Gladys VI

El corazón de Gladys VI se cae al suelo y florecen mil corales de Bach que atraviesan el cielo provocando mil brillos en las almas que todavía no se habían entregado a la velocidad. Nadie tenía intención de comprender nada ni muchísimo menos tomarse tiempo para ello. La mímesis les obligó a apartar la autenticidad de cualquier atisbo de vida en sus miradas. Cualquier mala interpretación de lo que ocurría podía ser utilizada en su contra, y era preferible y predecible incluso que todo siempre permanecería quieto y perfectamente ordenado, pero con ribetes ensangrentados en aparente movimiento incesante por el exceso de brillo. Miles de sonidos hicieron estallar a Gladys.

Matar la tensión

No estaba decidida del todo pero supuso que evitar sólo esta vez un descuido podía ser la solución para matar la tensión con Juan. La playa estaba completamente peinada y estaba amaneciendo. Juan esperaba la guagua como todos los días, esperando de paso a Gladys y hacer más excitante el desayuno con el regalo diario. Gladys dejó pasar la columna de aire como siempre por su entrepierna como es costumbre para el deleite matutino de Juan, para el refresco múltiple de Gladys por la mañana. Pero Gladys lleva esta vez unas preciosas bragas blancas. Y esto a Juan, pese a la preciosura del encaje, no le ha hecho ninguna gracia. La tensión crece entre Juan y Gladys. Los vecinos sienten cómo la sangre comienza a correr más deprisa. Y a Gladys le crecen los pezones con esta contradictoria situación.

Ese momento de Mario

El cielo iba desapareciendo, iba tragándose el azul para convertirse en unas pequeñas lucecitas misteriosas que también desaparecerían con el humo azul de Mario. Mario que expulsaba por última vez el humo azul en aquella isla, dejándose atravesar por las notas de Bill Evans que escapaban de una vieja radio, mientras el tiempo mordía a Mario, mientras Mario mordía la última chusta de la noche con cierto desprecio mirando al mar que ya era sólo reconocible por las intermitencias de la farola, que junto al aroma salino de aquella noche hicieron escapar unas lentas lágrimas a Mario, quizá por nostalgia, quizá porque las intermitencias de la farola eran una invención en ese momento de Mario, porque farola sólo hay una, y porque más quisiera Mario quedarse ciego con las aquellas intermitencias que de vez en cuando, seguía echando cada vez más de menos…

Restos secos de vómito

Buscaron otra posición para poder acabar pero la cosa ya tenía poco arreglo. Mario bajó al sótano a vomitar a solas y Virginia se puso a llorar nuevamente. El olor a sucio ya estaba calando en sus almas y era prácticamente imposible obviarlo. Mario se limpia los restos secos de vómito y confiesa a Virginia que no le gusta la trompeta, que lo que a él realmente le mola es follar polacas. Virginia rompe la copa de vino en el suelo y se echa encima de Mario como una fiera sin comprender exactamente qué sentimiento ha pretendido plantar Mario en sus entrañas, si acaso ha pretendido plantar algo, si acaso ha pretendido algo, por miserable que resulte. De fondo, un disquito de música electrónica pasado de fecha, que es lo que a Virginia le gusta, el regusto desgastado de la música por nueva que parezca. Mario intentó conseguir el teléfono de Virginia, pero era tal la excitación que lo único que consiguieron fueron un par de maravillosos orgasmos a la luz de las velas y el aroma a basura que proporcionaba aquella esquina cerrada. Virginia acaba con el tocadiscos a martillazos y Mario se sienta al piano. Virginia lo abraza por detrás mientras de los dedos de Mario nacen vestidos y boleros con sonido de piano para su amor. Virginia llora de emoción y moja la boca de Mario con sus lágrimas. Mario cierra el piano y sale a pasear por una calle cualquiera de Málaga, sin el teléfono de Virginia, por supuesto.