centro donde Ana debutó con su hermano, yo diría que medio metro. La cama, de matrimonio. Y ahí fue cuando arranqué. Arranqué todas las páginas anteriores y volví a empezar la historia de mi vida. Hasta que me interrumpe el recepcionista, que me llaman por teléfono, que urgentemente. El bandoneonista del hotel de enfrente, que si puedo prestarle los servicios de pianista, que el pianista se ha vuelto loco y se ha pegado un tiro, que por favor, que si no no cobran. Yo obviamente acepto por el puro placer de sustituir a un pianista suicida. El cocinero me ofrece amablemente un suculento asado argentino, a lo que yo le respondo con un suculento vómito en mitad del choclo en mitad de la cola del piano. El bandoneonista olvida la letra e improvisa una floritura romántica a la que la masa en frac aplaude al unísono ferozmente de emoción llevándose el tenedor a la boca. Suenan las gambas. Suenan las copas. Cuatro limpiadoras celestes rodean el arpa que en el aire suspendida en horizontal del piano ya deshuesado. Frotan endiabladamente por órdenes estrictas del interventor del gerente del director del hotel con la fregona en mitad de un nerviosismo indescriptible con la fregona en mitad de la entrepierna. La música suena. Suena la noche y suena el espectáculo. Suenan las fregonas y el arpa desafinada. Se rompe una cuerda. La gente se rompe en aplausos cada vez más desordenadamente. Un borracho de detrás de la sala grita en argentino, el padre de Verónica, cómo no. Los camareros no paran de servir cada vez más comida, cada vez más rápido. La gente engorda cada vez más, suenan móviles, las sirenas de la policía, las alarmas. Suena el piano. Todo se hace silencio. El pie derecho en el pedal derecho, un acorde suspendido en la lluvia que cayendo intensamente intensamente conmoviendo todo. Al padre de Verónica se le escapa una lágrima recordando las palizas que le ofrece todas las noches a su amante, que rauda, friega, junto a otra lágrima, una de las limpiadoras, que también llora alguna que otra bofetada. La gente en general se pone cada vez más triste, y llegan los cafés. Yo quedé dormido por la parte grave del teclado pero nadie del hotel me despertó. Unos labios comenzaron a acariciar los míos, abrí los ojos, y ahí estaba Ana. El mar estaba quieto, la orquesta dormida, las nubes nerviosas y frías, y Ana comienza a desnudarse y a desnudarme a mí. Y nos bañamos desnudos. Y reímos. Y nos fumamos unos porros. Ana me pregunta que cuándo se hará de día. Yo la beso descontroladamente y Fali me pega un cogotazo. Fali tiene un aspecto bastante divertido recién levantado y Ana se echa a reír. A Fali no le hace mucha gracia el sarcasmo de Ana y refunfuña que el desayuno ya está servido, que no importa que no haya llegado el día, que cuando llegue, llegó. El viento despierta harto de dormir y avisa que quizá se hayan despedido antes de tiempo. Todos ya habían cambiado la hora a los relojes, el sol estaba ya esperando que le dieran la señal, pero a pesar de todo, el día no llegaba. Fali y yo nos reíamos del asunto y nos zampábamos los huevos fritos de todos los que aún no se habían despertado. Ana nos acompaña en el extraño desayuno y nos insinúa que aquello le sonaba de algo. Después del desayuno, hartos de esperar, la orquesta decide ensayar en la orilla a la luz de las velas que robamos Fali y yo del chiringuito para una posible segunda fiesta. Comienza a sonar la orquesta, y Ana, más hermosa que nunca, acariciando la luna con su flauta. Fali y yo, con la yema reseca de los huevos fritos intentando resbalar por nuestras barbillas, orgullosos de Ana. Y comienza una niebla que tapa por completo a la orquesta. Fali y yo en las rocas, comiendo huevos fritos y vomitando sin parar, disfrutando de la música invisible, de la música que sale de no se sabe dónde, del sonido de la niebla, del sonido de las olas, cuando el silencio con el que Fali y yo disfrutábamos de aquel desayuno en medio de la última noche filarmónica se deshizo. Sonaba la tormenta, sonaban los grillos. Sonaba una sirena de policía a la que Fali acierta con su pistola. Y vuelve el silencio. Suenan las cuerdas con sordina. Barber. Suenan las olas. Suena la noche. Después del aplauso Ana se reúne con varios miles de pianistas para almorzar y organizar una boda pianística. Fali y yo tomamos café mirando al cielo, ninguno de los dos estábamos invitados al enlace. Los regalos, los vestidos, la fiesta, el coche nuevo. Fali y yo fumamos, a veces no comprendemos ciertos comportamientos de Ana. Hartos de esperar una simple mirada de Ana, llega el repartidor de periódicos. Y en primera página que o se está alargando la noche o se está achicando el día, pero que algo pasa, algo muy serio señores, la quinta o sexta boda en lo que va de noche. Mientras Fali y yo leíamos interesados el periódico, nacieron hijos, bautizos, y comuniones. Ana movía interesante el café, y Fali y yo comenzamos a necesitar un buzón de correos para nuestras hojas, teníamos un montón de hojas aún sin esconder, aún no habíamos encontrado el bosque adecuado. Ana nos sonríe. Siguen naciendo niños, la gente envejece, y Fali y yo seguimos escribiendo, aún sin saber muy bien para qué, para quién, adónde queríamos llegar. Pero seguíamos, estábamos aún fuertes para seguir pronunciándonos sobre tanto exceso de amor de papel, aún estábamos jóvenes a pesar de todas las arrugas, de todas las heridas que a lo largo de los años nos crecieron en el alma. Fali iba ya por el quinto bosque cuando yo todavía seguía buscando musas para inspirar mis noches. Yo necesitaba pluralizar aquella inmensa despedida, inventar la vida, desordenar, jugar… a mí la música siempre me nació de las musas. Ana quería volver a casarse, sentía la necesidad de formar una familia, pero la lluvia le impide la celebración, y le impide la boda. Ana no sabía bien con quién casarse, pero quería casarse. Fali acababa de plantar su sexto bosque, un bosque con árboles llenos de fotografías, fotografías de té, Marrakech, y posturas de una joven prostituta de lujo, cuando Ana se volvió a recolgar de la luna. Esta vez se despidió con un beso desde lejos bastante triste, pero ni a Fali ni a mí nos salió una sola lágrima. Reímos, y nos tiramos al agua. Ana lloraba desde la luna con su guitarra, sonaban sus lágrimas chocar sobre el mar, y con el tiempo comenzamos a dudar. Fali y yo comprendimos que Ana no podía llorar tanto, que quizá aquello era lluvia, que Ana estaba feliz cantando con su guitarra. O a lo mejor la lluvia nos confundía las lágrimas de Ana, las lágrimas que con el tiempo ni Fali ni yo echamos de menos. O eran nuestras lágrimas, las que no salían de nuestra cada vez más confusa mirada. Ana bajó excesivamente triste a recogernos con las llaves de su habitación, pero la luna ya no sonaba. Ya no me suena la luna, ya no me suena el corazón, lloraba. Ya no me suenan los dedos, ya no me suena nada, enloquecía. Ana se volvía sorda a medida que crecía aquella noche. Ana se volvía insensible a medida que se alargaba aquella despedida. Ana lloraba, Fali y yo llorábamos. Lloraba la luna, lloraban las nubes. La orquesta ensaya una canción muy fría. Ana envejecía y envejecía su alma. Envejecía de tanta vida, de tanta música, tanto amor. Tanta desgana, tanto todo. Moría poco a poco de tanto exceso, de vivir tan deprisa, de reducir su vida a una sola noche, de reducir su noche a una sola vida, la vida y muerte de Ana, de Ana enloquecida con una soga al cuello amarrada a la misma luna, que chorreando de sangre llora en rojo y mancha el mar con las heridas del alma de Ana. Y mancha de rojo la música de una orquesta con ojeras. Y grita Ana. Y la luna la empuja al mar. Suenan las olas oscuras, y tragan a todas estas anas. Y Fali Y yo vamos tras ellas, tras el desastre humano que llora desconsolado acariciando sus instrumentos desafinados cada vez más. Pero el aeropuerto del centro del centro ya no existía, las torres gemelas fueron derrumbadas por dos aviones suicidas, el hermano de Ana murió de emoción tocando el bajo eléctrico… Nada es ya como antes Ana. La luna es el sol y el sol es la luna. Ana ingresó en un psiquiátrico. El sol siguió sin salir. La orquesta continuaba su despedida, su ensayo, sus juegos de agua, de boca en boca, de beso en beso. Pero nadie se acordaba ya de Ana, nadie echaba de menos los juegos de flauta. Sólo Fali y yo dedicamos veinte bosques a Ana. En su ausencia, diez cada uno, en los que habían árboles de muy distinta clase, casi todos con música, marihuana, mujeres… y muchas salas de cine. Fali iba ya por su bosque ciento cuatro. El bosque ciento cuatro de Fali era ya un bosque de agua, con árboles y animales de agua. Yo era por aquella época el encargado de poner sonido a los bosques de Fali. Generalmente me perdía, en cuyos lagos me ahogaba, para poder hacer sonar todo aquello que Fali escondía en el buzón de correos. Ana nos mandaba un torpe dibujo de Dinamarca a modo de postal felicitándonos la navidad, pero siempre estábamos en agosto. La orquesta cada vez se hizo más insoportable, nadie quería ya ensayar nada. La orilla, el cielo, el sonido de las olas del mar… eran elementos ya poco poéticos para aquella orquesta, aquellos músicos atrapados en el sonido, en el tiempo, la moneda de cambio. Los músicos de la orquesta comenzaron a comerse unos a otros, las tablas que sostenían el chiringuito fueron destruidas por los fuertes vientos que azotaban por aquellos años. Ya no suenan las olas, me decía Fali. Ya no suena la luna, le decía yo.