Librada tenía muchas formas de ver las cosas
y nunca las veía del mismo modo.
Estaba tan viva
como el agua
que choca contra las rocas
que nunca choca
del mismo modo
pero que
siempre se estrella.
Unas veces más fuerte,
otras más débil,
pero siempre abrazando
sin la suficiente fuerza
como para arrancar del tiempo
aquella isla perdida
en la inmensidad del mar…
Categoría: Noticias
Brenda
Las pecas de Brenda
eran pequeñas primaveras.
Brenda decidió guardar las nubes en el bolsillo del culo.
Japón está cerca
Magdalena siempre dejaba adivinar el alboroto de su mirada, la antorcha que encendía su entrepierna, mientras me la follaba, daba igual el cuándo, el cómo, con quién estuviéramos, o con qué cosa. Magdalena y yo no nos conocíamos más que de tomar cervezas en la barra del bar donde trabajaba medio iluminada por un pequeño sueldo que le permitía pequeñas excursiones nocturnas a Torremolinos para olvidar su existencia loca, su absurda realidad. Magdalena y yo habíamos desarrollado una fuerte atracción, que aún no acierto en qué se basaba, pero que realmente ya estaba haciendo mella en mí, posiblemente el desesperado deseo de carne humana, posiblemente el simple aburrimiento. Posiblemente nunca me interesó realmente el origen de Magdalena, su historia, sus deseos reales. Tal vez era su cabellera rubia, su hermoso culo, o las preciosas tetas que a todo el mundo hacían perder la cabeza lo único por lo que me apetecía de vez en cuando, sin mucho esfuerzo, follarme a Magdalena. Mi deseo por ese resumen femenino que era Magdalena cocinando me volvía loco, y me hacía decir cosas que sólo cuando se subía y me hacía feliz -después de fumar- recitaba de un modo casi inhumano, casi babeando perdido en la humedad de la mirada de Magdalena palpitando. Magdalena tenía una plantación de marihuana que usaba como hechizo para conseguir sus objetivos. Luego, me pedía explicaciones a la luz del sol. Realmente Magdalena no estaba enamorada de mí, Magdalena nunca estuvo enamorada. Magdalena lo que realmente buscaba era un reconocimiento social y oficial de su coño, gritar a todos que conseguía follarse una y otra vez a ese que no se deja follar por cualquiera. Pero ni yo era lo que su mente pretendía, ni las personas que la enterraban en sus propios argumentos su ejército sumiso. Aquella noche era la noche de descanso de Magdalena. Magdalena estaba rodeada de gente que no conocía en su propia casa, inexistente, rodeada de todas mis amistades sirviendo comida y bebidas, como en la barra donde trabajaba desde hacía tres meses día tras día. La cena pronto se convirtió en alcoholes de todas las clases y cigarrillos de marihuana con alguna que otra raya. La cruz de Magdalena entonces comienza a crecer poco a poco al no conseguir sus objetivos, y pronto los invitados comienzan a sentir el empache de mierda en la mirada de Magdalena, una mirada venosa de ira y miedo, de pánico y terror a punto de reventar. Entonces Magdalena comienza a dejar de ser servicial con sus invitados -a desprenderse de peso para poder seguir- que pronto comprenden que Magdalena está desquiciada, que Magdalena está quitándose su disfraz, mudando su piel, comenzando a demostrar quién es verdaderamente porque ya no puede más. Los invitados de Magdalena comienzan a comportarse de un modo violento poco a poco cada vez más. Yo intento calmarlos como puedo, calmar la situación en mitad de un sentimiento de culpa que no sé de dónde nace, pero ya es demasiado tarde, ya no conozco a nadie. Los invitados comienzan a devorar a Magdalena, mientras de entre los gritos me veo yo prendido en una esquina tirado, sangrando por la nariz, susurrando Japón está cerca, una y otra vez.
Tres poemas azules
TODO ESTO QUE VUELA
Que mi corazón
quisiera salir
de mi pecho
enloquecido
en busca de la su lengua,
cruzar de todos los océanos uno
para morder la su boca roja
una y otra vez,
para morderle el alma sin permiso
para morder mi alma sin orden
mezclarnos como en un juego de cartas
para de la su mirada serena
provocar el brillo de mis ojos
que ya delata
todo esto que fluye
todo esto que vuela
por mis venas
estos sonidos de piano de mi alma
con los que te estoy haciendo
un vestido nuevo
muy corto,
pero muy sincero.
OCÉANO IMPROVISADO
Crecerá la música
como un océano improvisado
como en el centro del centro
la silueta de un misterio
ilumina tu mirada cada noche
dejándose caer por tus pechos
dejándose suicidar desde un piano
que encuentra ya las palabras
que en mi boca se convierten
en besos al contacto con la tuya.
EN NINGÚN IDIOMA
Bajaba mi lengua
desde tu boca
atravesándolo todo
sin permiso,
el entusiasmo
de tus piernas gritando,
el latido de tu llanto en silencio,
entre tus pechos mi boca
creciendo cada vez más
cuajando ese momento
que ya no cabe
-y no por falta de espacio-
en ningún idioma
más que en el nuestro.
Cuatro estaciones
UN TROZO DE IRENE
Un trozo de Irene
había salido
despedido de mi boca.
La tormenta
me había roto dos costillas
y ya no quedaban botellas.
Seguí escupiendo trozos azules de Irene
que expulsaba mi boca sin cesar
-Mompou sonaba en el tocadiscos-
hasta que quedó compuesta
de nuevo
fuera de mí,
tan deshecho
que no lo olvidé
en una semana.
GUILLERMINA COMÍA ACEITUNAS
Me lavaba los dientes
y pensaba en la graciosa forma
en que Guillermina comía aceitunas,
ese desorden aprobado
mientras ingeríamos números nueve.
Y reíamos
en cualquier idioma.
A Guillermina también
le gustaba el mate.
Caí al suelo
y un hilo de sangre
que salía de mi boca
ahogó a una cucaracha
y cualquier recuerdo de Guillermina.
DISFRAZADA DE METÁFORAS
Lo había gastado todo
y ni el perro volvería
al amanecer.
Safrika se puso sus bragas azules,
pero tampoco la vecina cantaría para ella
ni su hermana le metería mano
mientras le clava sus ojos
los sábados por la mañana
que rompían juntas
disfrutando de sus primeras humedades
la una de la otra
mientras mamá prepara café
antes de gastar dinero.
Ya no volvería a ser como antes,
como cuando la primavera
regresaba a destiempo
disfrazada de metáforas
una y otra vez
en tu entrepierna.
MIENTRAS SONIA ESPERABA
Me gustaba escuchar
el suicidio del agua
desordenadamente eterna
mientras Sonia esperaba
a la banda municipal.
Entonces
los pezones de Sonia
crecían lentamente
deseosos de sentir de nuevo un pasodoble.
Para mí no había música más maravillosa
que ese amanecer en la plaza del pueblo
mientras a Sonia le crecían
los pechos bajo el uniforme,
clarinete en mano,
sentada en la fuente.
La primavera eterna de Arantxa
Arantxa no paraba de matar momentos con su cámara fotográfica. Guardaba en su ordenador la vida como si de una mariposa se tratase en su belleza tras el cristal del objetivo, tras el cristal del tarro de mermelada de la mariposa que ahogada para siempre en su única primavera. Arantxa –como la mariposa de la primavera eterna, del tarro de mermelada- tenía el pelo corto y muy negro. Delgadísima y con unas palabras casi tan afiladas como su mirada, siempre crecían aún más sus enormes pechos en el primer encuentro, invitando a matar el tiempo, y también, por qué no, a imaginar barbaridades en el centro de esa criatura que la naturaleza había dado vida, la misma que ahora buscaba obsesionada que alguien la matase de una vez. Siempre llevaba un libro Arantxa. Leía mucho cierto, pero lo más importante, dotar de una apariencia informada a todo aquel que se colara en su objetivo, el singular sentido del valor de la belleza de Arantxa. Se apagaron las luces y comenzó el concierto. Las primeras caricias en la amplificación de mi guitarra comienzan a sembrar la magia en el pequeño local, y Arantxa no puede evitar empezar a llenarlo todo de segundos azules, en su desesperado intento de convertir en eterno esos momentos ya jamás irrepetibles. Se estaba mojando. No podía dejar de pensar en el volumen del pecho de Arantxa, y ese motivo empujó a mi vanidad para darle fuerte a la guitarra, y en consecuencia, darle fuerte a todas las almas allí presentes, deseosas de que alguien les meta mano bien dentro, que alguien juguetee con sus entrañas y sus sentimientos por unos minutos de una vez por todas, hasta el fondo, como en la feria. Arantxa disfrutaba mucho de este vértigo invisible, y fumaba nerviosa entre la pasión y la desesperación que desataba su pensamiento, que no se decidía a disfrutar simplemente. Arantxa siempre quería más, y nunca era suficiente. Esas fotos serían prolongación de aquella noche, pero jamás serían aquella noche, a pesar de su desesperado intento por cazar mariposas que ya nunca serían mariposas, como ella soñaba siempre, ahogada en su primavera eterna.
La desorientada existencia de Tula
Tula estaba liada. Aterrizó en Puerto Rico para desconectarse absolutamente y aún así seguía sin encontrar el sentido de su existencia. Tula era abogada pero estaba en paro y se ganaba la vida escribiendo informes al gobierno por un sueldo que le permitía la existencia compartida con dos amigas más en un estudio y poco más. Tula era una rubia resultona y simpática de esas que nunca pasan desapercibidas y sus dos amigas lo sabían bien. Sus dos amigas lo sabían de sobra porque en las fiestas Tula se descolgaba de ese enlace que las unía para unirse a otros elementos mucho más atractivos para la desorientada existencia de Tula. No podía evitar esa atracción que despertaba en todos, en todas, y Tula paseaba con esmero sus lindos ojillos confusos detrás de la cortina de humo del tabaco francés que fumaba Tula, que siempre fumaba tabaco francés a pesar de todo. Tula ríe un chiste fácil de una de sus compañeras de piso y aterriza en la mirada de Tula la mirada de Miguel, que no titubea en absoluto ni deja desvanecerse ante los encantos de Tula, que derretida por el suelo le pide un cigarro. Miguel le dice que sólo tiene el que sostienen sus labios, mientras coloca el cigarrillo en los labios de Tula. Tula despeinada de nerviosismo da una calada y vuelve a colocarlo en los labios de Miguel lentamente, aprovechando el gesto de coherencia y formalismo para acariciar con sus dedos los aterciopelados labios de Miguel. Miguel comprende el divertido juego de Tula y aprovecha el gesto para devolvérselo y probar los suaves labios de Tula, que ya no puede más y comienza a lamer suavemente la cara oculta de los dedos de Miguel. Tula estaba muy contenta y excitada con su nuevo juego. Miguel también, así que deciden mezclarse con la gente y encontrarse en los servicios cara a cara, sin cigarrillos de por medio ni cortinas de humo que puedan distraer la reacción sexual de ambos. Tula cierra el pestillo del servicio de caballeros y comienza a emborronar a besos a Miguel, que le saca las tetas de su camisa blanca y se las come con la avaricia del tiempo que se escapa. Se penetran el uno al otro y cuando ya están bien desbaratados, deshechos de tanto amor en tan poquito tiempo, salen con cierto éxtasis en sus miradas que los delata cara a los pocos que todavía quedan en la fiesta. Las dos amigas de Tula ya se han marchado. Miguel invita a Tula a su casa pero Tula no se fía y vuelve a casa por navidad. Ya en Málaga Tula acaba de tener una hija de Miguel que va a llamar Libertad como otras veces, que por supuesto -como en otras ocasiones- ha devorado después de comprender, como otras veces, que prefiere seguir devorando antes que ser devorada.
Rebeca
Rebeca se termina la sopa todos los días a pesar del asco que le da. El caldo está terminado con tanto gusto que a Rebeca le produce ansia ese caliente tan buen sabor de boca que le deja la sopa que prepara la cocinera con tanto gusto. La madre de Rebeca no consiente que Rebeca no se acabe la sopa. Si Rebeca quiere ver a Mario debe acabarse la sopa entera. Ahora Rebeca se peina el pelo, se polvoriza de perfume barato las tetas, y se sube sin casco a la moto en busca de Mario, que ya ha terminado en la gasolinera su jornada laboral. Mario sube detrás -feliz como siempre- y comienza a meterle mano por debajo de la camisa a Rebeca. Mario comienza a desabrochar, a magrear a Rebeca sin compasión, que ríe mientras siente cómo se cuelan las delgadas manos frías de Mario para coger sus calientes pechos en movimiento, cómo se cuela Mario en su alma. Ya en mitad del campo -escondidos bajo los árboles- Rebeca comienza a quitarle la ropa a Mario con la boca, se sube encima para follarlo sin parar de reír -húmeda hasta las rodillas- y Mario comienza a enloquecer, mientras Rebeca no para de hacerle el amor, morderle la oreja, y lubricarle todo el cuerpo con la su boca. Mario está mareado del ensueño, y el placer comienza a tornarse a dolor sin un orden en la intensidad, que Rebeca astuta queda con un trozo de la oreja de Mario en la boca, mientras ríe fuertemente con la barbilla manchada de la sangre de Mario que grita desconsolado. Mientras resuenan los ecos mezclados de las risas y los gritos, el cielo se oscurece, y Rebeca ata el cuerpo desnudo de Mario a un árbol y recoge su ropa sonriendo en el silencio de las cada vez más suaves quejas de Mario. El cielo ya se ha puesto rojo, hace frío y anochece profundamente, tras la estela del rugido de la moto de Rebeca que -con el casco de Mario puesto- corre a casa a cenar con mamá.
Un paseo alrededor de la mesa de billar
Me contaba cómo llegaba a media noche y se sentaba en el salón a leer un libro. Discutían y follaban, y viceversa. Bebían whisky de ese que tanto le gusta y seguían leyendo, follando, y bebiendo hasta la claridad del día. Otras veces me mandaba volúmenes de la historia del jazz por correo, y me castigaba con sus falsos embarazos y sus enormes discusiones sin sentido. A ella no terminaba de gustarle el caprichoso comportamiento de Joaquín pero le encantaba que la abofetearan mientras le hacían el amor, y eso Joaquín lo hacía muy bien. También le dedicó alguna canción en el último disco, pero eso sólo lo saben ellos, y ahora yo. Después viajó a México y desapareció. Volvió cambiada, con enormes y extraños deseos en sus palabras, con otro disco dedicado, pero sus palabras ya no eran las mismas, ni esos deseos tan suaves los que yo conocía, como cuando me escribió por primera vez para que escuchara su primera canción mientras me avisaba que ojito con plagiarla, que ya estaba registrada, como cuando nos vimos en Valencia y dibujamos un paseo alrededor de la mesa de billar…
Nano ya no podía más
Efectivamente Nano ya estaba hasta las pelotas. El mundo entero se había dado cuenta que Nano ya no podía más y tampoco prefería seguir. Nano lo único que quería era colgar de la entrepierna de Ana, esa fresca apertura que dejaba Ana tan suciamente abierta cada vez que íbamos a patinar. Nano estuvo fingiendo como un gran poeta que es que la perdición en sus rutinarios días de invierno era la entrepierna de Ana, la vecina del quinto. Todos los vecinos y vecinas sabían de su absoluto deseo por follar a Ana del modo más sucio que se pueda imaginar, pero Nano se entretenía constantemente en destruir cualquier atisbo de realidad con estos pensamientos del vecindario, tan reales y tan incómodos para Nano. Nano trabajaba en la cafetería que había después del quiosco, donde la madre de Ana vendía periódicos y chucherías. Fue una vez que se acercó Nano a por un paquete de cigarrillos que escuchó a la vecina comentar con otra que Ana solía ir a patinar a la bolera, que en el pueblo quedó en segundo lugar el año pasado. De este modo solían encontrarse en la bolera Ana y Nano, a Nano le gustaba esta casualidad pretendida. Ana patinando era realmente sucia, y a Nano le excitaba esa particular forma de abrirse de piernas de Ana, ese lenguaje en el silencio del continuo rechistar del hielo, esa conversación en silencio que destilaban las miradas de Ana con Nano. Ana no era del todo esa sensación de belleza que a Nano le hace enloquecer, pero no estaba mal para el invierno, hacía frío y en ese momento Ana era todo siempre. Nano pide un batido para Ana, que contenta le regala un beso mientras se le dilatan las pupilas. Nano está un poco harto ya de estos regalos breves que Ana le procura cada vez que le apetece o cada vez que quiere algo de Nano sin decírselo. Esta vez no eran ninguna de estas dos intenciones, era en agradecimiento por el batido de chocolate sin más, por lo que Nano agarra furioso de la mano a Ana que no comprende nada, la encierra en los servicios de la bolera y le hace el amor, mientras Ana se pone perdida de helado y gemidos y Nano no para de limpiarle el chocolate, mientras le come las tetas sin compasión, mientras Ana en mitad de un gemido eterno experimentando las nuevas sensaciones en su entrepierna, en los servicios de la bolera, donde entrenaba cada tarde para la competición local.
