Odio a todas las personas que leen a Amélie Nothomb.
Gladys también pinta muñecos azules
El otoño les había estallado por dentro les había sorprendido. Los trozos de unos y otros se habían repartido por el cielo como si de una patética escena de Kill Bill 3 se tratase. De repente las almas de unos y otros se habían quedado difuminadas colgando del paisaje azul mal pintado por la aquella joven Olivia, que ya por aquel entonces había quemado cientos de empresas de todas las clases por todo el mundo cansada de la quietud. Gladys entonces se entregó como en una auténtica pesadilla a sus clases de inglés en Puntagorda, a los adolescentes de Puntagorda como pudo que comenzaban a descubrir el sexo, como a descubrir poco a poco muy despacio todo lo que una primavera recién violada podía ofrecer en aquellos amaneceres negros en los que la piscina brillaba vacía y azul mientras a Gladys se le empapaba la mirada con el recuerdo de la joven Olivia. Como en los secretos de las almas de todos los vecinos del pueblo, que ocultan sus más bajos instintos para sobrevivir sin demasiada sangre sin demasiada violencia por las calles mientras la joven Olivia pinta muñecos azules en la plaza, mientras fuma vacía con la entrepierna mojada en el recuerdo de Gladys un único cigarrillo light que sujetan sus sensuales labios con desidia, para poder despistar entre canción y canción lo mucho que la echa de menos sin acordarse en absoluto de ella.
Ni te has enterado
También has destrozado
mi percepción del sonido
y por tanto
mi forma de
inventar la nostalgia,
y por tanto
mi forma de inventarte.
Te has destruido,
y ni te has dado cuenta.
Gladys VI
El corazón de Gladys VI se cae al suelo y florecen mil corales de Bach que atraviesan el cielo provocando mil brillos en las almas que todavía no se habían entregado a la velocidad. Nadie tenía intención de comprender nada ni muchísimo menos tomarse tiempo para ello. La mímesis les obligó a apartar la autenticidad de cualquier atisbo de vida en sus miradas. Cualquier mala interpretación de lo que ocurría podía ser utilizada en su contra, y era preferible y predecible incluso que todo siempre permanecería quieto y perfectamente ordenado, pero con ribetes ensangrentados en aparente movimiento incesante por el exceso de brillo. Miles de sonidos hicieron estallar a Gladys.
Trozos de sangre
Juan gritaba con su guitarra esperando una respuesta infinita de Gladys. Un banco de mujeres paseaba tras los cristales del restaurante con sus bicicletas y trozos de sangre latiendo en su interior. A Gladys se le cae una lágrima.
Matar la tensión
No estaba decidida del todo pero supuso que evitar sólo esta vez un descuido podía ser la solución para matar la tensión con Juan. La playa estaba completamente peinada y estaba amaneciendo. Juan esperaba la guagua como todos los días, esperando de paso a Gladys y hacer más excitante el desayuno con el regalo diario. Gladys dejó pasar la columna de aire como siempre por su entrepierna como es costumbre para el deleite matutino de Juan, para el refresco múltiple de Gladys por la mañana. Pero Gladys lleva esta vez unas preciosas bragas blancas. Y esto a Juan, pese a la preciosura del encaje, no le ha hecho ninguna gracia. La tensión crece entre Juan y Gladys. Los vecinos sienten cómo la sangre comienza a correr más deprisa. Y a Gladys le crecen los pezones con esta contradictoria situación.
A los que se había follado
A Claudia le salpicaba la realidad y le aturdía. No soportaba tener que presenciar cómo todos los artistas a los que se había follado ahora se regalaban como putas…
Mayra estaba en Arrecife un miércoles
Al otro lado del teléfono escuchaba Mayra la otra voz que no estaba en ninguna parte de nuestra conversación…
El viento movía las palmeras, las nubes…
Juan regresaba a casa en la guagua.
Mayra no paraba de reír.
Misterio
Después de desgastar nuestras miradas,
de tragarnos la una a la otra,
no nos quedaba
ni una sola estela por compartir…
Tres veces Mario
Mario había dedicado los mismos poemas a muchas mujeres diferentes. Mario no sabía del todo si estaba bien o mal lo que había hecho. Si era bueno o malo, Mario no tenía ganas de averiguarlo.
