También has destrozado
mi percepción del sonido
y por tanto
mi forma de
inventar la nostalgia,
y por tanto
mi forma de inventarte.
Te has destruido,
y ni te has dado cuenta.
Categoría: Noticias
Gladys VI
El corazón de Gladys VI se cae al suelo y florecen mil corales de Bach que atraviesan el cielo provocando mil brillos en las almas que todavía no se habían entregado a la velocidad. Nadie tenía intención de comprender nada ni muchísimo menos tomarse tiempo para ello. La mímesis les obligó a apartar la autenticidad de cualquier atisbo de vida en sus miradas. Cualquier mala interpretación de lo que ocurría podía ser utilizada en su contra, y era preferible y predecible incluso que todo siempre permanecería quieto y perfectamente ordenado, pero con ribetes ensangrentados en aparente movimiento incesante por el exceso de brillo. Miles de sonidos hicieron estallar a Gladys.
Trozos de sangre
Juan gritaba con su guitarra esperando una respuesta infinita de Gladys. Un banco de mujeres paseaba tras los cristales del restaurante con sus bicicletas y trozos de sangre latiendo en su interior. A Gladys se le cae una lágrima.
Matar la tensión
No estaba decidida del todo pero supuso que evitar sólo esta vez un descuido podía ser la solución para matar la tensión con Juan. La playa estaba completamente peinada y estaba amaneciendo. Juan esperaba la guagua como todos los días, esperando de paso a Gladys y hacer más excitante el desayuno con el regalo diario. Gladys dejó pasar la columna de aire como siempre por su entrepierna como es costumbre para el deleite matutino de Juan, para el refresco múltiple de Gladys por la mañana. Pero Gladys lleva esta vez unas preciosas bragas blancas. Y esto a Juan, pese a la preciosura del encaje, no le ha hecho ninguna gracia. La tensión crece entre Juan y Gladys. Los vecinos sienten cómo la sangre comienza a correr más deprisa. Y a Gladys le crecen los pezones con esta contradictoria situación.
A los que se había follado
A Claudia le salpicaba la realidad y le aturdía. No soportaba tener que presenciar cómo todos los artistas a los que se había follado ahora se regalaban como putas…
Mayra estaba en Arrecife un miércoles
Al otro lado del teléfono escuchaba Mayra la otra voz que no estaba en ninguna parte de nuestra conversación…
El viento movía las palmeras, las nubes…
Juan regresaba a casa en la guagua.
Mayra no paraba de reír.
Misterio
Después de desgastar nuestras miradas,
de tragarnos la una a la otra,
no nos quedaba
ni una sola estela por compartir…
Tres veces Mario
Mario había dedicado los mismos poemas a muchas mujeres diferentes. Mario no sabía del todo si estaba bien o mal lo que había hecho. Si era bueno o malo, Mario no tenía ganas de averiguarlo.
Ese momento de Mario
El cielo iba desapareciendo, iba tragándose el azul para convertirse en unas pequeñas lucecitas misteriosas que también desaparecerían con el humo azul de Mario. Mario que expulsaba por última vez el humo azul en aquella isla, dejándose atravesar por las notas de Bill Evans que escapaban de una vieja radio, mientras el tiempo mordía a Mario, mientras Mario mordía la última chusta de la noche con cierto desprecio mirando al mar que ya era sólo reconocible por las intermitencias de la farola, que junto al aroma salino de aquella noche hicieron escapar unas lentas lágrimas a Mario, quizá por nostalgia, quizá porque las intermitencias de la farola eran una invención en ese momento de Mario, porque farola sólo hay una, y porque más quisiera Mario quedarse ciego con las aquellas intermitencias que de vez en cuando, seguía echando cada vez más de menos…
Restos secos de vómito
Buscaron otra posición para poder acabar pero la cosa ya tenía poco arreglo. Mario bajó al sótano a vomitar a solas y Virginia se puso a llorar nuevamente. El olor a sucio ya estaba calando en sus almas y era prácticamente imposible obviarlo. Mario se limpia los restos secos de vómito y confiesa a Virginia que no le gusta la trompeta, que lo que a él realmente le mola es follar polacas. Virginia rompe la copa de vino en el suelo y se echa encima de Mario como una fiera sin comprender exactamente qué sentimiento ha pretendido plantar Mario en sus entrañas, si acaso ha pretendido plantar algo, si acaso ha pretendido algo, por miserable que resulte. De fondo, un disquito de música electrónica pasado de fecha, que es lo que a Virginia le gusta, el regusto desgastado de la música por nueva que parezca. Mario intentó conseguir el teléfono de Virginia, pero era tal la excitación que lo único que consiguieron fueron un par de maravillosos orgasmos a la luz de las velas y el aroma a basura que proporcionaba aquella esquina cerrada. Virginia acaba con el tocadiscos a martillazos y Mario se sienta al piano. Virginia lo abraza por detrás mientras de los dedos de Mario nacen vestidos y boleros con sonido de piano para su amor. Virginia llora de emoción y moja la boca de Mario con sus lágrimas. Mario cierra el piano y sale a pasear por una calle cualquiera de Málaga, sin el teléfono de Virginia, por supuesto.
