Ese momento de Mario

El cielo iba desapareciendo, iba tragándose el azul para convertirse en unas pequeñas lucecitas misteriosas que también desaparecerían con el humo azul de Mario. Mario que expulsaba por última vez el humo azul en aquella isla, dejándose atravesar por las notas de Bill Evans que escapaban de una vieja radio, mientras el tiempo mordía a Mario, mientras Mario mordía la última chusta de la noche con cierto desprecio mirando al mar que ya era sólo reconocible por las intermitencias de la farola, que junto al aroma salino de aquella noche hicieron escapar unas lentas lágrimas a Mario, quizá por nostalgia, quizá porque las intermitencias de la farola eran una invención en ese momento de Mario, porque farola sólo hay una, y porque más quisiera Mario quedarse ciego con las aquellas intermitencias que de vez en cuando, seguía echando cada vez más de menos…

Restos secos de vómito

Buscaron otra posición para poder acabar pero la cosa ya tenía poco arreglo. Mario bajó al sótano a vomitar a solas y Virginia se puso a llorar nuevamente. El olor a sucio ya estaba calando en sus almas y era prácticamente imposible obviarlo. Mario se limpia los restos secos de vómito y confiesa a Virginia que no le gusta la trompeta, que lo que a él realmente le mola es follar polacas. Virginia rompe la copa de vino en el suelo y se echa encima de Mario como una fiera sin comprender exactamente qué sentimiento ha pretendido plantar Mario en sus entrañas, si acaso ha pretendido plantar algo, si acaso ha pretendido algo, por miserable que resulte. De fondo, un disquito de música electrónica pasado de fecha, que es lo que a Virginia le gusta, el regusto desgastado de la música por nueva que parezca. Mario intentó conseguir el teléfono de Virginia, pero era tal la excitación que lo único que consiguieron fueron un par de maravillosos orgasmos a la luz de las velas y el aroma a basura que proporcionaba aquella esquina cerrada. Virginia acaba con el tocadiscos a martillazos y Mario se sienta al piano. Virginia lo abraza por detrás mientras de los dedos de Mario nacen vestidos y boleros con sonido de piano para su amor. Virginia llora de emoción y moja la boca de Mario con sus lágrimas. Mario cierra el piano y sale a pasear por una calle cualquiera de Málaga, sin el teléfono de Virginia, por supuesto.

Trozos de películas desordenados

La vida de Mayra, los sábados por la noche de Mayra -porque Mayra en las demás horas, en los demás días de la semana no tenía vida- se redujo a compartir archivos electrónicos por el Facebook con sus amigos argentinos, mientras se atiborraba de Red Bull sin azúcar para poder disfrutar toda la su noche llena de intensidad frente a la pantalla. Los niños se habían ido con su padre y su hermano pequeño se había marchado a emborracharse con sus amigos como todos los fines de semana, y la casa quedaba sola para ella, y en la oscuridad brillaba la pantalla de Mayra llena de mensajes con buenos sentimientos. Mayra sentía cómo poco a poco su vida se iba vaciando, recordaba los conciertos de clarinete con la banda, los viajes con sus compañeros de instituto, su novia polaca, su perrita… Ahora sólo quedaban palabras escritas en una pantalla, conversaciones por video chat, y trozos de películas desordenados en apariencia… Mayra recuerda los suaves sonidos de la su perrita, la única música que le quedó después de terminar con Gladys…

Las tripas de la perrita de Mayra

En realidad Gladys tenía la sangre trastocada por culpa de su reciente separación con su última novia. Gladys no soportaba la reciente reconstrucción personal de Mayra. Gladys arrancó las tripas de la perrita de Mayra de un único volantazo, sin pensarlo. Es el motivo real del desquicie de Gladys, que ahora ya no descansará hasta ver en los ojos de Juan la misma lágrima que brilla colgando del ojo izquierdo de Mayra la muerte de la perrita de Mayra brillando ahora en la mirada satisfecha de Gladys que desconoce por completo qué significado retiene como una enfermedad incurable la mirada enloquecida de Juan intentando colarse entre los pechos de Gladys a la misma hora todas las mañanas en la parada de la plaza de Puntagorda. Juan sentía por dentro un pellizco, un asco mezclado con tal cantidad de placer que era prácticamente imposible no pasarlo bien. Gladys gastaba las horas del día untando en su cuerpo cremas y más cremas, preparando el acontecimiento. A Juan se le escapaban los días pensando en Gladys…

Puntagorda

Gladys disfrutaba con los golpes de viento, los que le provocaban la velocidad de la sangre en sus arterias y el refresco suave y repentino con el vuelo de su falda por la mañana. La sonrisa de Gladys en la parada del autobús la delataba. Gladys disfrutaba viendo cómo su vecino se enloquecía al recibir de golpe el fotograma de su entrepierna tan fresca al amanecer. Era entonces cuando su vecino huía por la avenida esperando no volver a ver semejante escena. Pero todas las mañanas ocurría. Por azar, por provocación, por coincidencia, por Dios sabe qué, todas las mañanas en la plaza de Puntagorda Gladys dejaba ver un fotograma de su entrepierna desnuda recién rasurada a su joven vecino jubilado en la parada del autobús. Juan era guardia civil, pero su esquizofrenia lo delató en el cuerpo y lo cesaron para siempre y se compró una casa en Puntagorda para vivir lejos del mundanal ruido, con el único acompañamiento del canto de los pájaros en el día y el de los grillos en la noche. Su esquizofrenia lo delató ante el cuerpo como quizá la sonrisa de Gladys en el suyo, o como quizá los ojos brillando de Gladys clavados en las pupilas esquizofrénicas del joven Juan mientras crecen los pechos de Gladys y se clavan en la camiseta a falta de la joven espalda de Juan adonde quizá quisiera Gladys que llegaran sus pezones, alcanzar la ansiada espalda de Juan hasta atravesar la piel de Juan con la suya y dejar que la sangre manche la espalda de Juan y manche así también la camiseta de Gladys, y así sus pezones manchados con la sangre de Juan los uniera para siempre, que decidido a arrancar de cuajo esta casualidad de su rutina diaria prepara un siniestro acontecimiento, pero no por ello escaso de sutiles matices…

Infinitas mentiras

Después de tanto tiempo me di cuenta que toda esa rara nostalgia la habíamos inventado. Todos echábamos de menos y eso era lo único cierto. Lo demás no estaba del todo claro, el quién o quiénes, el qué, no era lo más importante. Al llegar comprobamos la misma desesperación humana que existía en todas partes que cada vez más crece, el calor del excesivo frío, los olores desagradables de tanta colonia y las risas acartonadas sobre tu cabeza por la desilusión mezclada con la desgana existencial. El movimiento de las nubes, el fuerte olor a perfumes caros comprados en tiendas baratas colándose sin permiso y acomodándose en las texturas de tu alma, los vestidos baratos comprados en tiendas caras, sencillos, y el exceso de acomodarse a un determinado modo de existencia por miedo a cruzar el significado de las palabras, por miedo a atravesar aquello que damos por supuesto y que realmente no es más que otra de las infinitas mentiras que han conformado nuestra estúpida existencia para facilitar nuestro uso. Ahora echamos de menos, otra vez, como siempre, qué ilusos. Lo que no está claro, como siempre, a qué o a quién.

La paz de los domingos

Almudena tragaba saliva sin saber demasiado bien qué hacer con la flor que cortó Laura del jardín del vecino para obsequiarla. Patricia
quedó descompuesta. Lanzarote le removió por dentro con la misma
fuerza con la que los vientos alisios descomponen el paisaje una y otra vez. Patricia no termina de acostumbrarse a la presencia de Laura. Almudena intenta compartirse, pero Laura y Patricia hablan distintos idiomas y es imposible que la comunicación fluya como desearía Almudena. Los bares han cerrado y Patricia quiere emborracharse. Almudena llama a un taxi y suben las tres para acabar la noche en casa de Almudena donde todavía quedan cervezas. La tensión entre Laura y Patricia crece y Almudena disimula clavando la mirada en el ordenador donde copia los discos que ha comprado Patricia con los euros que le han sobrado. Laura toca el piano. Almudena se emociona pero no lo hace notar. Laura se cansa de hacer piruetas y después de dos horas interpretando nocturnos de Chopin se va a la cama. Almudena se desnuda y abraza a Patricia y hacen el amor sobre el piano de Laura. Suena el despertador y Almudena acompaña a Patricia al aeropuerto donde se comen las bocas por última vez. Almudena regresa a su casa con su paisaje interior revuelto nuevamente. Mientras suena el café pone la flor en agua. Le han arrancado la libertad, y es tan doloroso que la felicidad que comparte con Laura será como una música de Satie, que nunca se sabe bien qué dichoso misterio esconde dentro.