Por favor no soporto el hilo musical

Saint Lary, 3 de agosto de 1999

Por favor no soporto el hilo musical. Gracias. Me desperté lleno de moscas por todas partes de la pesadilla que me envolvió durante toda la película y los movimientos y los motores y los ronquidos de aquel autobús Casado. Cuando me desperté encontré a Eva a mi lado sonriente como siempre y ofreciéndome patatas fritas del cariño. Frente a mí el chaval que quería hacerme una foto feliz como en cualquier zoológico y con la melena más melancólica que nunca. En la televisión las letras comenzaban a avisar del negror de la situación y el final de la película que no había hecho más que empezar. Todo estaba bastante triste. Comenzaba a temer por mi vida allí en Saint Lary sin Eva. Porque Eva tiene fijado otro rumbo en su vida. Eva y su pelo rubio van a Galicia en busca de encontrar algo aunque no sepa qué igual que aquel chaval que quería hacerme una foto feliz como en cualquier zoológico y con la melena chistosa y con toda la melancolía apagada. Porque su melena de estupidez se ilumina de ideas cuando sabe del destino de Eva. Y comienza a contar chistes. Y a cantar. Y a bailar en aquel pasillo del autobús Casado donde yo me acababa de despertar lleno de moscas sin reconocer el sueño de la vigilia y las risas de Eva al fondo sólo por la belleza de Alemania en mi boca en aquella madrugada recién acabada la película. Por favor bajen el volumen o me volveré loco. Eva se disfrazó de alegría al conocer el destino de aquella melena estúpida y es cuando su rubio cambia de color. No sé. Me pareció que se colocó algún disfraz como si el carnaval allí acabara de empezar. Yo comencé a llorarme a mí mismo como siempre y fue cuando me quedé dormido de verdad entre los ronquidos y los movimientos y los motores de aquel autobús Casado. Eva y yo hablamos largo y tendido en aquel largo sueño que tuvimos. En mitad de nuestras imágenes de colores, cada uno la suya, Eva y yo nos comunicábamos en morse con los roces de nuestras piernas. Me dijo que quería hacer una tesis sobre mí y sobre mis maneras. Yo naturalmente preferí abrir un paquete de patatas y ofrecerle sin ofrecerle. Pero Eva me insistió de nuevo ahora acariciándome con sus nalgas. El morse ya no era morse. Yo le comenté que no me parecía una reportera del Natura que fotografía gorilas en cualquier zoológico con muchos colores de la naturaleza y que más bien una niña pija que juega a la consola en la sobremesa entre los mensajes del móvil y la piscina y la soledad rubia que ni la ilumina ni nada porque está sola y allí en Galicia a ver si entre vieiras y caracolas se olvida de las consolas. Eva comienza a llorar. Yo la abrazo. Y en medio de nuestro beso aparece un flash azul que dura una milésima que sale de la cámara de fotos de aquella melena de enfrente y se me sacude todo por dentro. Eva me calma agachándose a mi entrepierna. Y yo me calmo. Y es cuando el autobús fija su destino y nos abandona allí en Madrid a todos da igual lo que pensemos. Al bajar Eva desaparece de mí y ya no volví a ver a aquella Eva. No me volvió a dirigir la mirada en medio del desprecio y la desgana que me produjo su interés hacia las cosas singulares. Nos recogió otro autobús hasta Zaragoza pero ya nada era igual. Yo no me acordaba más que de Eva y de sus risas y de sus morses y de sus nalgas. Y allí en medio de un menú de mil pesetas y la Virgen del Pilar todo me parecía que no. A lo lejos vi cómo se me despedía aquella melena estúpida entre las maletas y el aburrimiento y algunos besos para Eva y un código secreto que yo no conocía para sus noches en Galicia con Eva y el sonido de los grillos. Y no sé por qué pero no me despidió con un adiós como cualquiera sino meneando la mano como enfermo y con la melena de punta y como enloquecida la mirada de vicio y las carnes de la rubia en su mirada de zoológico de animales que no son ni animales ni son nada sino sus singularidades que desconoce allí en su hormiguero de monopatines y televisiones y revistas y zapin y canciones del Calamaro para sordos Qué guay y no sé por qué más fuerte que quiero reventar en medio de la improvisación de la locura de libertad de mi vida sin sentido y esta melena de idiota de fotógrafo que no fotografía ni nada sino a Galicia a ver lo que me como a ver si me viene la desgana. A Eva nunca le sonó el móvil. Olvidé a conciencia pedirle su número. Y ya sé que en Saint Lary el móvil me marcará Sólo SOS pero para mí eso es Eva. Un SOS. Y se fue y yo aquí en Zaragoza ya rumbo al pueblo ese allí arriba en los Pirineos franceses del frío y la soledad y la grandísima nada. Todavía en Madrid y en medio de mil despedidas que no despiden ni nada observo con detenimiento un par de pezones que sobresalen del grupo en una camiseta blanca con corazones rojos en el centro como en código. Subo la mirada y me encuentro con Eva. Eva creció en una noche. Se hizo mayor para mí y decidió cambiar el rumbo de su vida y olvidar las tesis de juventud las melenas y los animales del zoológico allí en su pueblo y acompañarme a Saint Lary allí arriba en los Pirineos franceses. Yo me pongo nervioso en medio de mi incomprensión y engancho sin querer la correa de mi mariconera en el asiento de al lado y le prohíbo el paso. Ella sonríe en medio de los nervios y hace como que no me conoce y yo le cedo el paso y no me lo agradece pero sigue sonriendo ahora más. Parece ir acompañada por un par de amigas y ya en Saint Lary se ve aún más acompañada por cincuenta senderistas, hombres y mujeres da igual, y una especie de español que duerme en su habitación apartado de la fauna femenina leyendo por quemar el tiempo a falta de otra cosa. Pero todavía en Madrid y antes de volver a ver a Eva un taxista decide cobrarnos mil quinientas pesetas por faltar al respeto a todo lo que nos rodea y por qué no, porque no le queda para la puta de por la noche. Yo imaginé sus lágrimas en la entrepierna llorosas de soledad y códigos de barra y cocidos enlatados y precios inflados del dolor y números y horas y sol y frío y todo seco sin llover ni en metáfora y conduciendo desganado allí en la madrugada de Madrid y nos vio allí y sin imaginación sólo se acordaba de la puta de por la noche y son mil quinientas pesetas. Seiscientas creo por culpa de las maletas de las comidas de allí en La Malagueta del impuesto de la aduana por pasar comidas enlatadas y cosas pasadas de fecha y fabadas asturianas y una botella de Cartojal como preludio a la feria que nos espera allí removiéndolo todo calle a calle la noria dando vueltas y más muerta en medio de las tripas de la alcaldesa y el cerebro derretido por el calor los sudores y la mierda de caballo todo eso mil quinientas pesetas por comer comida de la enlatada pasada de fecha y fabricada como garbanzos en plástico que juegan al mus tomando té de manzanas. A Eva le encanta la feria. Pero lo que más le gusta es leer. Ella en sí dice que es literatura. Y que le pone a cien a pesar de llegar siempre la última a todas partes en medio de su cansancio quizá porque sabe que las últimas serán las primeras como sus pezones en Saint Lary allí en medio de cincuenta senderistas y bastones de apoyo a la tontería. Por fin me enamoré del todo. Aquellos dos pezones bien erguidos ahora en una camiseta blanca aún más fina y aún más sudada y sin corazoncitos ni nada me hicieron subir hasta Neouville y allí arriba entre los lagos y el frío y el culo tan precioso de Eva se me olvidó todo y me hice algunas fotos. Y en mitad de mi cansancio y mi poca gana recibo un ánimo de Eva y por un momento imagino que se acuerda de nuestros sueños en el autobús Casado. Ella dice no sé qué de literatura y le sobrevuela un quebrantahuesos con un bastón y le regala una melodía en su acordeón. Ella le da las gracias y le dedica un beso que no existe. El quebrantahuesos le dice que es senderista y que le gusta mucho El Perfume y que es una especie de Jean Baptiste pero senderista y a pie. Ella le comenta claramente lo que le pone a cien y lo que no y sus libros preferidos y los que se ha traído y que está muy cansada y que le comienza a molestar el tejidito de su entrepierna que hace que aquella pequeña prenda que esconde su más preciado tesoro no sea una faldita. Entonces el quebrantahuesos esconde sus alas y decide acompañar a esta joven senderista en ciernes que más bien sedentarista lectora de coñac y soledad y melodías de pianola. Yo sigo aún más cansado. Ya no siento nada sólo el avanzar del paisaje y los sudores de los pezones erguidos por el frío imagino de Eva que queda atrás hablando con el quebrantahuesos y su macutillo colgado a la espalda para que su camiseta blanca estire aún más. Y ya en el primer lago comienza a desnudarse por la parte de los pies y que le han salido ampollas o no sé qué y que no sigue y que está muerta y que eso no es literatura. Y yo continúo al segundo lago y Eva allí rodeada de fauna de toda clase tirada allí con sus pies desnudos. Y regresamos y Eva como si nada recolgada al pájaro. El pájaro ya no canta. Yo comencé a llorarme a mí mismo como siempre y fue cuando intenté dormir sin conseguirlo. Curiosamente Eva está al lado mía. Duerme al lado mía. Al lado de la cuatrocientos tres. Y me asomo por la ventana y me la veo allí tirada otra vez ahora en la cama podríamos decir vestida de rojo por decir algo y acariciándose su tesoro más preciado. Al fondo de la escena el quebrantahuesos ya sin alas ni nada y muy lloroso. Y sus dos amigas flanqueando la puerta de entrada morenas y delgadas con poco pecho pero muy amigas de Eva y de la literatura. Y suena el móvil de Eva. Y es un amigo de la infancia que le comenta que por fin se decidió a visitar Saint Lary. Ella se pone muy contenta y le invita a encontrarse con él en la feria y a beber Cartojal hasta mojarlo todo de sexo todo esto de vuelta a los apartamentos en mitad de los cincuenta senderistas que no apartan la mirada de los pechos de Eva. Se despide y allí tirada en la cama podríamos decir vestida de rojo por decir algo y acariciándose su tesoro más preciado comenta a su amigo el quebrantahuesos que es valenciana y que a ver cuando se anima a tomar una paella. El quebrantahuesos llora y camina su breve sendero hasta la habitación y lee por quemar el tiempo a falta de otra cosa. No vi más por la ventana porque apagaron las luces pero imagino que las tres comenzaron a conocerse mejor si cabe en aquella pequeña habitación tan oscura que envolvía aquellos tres cuerpos de mujer. Al amanecer se van todos a seguir caminando y Eva y yo estamos muy cansados y nos quedamos en los apartamentos contando nubes por la ventana entre el sol y la lluvia. Y se cruzan las miradas y decidimos bajar a tomar algo y a subirnos al teleférico. Eva dice que está cansada de paellas y que los Pirineos son muy fríos. Yo decido callar para no meter la pata y ella sigue hablando. Dice que es una deportista frustrada porque le gusta demasiado el sexo pero suave y sin brusquedades y que es mimosa y que le regale un beso. Yo me apropio de su lengua y al final del beso me lee un pequeño librito de viajes que está escribiendo porque Eva ha viajado mucho. Eva es compositora y allí donde va tocan sus músicas que más que músicas son poemas y claro los músicos no la reconocen. Y que se vino a Saint Lary a buscar tranquilidad y algún amigo que pueda entenderla y que está algo triste por la caminata y las ampollas que le han salido en el pie y que se quiere apropiar de mi lengua. Y se la queda. Y ya en el teleférico le pregunto por Lisboa. Y se pone a llorar. Y me cuenta que se enamoró de una flautista no sabe por qué y que apunto de acompañarla al estreno de una pieza allí conmemorando la exposición universal quedó sola tomando coñac en un bar de Valencia donde tocan jazz para las gentes así como ella que se acompañan de la soledad. Yo le sequé las lágrimas mientras le comentaba que yo de chico tuve una novia que se llamaba Eva que era vecina mía y que la compartí con otro vecino mío y que no me importaría repetir aunque ya no tuviera siete años como entonces pero que me gustaba mucho como sonaba su nombre. Y ya en la cuatrocientos cuatro y con la luz apagada comenzamos a hablar de verdad y a olvidar nuestro pequeño viejo código de roces inventado en mitad de los sueños de colores del autobús Casado que nos envió a Madrid por culpa del Ayuntamiento y sin previo aviso. Los demás días de aquel extraño viaje Eva y yo compartimos nuestra soledad un día en una habitación y otro día en otra mientras nuestro rebaño acompañante caminaba por los Pirineos franceses y disfrutaba de la naturaleza haciendo fotos y grabando vídeos. Lo único que nunca comprendí es que de vuelta a Málaga ya en Madrid volví a ver a Eva pero infantil. Otra vez con su pijerío y su consola y su móvil que no suena ni nada. Y su insistente tesis sobre mí y sobre mis maneras. Y al fondo una melena estúpida y llorosa que esconde las alas porque no ha conseguido la foto que quería. Por favor no soporto el hilo musical.

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