Hemos matado el tiempo,
y con el tiempo la música,
ya no nos entregamos al sonido,
no dejamos que nos penetre,
que nos viole y nos cambie la mirada,
ya no se forman charcos de emoción,
ya no somos tan débiles,
y caminamos con un paso firme,
hacia la mismísima mierda.
Etiqueta: Miguel Pérez
Septiembre
Septiembre es de esos meses en los que apetece suicidarse. Suicidarse en coche, locos perdidos, hacerse un llavero con las nubes, mirar con los ojos empapados sin decir absolutamente nada colgando la mirada sin expresión reflejando las nubes de tu llavero nuevo. El corazón acelerado empapado de oporto y nuevas caras que nos suenan de tanta inexpresión e idiotez, los ojos locos perdidos llorando de tanta tierra y tanta novedad, el viento que azota las ideas y las ralentiza sin compasión, resoluciones gubernamentales y mucha pintura blanca que lo tape todo, bodas, bautizos, y comuniones, protocolos existenciales. Un mes para perderse en el amor brutal, en el más salvaje de los amores, sin contemplaciones, sin historias, sin esta puta realidad que nos hace a todos comportarnos como a imbéciles, suicidándonos como si nos hubieran drogado en alguna fiesta sin previo aviso, como si nada hubiera pasado, cuando nos ha pasado de todo sin darnos cuenta.
Detrás del cristal
El sindicato permanecía cerradísimo, para que el aire acondicionado funcionara correctamente. Por los cristales se veía cómo estaban fresquitos, cómo comían con las manos unos, cómo se las enjuagaban otros, en los enormes chorros de agua cristalina que lanzaban con fuerza los grifos del sindicato. Cómo se reían y disfrutaban en general de su jornada laboral. Detrás del cristal, mientras, la gente moría de hambre y pena, y los artistas morían desnutridos en las calles, en la cola del paro, justo cuando sus obras se reconocían y hacían más populares, incluso fuera de las fronteras, pues los funcionarios de todo el mundo las descargaban gratis sin permiso alguno dejando secos a todos estos artistas vivos, como si descargaran tal vez su sangre tal vez sin saberlo, como con la misma fuerza de los aquellos grifos del sindicato, con los que los funcionarios se limpiaban los restos de sangre y aliños, la grasa de las manos de tanta fiesta.
Ficción poética
La buena educación es siempre inversamente proporcional a la mala educación. Por lo tanto, siento decirlo, son todos ustedes una panda de hijos de puta.
Desnudo integral
Hace siglos quemé mi apariencia.
Ahora te toca a ti…
Se dejaba llevar
Gladys dejó de consumir incluso el tiempo. Pasaba las horas frente a la pantalla que le regaló su madre, y por ahí descargaba gratuitamente todo lo que no necesitaba, incluso a los amigos y los aquellos momentos de más alta excitación, los de la más alta felicidad imaginable. Horas y horas descargándolo todo, robando gratis. Gratis. Gratis. Todo por una línea de internet en oferta que contrató su padre a alguna de las tres empresas colaboradoras con el gobierno central mundial. Todo esto estalló en una pobreza absoluta, la gente como Gladys –así era el mundo y la gente antes- pasaba el tiempo sin comer frente al ordenador, ya no eran cuerpos, eran esqueletos sin movilidad consumiendo electricidad y bytes. Se dejó de usar la mente, la cabeza fue llenándose de grasa, el espacio del cerebro quedaba libre. Gladys, la humanidad, se convirtió entonces en un sencillo y terrible cálculo de calculadoras defectuosas. El hombre con su iPhone en el bolsillo cayó en su propia trampa, como todo un memo, y Gladys se dejaba llevar, como en la canción de Antonio Vega…
Aviones de papel para dos amigos de la infancia
El cielo lloró estrellas brillantísimas,
convirtió al día en la noche como en un parto.
El mar nocturno revolvió en una enorme iluminación azul
al que dejó ciegos
a los miles de pájaros que por allí volaban buscando calor,
buscando alimentos desesperados.
Un tsunami de estrellas
podridas de tanto brillar
se clavó en el mar,
en sus corazoncitos destrozados de dolor punzante,
atragantados de la tanta verdad
en un collage de inocencia infantil,
como en los escudos de oro de los muñecos de los niños,
que los ahogara para siempre sin compasión
en la su dantesca sinceridad sin saberlo
atormentados sin saberlo de una sola vez y para siempre
de hasta el fondo mismísimo eterno del amanecer más profundo…
A Félix Francisco Casanova
El día en el que mi dulce sangre se mezcló con la tuya,
en el que decidimos compartir nuestras arterias
para alargar el paseo por un puerto marítimo,
se me multiplicaron las pulsaciones para siempre.
Y no fue por culpa de mi casera de la calle Arcos,
ni fruto de las decisiones de un nuevo ministerio
o una empresa de paquetería en crisis.
Fue por el sonoro color vivo de tu sonrisa,
por el brillo tierno de tus ojos,
cuando leíamos a Félix Francisco Casanova…
60: La una por la otra
Los ojos de Berta comenzaron a crecer lo mismo que crecían sus pechos mientras chupaba el resto de chocolate helado hasta la humedad. La camiseta blanca de Berta, con aquella cruz roja dibujada en la esquina, comenzaba a destilar los deseos de Berta por encontrar infortunios, los ojos de Berta húmedos como su entrepierna pedían a gritos que la arrastraran hacia lo imposible, solicitaban en forma de llanto contenido de chocolate un poco de sentido para su vida, un poco de iluminación para poder seguir gritando hasta el final de sus días en aquel despacho de verduras donde ya nunca volvería a pelearse con su prima Angélica de hasta arrancarse los pelos, delante de los vecinos de hasta romperse las prendas entre los sonidos de amor que sentían la una por la otra sin hacer ruido.
Sondados
Has dejado tan poca huella en mí,
que ahora mismo te estoy meando
en unos baños públicos.
