Gladys también pinta muñecos azules

El otoño les había estallado por dentro les había sorprendido. Los trozos de unos y otros se habían repartido por el cielo como si de una patética escena de Kill Bill 3 se tratase. De repente las almas de unos y otros se habían quedado difuminadas colgando del paisaje azul mal pintado por la aquella joven Olivia, que ya por aquel entonces había quemado cientos de empresas de todas las clases por todo el mundo cansada de la quietud. Gladys entonces se entregó como en una auténtica pesadilla a sus clases de inglés en Puntagorda, a los adolescentes de Puntagorda como pudo que comenzaban a descubrir el sexo, como a descubrir poco a poco muy despacio todo lo que una primavera recién violada podía ofrecer en aquellos amaneceres negros en los que la piscina brillaba vacía y azul mientras a Gladys se le empapaba la mirada con el recuerdo de la joven Olivia. Como en los secretos de las almas de todos los vecinos del pueblo, que ocultan sus más bajos instintos para sobrevivir sin demasiada sangre sin demasiada violencia por las calles mientras la joven Olivia pinta muñecos azules en la plaza, mientras fuma vacía con la entrepierna mojada en el recuerdo de Gladys un único cigarrillo light que sujetan sus sensuales labios con desidia, para poder despistar entre canción y canción lo mucho que la echa de menos sin acordarse en absoluto de ella.

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