Los lloriqueos de Gladys

Gladys dejó caer un par de lágrimas. Pudo evitarlas, pero ya estaba cansada de interpretar y por una vez va corriendo desnuda por los pasillos de la casa de Mario, que ahora está buscándola en su piano, otra vez, mientras los lloriqueos de Gladys van y vienen por los enormes pasillos de la casa. Y mientras Mario graba en el iPhone la última idea que ha nacido justo en mitad de un lloriqueo de Gladys, el más leve, el más lejano, que ha mezclado con uno suave cerca de sus labios, la segunda lágrima de antes que moja el pecho de Mario y le enciende la inspiración, Mario siente la necesidad de desnudarse también. Pero Gladys ya se ha ido.

Un otoño en el alma

Lydia había pedido una taza más de café, estaba en El Hierro, estaba tranquila. Aunque ya estaba casi de vuelta de todo, Lydia se sorprendía como el primer día, no podía evitarlo. Su sicología era muy compleja, como el sabor del café italiano con hielo ante ese paisaje tan cambiante que enloquecía la percepción de Lydia, que aquellos días estaba teniendo el principio de un otoño en el alma, un comienzo de serenidad por fin en el corazón de Lydia caliente como un volcán en erupción permanente. Ahora está en un pequeño apartamento en la isla de El Hierro, se acercó a disfrutar de las fiestas patronales, que se celebran cada veinte años, y duran dos semanas. Dos semanas en las que la isla se para para enlazar una y otra vez la noche con el día hasta perder la noción del tiempo, para vivir el centro del centro de un mes que es septiembre como sólo es posible vivirlo cada veinte años en El Hierro, con bocanadas de calor y frío, como el tercer café que ha pedido Lydia, con su correspondiente chorreón generoso de Baileys. Pero en realidad las fiestas son una excusa para Lydia, la vida al fin y al cabo se compone de excusas que se enlazan unas con otras mezcladas con casualidades. Eso era la vida para Lydia, que no paraba de ingeniárselas para girar y girar sin parar. Después de disfrutar del atardecer en aquella terraza donde solamente estaba Lydia saboreando sus cafés italianos y sus cigarrillos franceses, ha decidido Lydia levantarse y pagar a la encargada de la cafetería, no quiere que el supermercado del pueblo le cierre. Lydia quiere comprar un par de botellas de oporto, tinto y blanco. Por la noche llegará Verónica con ganas de tomar algo, y a Lydia le gusta recibir a sus amigas como sólo ella sabe hacerlo. Hace veinte años que no ve a Verónica, compañera de la facultad, y era un reencuentro esperado después de tanto correo electrónico y tanto whatsapp. Verónica es traductora y poeta y viene del Japón solamente para ver a Lydia, que no ha pasado por el mejor momento de su vida. Ahora Verónica escribe un whatsapp a Lydia para avisarle que el vuelo ha sido cancelado. A Lydia se le escapa una leve lágrima que se suicida sin aviso recorriendo el surco del centro del centro de sus pechos desembocando en una masturbación desesperada. Las fiestas han comenzado.  

El castillo ambulante

A Mario le basta con su ventilador en esos días últimos de verano. Juan no comprende del todo que Mario sea feliz con tan poco, pero la luz es lo más importante para Mario. Leer y escuchar música a diario requiere la luz para que la inspiración llegue, el calor o el frío puede sortearse. Mario ha decidido comprar otro paquete de Chester, Limbo de Fernández Mallo lo merece, una versión jazz en trío del tema principal de El Castillo Ambulante lo merece. Mario ha encontrado de nuevo la inspiración, es su pequeño gran secreto gritado a voces. Mario ha sustituido el Oporto por copitas pequeñas de Martin Miller que toma sólo los sábados por la noche, nadie lo sabe pero es así desde hace algún tiempo. Alguien le ha recomendado una película y Mario no para de verla una y otra vez. Mario está feliz, muy feliz. Por fin. 

El uno del otro

Gladys y yo seguíamos escuchando los mismos discos, íbamos a la contra de la humanidad. Seguíamos leyendo los mismos libros, y comprábamos en las mismas tiendas de siempre. Teníamos los hábitos muy marcados Gladys y yo, y ya cambiarlos era un poco tedioso. Ese fue el único motivo real por el que Gladys y yo nos separamos para siempre Mario. Ya no nos soportábamos, sólo eso, no soportábamos más seguir con esa pantomima que habíamos construido un poco el uno con el otro para hacernos más atractivos mutuamente. Se palpaba la farsa. Siempre follábamos de la misma forma, las mismas posturas, las mismas respiraciones… los tiempos ya estaban tan decididos que nada resultaba. Nos aburrimos tanto el uno del otro que decidimos mutuamente hacer nuestra vida paralela fuera de casa hasta separarnos por completo sin tener que usar la mentira, encontrar otras temperaturas que nos hicieran sentir vivos, calor humano real. Entonces fue cuando ambos comenzamos una relación consentida fuera de casa, con una pintora ambos, casualmente. Y ese fue el error Mario, la metedura de pata. Ninguno sabía que hablábamos de la misma persona, de la misma artista, que nos gozó privadamente a ambos en su estudio, sin desvelar su atrocidad sentimental. Nos mentimos sin pretenderlo Mario. Y aquí seguimos como podemos, contaminados de arriba a abajo, sin sentir siquiera dolor, sin dirección ni mapa posible para nuestras vidas.

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Principio y fin

Mario está cansado otra vez, siente los continuos golpes de calor en el día, los de frío por la noche. Comprende una vez más que ya el tiempo se está acabando nuevamente en la isla eterna. Se acaba el curso de nuevo, como empezará otro, siempre es así. Como el amor, el tiempo es finito cada año para Mario, que acaba lo que vive en un constante principio y fin infinito, como improvisando en su piano, como improvisando en su corazón, que más que un corazón se ha convertido en un estómago que traga ahora otros corazones, cada vez más deprisa, una lavadora diabólica que elimina los desencantos y devuelve los colores vivos a quienes los necesitan para vivir. Mario rellena actas en blanco y negro en la orilla silenciosa del atardecer, bebe un último trago de Martin Miller, y siente nuevamente que se sale del margen poco a poco. Y siente y dibuja poco a poco pentagramas en aquellas páginas oficiales vacías cada vez más. Mario comienza de nuevo a escribir notas, a tenderlas en el pentagrama, a vomitar en forma de música a golpes de martillo en el piano de aquel chiringuito aquella tarde, donde los colores del cielo que lo envolvieron para siempre hicieron una vez más el amor hasta el anochecer.

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