Enchufado a una puta bolsa

Me dan ganas de incrustar el ventilador en mi sexo
que destruya todos estos centímetros de sentimiento
en pequeñas o grandes explosiones de sangre
que diluya en mi alma
todo lo que guarda en una bolsa
en la que una marea amarilla mezclada ahora con rojo
determina el final de mi nuevo comienzo, otra vez,
lo mismo que España.

Las lenguas de Belkys y Gladys

Belkys había bebido demasiada sidra de frambuesa y no estaba demasiado excitada con la idea de visitar Corralejo. En realidad su destino en Tenerife no le llamaba demasiado la atención, pero tampoco la dejaba de sorprender. Por qué la habían destinado a ese extraño lugar donde montón de turistas irían a intentar colarle al destino algo de sentido a sus vidas por unos días era algo que realmente no tenía ningún sentido en ese momento. Ella en realidad sólo quería seguir tocando su piano y practicar sexo con Mario todas las noches, que ahora está de gira por Tokio, donde sus músicas a base de puñetazos bien lentos al piano y bien fuertes estaban causando verdadero furor entre la clase obrera conceptual. Gladys se enciende el sexto cigarrillo de marihuana y las risas acaban en la boca de Belkys sin saber demasiado a cuento de qué. La lengua de Belkys imagina la boca de Mario y mezcla el sabor a frambuesa de la su boca con el sabor de a la cerveza de la boca de Gladys, la lengua de Gladys que sigue besándola para siempre, retorciéndose de placer imaginando que para siempre es la última noche y nunca la boca de Belkys será eternamente suya como en ese momento.

Para no desaparecer dentro de sí mismo y existir

Ana había dejado caer trozos de sangre por el suelo, pistas para Luis, las que Luis no vería por culpa de su ceguera. Luis sólo veía la sangre de Ana cuando estaba húmeda, cuando lubricaba su sexo fresca mientras húmeda Ana mojaba de lágrimas las pupilas de Luis, que ahora recuerda el sexo de Ana la humedad de Ana cuando imagina escenas tórridas mientras persigue el trazo imaginario que se sitúa entre la parte húmeda de las lágrimas de Ana en las esquinas de los folios de las oposiciones y los esquemas resolutivos de tanto párrafo y los otros esquemas que Luis ha pintado en un trozo de su corazón para poder seguir viviendo sin Ana esas ecuaciones que Luis ha tardado meses en calcular haciendo constantemente uso del número pi para no desaparecer dentro de sí mismo y existir, algo que a Luis siempre le ha importado demasiado, colgar las ecuaciones para existir por las paredes de su habitación, como las notas adhesivas que se multiplican en el marco del escritorio del ordenador de su recientemente desaparecido padre. Por culpa de la infancia de Luis rodeado de la filosofía de todos esos existencialistas que colmaban la biblioteca de su madre Luis ha devorado constantemente sin saberlo toda su vida toda su existencia gris los libros de Sartre. Ahora Luis se hace unos huevos fritos y recuerda a Mario cuando se montaba en el coche con el cigarrillo de marihuana en los labios, el sonido del fuego cuando Mario desapareció del fuego de Mario y Ana por los aires la sangre y el olor a carne quemada en las barbacoas con los del instituto y las canciones con acordes desafinados que servían como colchón a unos besos que nunca ocurrirán. La madre de Luis no soporta a Luis, se satura de su existencia y es por lo que el marido de la madre de Luis se quita la vida. La madre de Luis es escritora y relata lo sucedido a Mario en unas líneas no muy inspiradas que hacen que su carrera se desenlace cuesta abajo y sin frenos, algo que a Luis le produce felicidad mientras saborea la textura de los huevos fritos que acaba de preparar con una pizca de sal, los colores y aromas de los huevos fritos recién hechos resbalando por la barbilla de Luis en un pequeño suicidio hacia la ropa impregnada del humo de los cigarrillos de marihuana que invaden la cocina de la casa de Luis. Luis deja arrancar un par de lágrimas recordando las últimas risas de Mario, los gritos de dolor de Mario cuando el accidente el olor a carne quemada la fogata de la última fiesta de la clase en la playa, los pechos desnudos de Ana en su boca. El padre de Luis era funcionario y alimentaba la existencia bipolar de la madre de Luis que en realidad no era la madre de Luis. Mario era hijo de la madre de Luis sin que nadie lo supiera y es por lo que la madre de Luis se satura de Luis que no es hijo de la madre de Luis sino del padre de Luis el enorme hombre gris de horario fijo y vacaciones estables de existencia gris que hace que el corazón bipolar de la madre de Luis intente a menudo latir de un modo estable sin la presencia de Mario. Mario nunca supo que era hijo de la madre de Luis, Mario tuvo relaciones sexuales con la supuesta madre de Luis que llenaron de ganas de morir el alma del padre de Luis que llenaron de lágrimas de placer los ojos de la madre de Luis. El padre de Luis no soportaba aquella situación estúpida, los ojos del padre de Luis comenzaban a gritar en un idioma desconocido al ocultar sus escarceos sexuales con la joven Ana aquella que nunca supo amar a Luis y un día decidió suicidarse en un coche con Mario, planear morir de amor con el padre de Luis no era suficientemente bello como no lo era comerse la húmeda entrepierna de la madre de Luis todos los fines de semana o las pistas en el suelo de la sangre seca de la entrepierna poco a poco en la cocina de la casa de Luis o arder con Mario mientras hacían el amor y lloraban juntos locos perdidos hasta ofrecer una hermosa luz una hermosa explosión bien grande a cámara lenta que dejara ciegos para siempre a todos los demás.

Volver

Mario y Gladys se han sentado a cenar. Hay un disco de Calamaro que suena de fondo, tangos clásicos de los que le gustan a Mario. Gladys está ilusionada por cenar con Mario, quiere contarle lo bien que se lo ha pasado en Polonia, lo mucho que le ha echado de menos. Mario fija sus sentidos en el sabor de los tangos que perfuman el salón, y el perfume del sabor de la sopa que con cariño ha preparado Magda para una noche tan especial. Magda coquetea con Mario, juega con las miradas y los silencios, y Mario comienza a aburrirse. Llega el segundo plato. Mario está un poco cansado de escuchar las historias de Gladys, las diferencias entre las nubes en Tenerife y en Polonia, y se sirve un poco más de agua, empieza a tener calor. Gladys no para de hablar, el vino le ha sentado fenomenal, sobre todo en compañía de Mario. En realidad lo que a Gladys le preocupa es contarle a Mario lo que ha pasado con Juan y su mujer en Polonia, los apasionados encuentros en la casa de la mujer de Juan, todo lo que ha descubierto en su ausencia. No estaba nada preparada para soportar ese tipo de situaciones y quiso cubrirlo todo de nervios pero de otra clase, quizá los nervios de un nuevo paisaje, de una nueva cerveza, de otras temperaturas… quizá los nervios de la celebración de su quinto aniversario juntos, la cena de celebración del aniversario de Mario y Gladys. Pero en realidad Gladys respira de otra manera después de su viaje a Polonia, su sangre fluye más deprisa, su corazón está nuevamente abierto, sus ojos brillan aún más. Mario termina de comer y enciende un cigarrillo más aburrido aún. Magda abre las ventanas y prepara el café, Gladys aconseja a Mario que apague el cigarro, mientras le recuerda que el médico se lo tiene prohibido. Mario enfadado revienta el cigarrillo en el cenicero de la mesa, que ya está siendo recogida por Magda, mientras le comenta a Gladys que él no ha tenido apenas tiempo de acordarse de ella, que él no ha parado de follar con Magda toda la semana hasta quedar sin aliento. Gladys comienza a llorar. Magda se masturba en la cocina mordiéndose los labios de placer. En el viejo equipo de alta fidelidad Calamaro canta Volver.

Ya no se follaba igual

La música dejó de pinchar los corazones. La sangre brotaba sola sin avisar, y millones de jóvenes la grababan en sus teléfonos para compartir con millones de jóvenes sus superficiales análisis de lo ocurrido. La sangre se despertó y ahora brotaba pero hacia atrás, se introducía en los corazones como los lobos se esconden en la noche. Un león en nuestras almas mordía nuestra inocencia tragándose a lingotazos nuestra sensibilidad hasta dejarnos secos. Internet quedó podrido de fotos con nuestras más íntimas intimidades sin darnos cuenta. No nos importaba nada. La sangre ya ni salía ni entraba, ya no se follaba igual.