Nubes negras

Llegó la hora de cenar y alguien comenzó a cortar dedos y a mancharlo todo de sangre. El pueblo entero se perseguía a sí mismo, se teñía de rojo cuchillo en mano solidarizándose absurdamente. La locura y el hambre se adueñaron de sus pertenencias, las que ya no eran suyas. Acabada la mortadela, se devoraban unos a otros sin orden, el paisaje era borrado por unas nubes negras que disminuían poco a poco mientras crecían los gritos y llantos. El silencio reinó por vez primera sobre la lluvia eterna, que hizo que desapareciese todo sin dejar ni rastro de recuerdo alguno acerca de sus existencias.

Amaneceres amarillos

En los periódicos posaban jóvenes promesas de la literatura como si de una colección de insectos se tratase, labios pintados, gafas de pasta, complementos de colores. Se mezclaban con o sin permiso con los sonidos y los números, en un empeño por hacer nueva literatura a base de antiguas nuevas confusiones atractivas, o nueva música, como se prefiera. Aunque en realidad, todo olía a la misma mierda, todo era una puta pose que me hacía vomitar a cada momento. Un intenso olor a mierda que se mezclaba con algún desafinado rugido de guitarra eléctrica, saxos, baterías digitales, y voces débiles que intentan parecer auténticas y modernas, asco. Un intento de sexo, un intento de latido joven, un intento de intentar la vida, con permisos oficiales, oficialmente autorizados reintentados y recomendados recomendables (escupo sangres hasta llegar al baño, como cuando los toros que circulan por el albero antes de morir sabiendo que ya son pretérito).

Vacaciones de un par de funcionarios del estado

Mario y Gladys destacaban que sentían correr la felicidad por la intensidad interna de sus almas. Tumbados, envueltos en canciones después de otra taza de café, de otro paquete de cigarrillos, de otra cerveza, Gladys y Mario leen juntos un poema más de Fernández Mallo, y toman una pausa en su lectura indie, en su viaje astromántico, para darse un beso y acariciar una vez más el aviso del barquito de los Romero, que nuevamente lleva a los tres mismos turistas infinitos a comprar souvenirs a la otra orilla. En la orilla de la isla número ocho Mario juega con las conchas. En la orilla seis, Gladys termina de ver Melancholia de Lars von Trier, y los tres turistas, ya de noche, intentan comunicarse nuevamente, a pesar de hablar cada quince días en un idioma distinto, de cambiar la fecha de nacimiento, el sexo, y la intensidad misma de sus existencias. El vino que les gusta, que ahora los igualaba en el estricto sentido del regocijo infinitamente común de sus vacaciones en una playa desierta de una isla número ocho para siempre, la misma isla número ocho de la que Mario suele hablar en sus comentarios subjetivos para una comercial revista de pensamiento libre de la península, en la que Mario pasó sus años mozos robando el alma a las personas que tenían sentimientos puros, riéndose del profesor de música y partiendo bocas sin ton ni son, la intensidad interna adolescente de Mario, follador de putas, amante de desencantados, se palpa la misma intensidad de Gladys cuando entripada en cerveza española quemaba con gusto conservatorios para después fotografiarlos y extraer conclusiones, sobre los que pintaba expresionismos de amor para siempre siempre desnuda y siempre sobre un piano rojo.

Sistema

En realidad a Mario no le había parecido buena idea, pero tampoco le importaba ya tener que coger nuevamente un barco. A Mario no le gustaban los barcos. A Mario no le gustaban los paisajes marítimos en realidad. Sin embargo, Mario lleva toda su puta vida rodeado de agua, de calas naturales y paisajes vacacionales que a Mario le hacen multiplicar su odio a todo lo externo a su persona. Mario quiere una piscina de agua de mar caliente para cocer su existencia, sin embargo, la impresora marca que no hay papel, y Mario se siente frustrado una vez más. Entonces Mario se lía a patadas con la impresora y la impresora explota. Llega la dirección del centro, se frustra también y se ensaña con los ordenadores. Los chiquillos revolotean por el patio jugando a los asesinatos, poniéndolo todo perdido de sangres, provocando accidentes. En los servicios de profesores un par de encargadas de la limpieza se hacen el amor en un descanso infinito. Los profesores están todos de guardia, contando baldosas. El sistema sigue funcionando.

Septiembre

Septiembre es de esos meses en los que apetece suicidarse. Suicidarse en coche, locos perdidos, hacerse un llavero con las nubes, mirar con los ojos empapados sin decir absolutamente nada colgando la mirada sin expresión reflejando las nubes de tu llavero nuevo. El corazón acelerado empapado de oporto y nuevas caras que nos suenan de tanta inexpresión e idiotez, los ojos locos perdidos llorando de tanta tierra y tanta novedad, el viento que azota las ideas y las ralentiza sin compasión, resoluciones gubernamentales y mucha pintura blanca que lo tape todo, bodas, bautizos, y comuniones, protocolos existenciales. Un mes para perderse en el amor brutal, en el más salvaje de los amores, sin contemplaciones, sin historias, sin esta puta realidad que nos hace a todos comportarnos como a imbéciles, suicidándonos como si nos hubieran drogado en alguna fiesta sin previo aviso, como si nada hubiera pasado, cuando nos ha pasado de todo sin darnos cuenta.

Detrás del cristal

El sindicato permanecía cerradísimo, para que el aire acondicionado funcionara correctamente. Por los cristales se veía cómo estaban fresquitos, cómo comían con las manos unos, cómo se las enjuagaban otros, en los enormes chorros de agua cristalina que lanzaban con fuerza los grifos del sindicato. Cómo se reían y disfrutaban en general de su jornada laboral. Detrás del cristal, mientras, la gente moría de hambre y pena, y los artistas morían desnutridos en las calles, en la cola del paro, justo cuando sus obras se reconocían y hacían más populares, incluso fuera de las fronteras, pues los funcionarios de todo el mundo las descargaban gratis sin permiso alguno dejando secos a todos estos artistas vivos, como si descargaran tal vez su sangre tal vez sin saberlo, como con la misma fuerza de los aquellos grifos del sindicato, con los que los funcionarios se limpiaban los restos de sangre y aliños, la grasa de las manos de tanta fiesta.