Restos secos de vómito

Buscaron otra posición para poder acabar pero la cosa ya tenía poco arreglo. Mario bajó al sótano a vomitar a solas y Virginia se puso a llorar nuevamente. El olor a sucio ya estaba calando en sus almas y era prácticamente imposible obviarlo. Mario se limpia los restos secos de vómito y confiesa a Virginia que no le gusta la trompeta, que lo que a él realmente le mola es follar polacas. Virginia rompe la copa de vino en el suelo y se echa encima de Mario como una fiera sin comprender exactamente qué sentimiento ha pretendido plantar Mario en sus entrañas, si acaso ha pretendido plantar algo, si acaso ha pretendido algo, por miserable que resulte. De fondo, un disquito de música electrónica pasado de fecha, que es lo que a Virginia le gusta, el regusto desgastado de la música por nueva que parezca. Mario intentó conseguir el teléfono de Virginia, pero era tal la excitación que lo único que consiguieron fueron un par de maravillosos orgasmos a la luz de las velas y el aroma a basura que proporcionaba aquella esquina cerrada. Virginia acaba con el tocadiscos a martillazos y Mario se sienta al piano. Virginia lo abraza por detrás mientras de los dedos de Mario nacen vestidos y boleros con sonido de piano para su amor. Virginia llora de emoción y moja la boca de Mario con sus lágrimas. Mario cierra el piano y sale a pasear por una calle cualquiera de Málaga, sin el teléfono de Virginia, por supuesto.

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