Cuando se sentó frente al piano la gente empezó a comprenderlo todo y a despeinarse, a ver si alcanzaban un ratito aquella tranquilidad que le brillaba en los ojos…
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Trozos de películas desordenados
La vida de Mayra, los sábados por la noche de Mayra -porque Mayra en las demás horas, en los demás días de la semana no tenía vida- se redujo a compartir archivos electrónicos por el Facebook con sus amigos argentinos, mientras se atiborraba de Red Bull sin azúcar para poder disfrutar toda la su noche llena de intensidad frente a la pantalla. Los niños se habían ido con su padre y su hermano pequeño se había marchado a emborracharse con sus amigos como todos los fines de semana, y la casa quedaba sola para ella, y en la oscuridad brillaba la pantalla de Mayra llena de mensajes con buenos sentimientos. Mayra sentía cómo poco a poco su vida se iba vaciando, recordaba los conciertos de clarinete con la banda, los viajes con sus compañeros de instituto, su novia polaca, su perrita… Ahora sólo quedaban palabras escritas en una pantalla, conversaciones por video chat, y trozos de películas desordenados en apariencia… Mayra recuerda los suaves sonidos de la su perrita, la única música que le quedó después de terminar con Gladys…
Arañazos
Gladys amaneció llena de arañazos. Nadie ha ido a visitarla, a ver si sigue viva.
Las tripas de la perrita de Mayra
En realidad Gladys tenía la sangre trastocada por culpa de su reciente separación con su última novia. Gladys no soportaba la reciente reconstrucción personal de Mayra. Gladys arrancó las tripas de la perrita de Mayra de un único volantazo, sin pensarlo. Es el motivo real del desquicie de Gladys, que ahora ya no descansará hasta ver en los ojos de Juan la misma lágrima que brilla colgando del ojo izquierdo de Mayra la muerte de la perrita de Mayra brillando ahora en la mirada satisfecha de Gladys que desconoce por completo qué significado retiene como una enfermedad incurable la mirada enloquecida de Juan intentando colarse entre los pechos de Gladys a la misma hora todas las mañanas en la parada de la plaza de Puntagorda. Juan sentía por dentro un pellizco, un asco mezclado con tal cantidad de placer que era prácticamente imposible no pasarlo bien. Gladys gastaba las horas del día untando en su cuerpo cremas y más cremas, preparando el acontecimiento. A Juan se le escapaban los días pensando en Gladys…
Puntagorda
Gladys disfrutaba con los golpes de viento, los que le provocaban la velocidad de la sangre en sus arterias y el refresco suave y repentino con el vuelo de su falda por la mañana. La sonrisa de Gladys en la parada del autobús la delataba. Gladys disfrutaba viendo cómo su vecino se enloquecía al recibir de golpe el fotograma de su entrepierna tan fresca al amanecer. Era entonces cuando su vecino huía por la avenida esperando no volver a ver semejante escena. Pero todas las mañanas ocurría. Por azar, por provocación, por coincidencia, por Dios sabe qué, todas las mañanas en la plaza de Puntagorda Gladys dejaba ver un fotograma de su entrepierna desnuda recién rasurada a su joven vecino jubilado en la parada del autobús. Juan era guardia civil, pero su esquizofrenia lo delató en el cuerpo y lo cesaron para siempre y se compró una casa en Puntagorda para vivir lejos del mundanal ruido, con el único acompañamiento del canto de los pájaros en el día y el de los grillos en la noche. Su esquizofrenia lo delató ante el cuerpo como quizá la sonrisa de Gladys en el suyo, o como quizá los ojos brillando de Gladys clavados en las pupilas esquizofrénicas del joven Juan mientras crecen los pechos de Gladys y se clavan en la camiseta a falta de la joven espalda de Juan adonde quizá quisiera Gladys que llegaran sus pezones, alcanzar la ansiada espalda de Juan hasta atravesar la piel de Juan con la suya y dejar que la sangre manche la espalda de Juan y manche así también la camiseta de Gladys, y así sus pezones manchados con la sangre de Juan los uniera para siempre, que decidido a arrancar de cuajo esta casualidad de su rutina diaria prepara un siniestro acontecimiento, pero no por ello escaso de sutiles matices…
Vínculo
Me parece bien,
pero yo entonces mejor me aparto,
no quiero que me salpique ninguna estrella…
Infinitas mentiras
Después de tanto tiempo me di cuenta que toda esa rara nostalgia la habíamos inventado. Todos echábamos de menos y eso era lo único cierto. Lo demás no estaba del todo claro, el quién o quiénes, el qué, no era lo más importante. Al llegar comprobamos la misma desesperación humana que existía en todas partes que cada vez más crece, el calor del excesivo frío, los olores desagradables de tanta colonia y las risas acartonadas sobre tu cabeza por la desilusión mezclada con la desgana existencial. El movimiento de las nubes, el fuerte olor a perfumes caros comprados en tiendas baratas colándose sin permiso y acomodándose en las texturas de tu alma, los vestidos baratos comprados en tiendas caras, sencillos, y el exceso de acomodarse a un determinado modo de existencia por miedo a cruzar el significado de las palabras, por miedo a atravesar aquello que damos por supuesto y que realmente no es más que otra de las infinitas mentiras que han conformado nuestra estúpida existencia para facilitar nuestro uso. Ahora echamos de menos, otra vez, como siempre, qué ilusos. Lo que no está claro, como siempre, a qué o a quién.
La paz de los domingos
Almudena tragaba saliva sin saber demasiado bien qué hacer con la flor que cortó Laura del jardín del vecino para obsequiarla. Patricia
quedó descompuesta. Lanzarote le removió por dentro con la misma
fuerza con la que los vientos alisios descomponen el paisaje una y otra vez. Patricia no termina de acostumbrarse a la presencia de Laura. Almudena intenta compartirse, pero Laura y Patricia hablan distintos idiomas y es imposible que la comunicación fluya como desearía Almudena. Los bares han cerrado y Patricia quiere emborracharse. Almudena llama a un taxi y suben las tres para acabar la noche en casa de Almudena donde todavía quedan cervezas. La tensión entre Laura y Patricia crece y Almudena disimula clavando la mirada en el ordenador donde copia los discos que ha comprado Patricia con los euros que le han sobrado. Laura toca el piano. Almudena se emociona pero no lo hace notar. Laura se cansa de hacer piruetas y después de dos horas interpretando nocturnos de Chopin se va a la cama. Almudena se desnuda y abraza a Patricia y hacen el amor sobre el piano de Laura. Suena el despertador y Almudena acompaña a Patricia al aeropuerto donde se comen las bocas por última vez. Almudena regresa a su casa con su paisaje interior revuelto nuevamente. Mientras suena el café pone la flor en agua. Le han arrancado la libertad, y es tan doloroso que la felicidad que comparte con Laura será como una música de Satie, que nunca se sabe bien qué dichoso misterio esconde dentro.
Escupiendo espumas
Cristina tenía un ligero brillo en los ojos bastante alucinado. No acertaba ni aceptaba exactamente nada y esto provocaba en ella una inexactitud e inestabilidad vital que le proporcionaba cierto entusiasmo. Los días pasaban rápidos y se acercaba el final, y Cristina seguía sin determinar sus ensayos, que siempre empezarían de una manera y terminarían de otra totalmente distinta. Procuraba atormentar a todos sus músicos con discursos despacios que tranquilizaran o que aparentemente quisieran conseguir este objetivo aburrido, pero tanto espacio entre palabra y palabra conseguían otros discursos no verbales que hacían relamer de entusiasmo a todas aquellas jóvenes promesas que trabajaban en aquella ocasión con Cristina, justo el objetivo real de Cristina. Parecía terminar el encuentro y María se atrevió a pedirle a Cristina que la acercara a casa, que no se encontraba demasiado bien como para volver sola con tanta música dentro. Curiosamente Cristina estaba deseando invitar a cenar a María desde los primeros momentos en que sus miradas se cruzaron en los primeros intentos de ensayo, y aprovechó esta ocasión inmejorable para conocer aún mejor los sus desvelos. María acabó con su novio la noche anterior, lo descuartizó literalmente y tiró sus trocitos al río más cercano. María se sentía preocupada por éste su terrible impulso. Los celos de María pudieron en esta ocasión con sus pasiones y no dejaron explicar a su novio los motivos reales por los que se acostaba todas las noches con la inaccesible Cristina que sin poder dejar de terminar a María de contar la su historia real, la comió a besos con los ojos llenos de lágrimas todavía sin abrir la botella de oporto que Cristina siempre reserva para sus músicas y ocasiones especiales como esta. La escena colma de emoción y amor a María sin saber muy bien por qué sin enterarse muy bien de qué, y decide arrancar la poca ropa que lleva Cristina y hacerle el amor sin explicación lógica muy lentamente. Amanece y mezcladas de sangre, se comen las bocas por última vez a la luz del día y deciden entregarse, llenas de música, entregadas al estreno absoluto de sus encantos, a la realidad estúpida que se había trazado a su alrededor sin demasiado orden, como improvisadamente, con música de fondo de un puñado de niños prodigio que acabarían en cualquier siquiátrico al conocer lo sucedido, aporreando pianos, escupiendo espumas…
Los globos
Obsesionada con romperlo todo
acudía a las fiestas siempre de negro
con la única intención inocente
de romper los globos
con la última chispa azul de sus cigarrillos
quizá anunciando una estela silenciosa
de cómo los seres humanos
podían ser tan absurdos
y arruinar su bienestar temporal en una fiesta
por culpa de la explosión de
objetos de goma rellenos de aire
tan triviales como divinos
depende del momento, ya se sabe, la apariencia.
