La paz de los domingos

Almudena tragaba saliva sin saber demasiado bien qué hacer con la flor que cortó Laura del jardín del vecino para obsequiarla. Patricia
quedó descompuesta. Lanzarote le removió por dentro con la misma
fuerza con la que los vientos alisios descomponen el paisaje una y otra vez. Patricia no termina de acostumbrarse a la presencia de Laura. Almudena intenta compartirse, pero Laura y Patricia hablan distintos idiomas y es imposible que la comunicación fluya como desearía Almudena. Los bares han cerrado y Patricia quiere emborracharse. Almudena llama a un taxi y suben las tres para acabar la noche en casa de Almudena donde todavía quedan cervezas. La tensión entre Laura y Patricia crece y Almudena disimula clavando la mirada en el ordenador donde copia los discos que ha comprado Patricia con los euros que le han sobrado. Laura toca el piano. Almudena se emociona pero no lo hace notar. Laura se cansa de hacer piruetas y después de dos horas interpretando nocturnos de Chopin se va a la cama. Almudena se desnuda y abraza a Patricia y hacen el amor sobre el piano de Laura. Suena el despertador y Almudena acompaña a Patricia al aeropuerto donde se comen las bocas por última vez. Almudena regresa a su casa con su paisaje interior revuelto nuevamente. Mientras suena el café pone la flor en agua. Le han arrancado la libertad, y es tan doloroso que la felicidad que comparte con Laura será como una música de Satie, que nunca se sabe bien qué dichoso misterio esconde dentro.

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