En mi primer día de clase les expliqué que todos los lugares eran iguales en realidad, que lo único que diferenciaba a unos y a otros eran las nubes, que eran distintas en cada sitio. Poco después se fueron de viaje por Europa, y a su regreso les pedí que me contaran alguna anécdota. Entre risas intercambiaban los cotilleos en voz baja sobre los besos que se habían dado a escondidas, los lugares y las horas en los que habían ocurrido, hasta que una valiente de la última fila de la clase levanta la mano dispuesta a contar algo y se hace el silencio. Me dijo que en realidad ella no tenía demasiado que contar, pero que en cada sitio que estuvieron se acordaron de lo que les dije acerca de las nubes el primer día, y se dedicaron a observarlas con detenimiento en cada sitio. Me aseguraron que no estaba equivocado, que las nubes en cada sitio son diferentes. Una lágrima se deslizó por mi alma.
Etiqueta: Miguel Pérez
Hija de puta (a una camarera amargada con gafas)
La hija de puta
No paraba de estrellar tenedores
Contra la mesa
Cada vez más fuerte
Cada vez más sonoro.
Aparentaba secarlos.
Presumía estar trabajando
Y por tanto con el asco
Que debía comprenderse.
Pero en realidad
Lo único que pretendía
Era llamar mi atención.
Y lo conseguía
La muy hija de puta.
Primavera incendiaria
A Remedios se le incendió la primavera una vez más. Sus personajes corrían precipitándose al vacío en busca de una nueva salvación. Remedios llora para poder apagar el fuego de su primavera incendiaria, para salvar a sus personajes y conceder nuevos permisos absolutos que le acepten de una vez su libertad.
Retrocede su llanto
En los ojos se guardaba sus lágrimas
que retrocedían en el tiempo
y su sonrisa era un piano
que por las noches le contaba secretos.
Sara no para de llorar por la república
mientras se restriega rebozada en aceites aromáticos
buscando consuelo en las refriegas con sus clientes
de un siglo que no es para Sara
que se ha pintado dibujos en el estómago
para distinguirse
para sus clientes
matriculándose el culo con el más hermoso de los tatuajes
buscando lo que la haga retroceder en el tiempo
un misterio
como cuando retrocede su llanto años atrás
que hasta un lugar donde jugar al ajedrez
sin pedir demasiados permisos municipales…
Eva no soporta los documentos en pdf
Tenía los dedos ensangrentados, los ojos cargados, y la mirada perdida. Eva no había dormido nada, pero a pesar de todo ha decidido continuar escribiendo, un poquito más. Y corre a la biblioteca a escribir en el viejo ordenador sus últimas inquietudes, rodeada de adolescencia gritando sus fantásticas ocurrencias que en realidad, son un modo más de escapar como el modo de escapar de Eva, como otro cualquiera. Y como otro trozo cualquiera de vida Eva escribe en un documento en blanco y resume que ya no volverá a fumar, que comprará una bicicleta de segunda mano, y que en la cestita que tendrá la bicicleta portará únicamente un par de viejos libros de Henry Miller. Eva no soporta los documentos en pdf. De fondo de todo esto, en el Spotify hay un disco abierto de Glenn Gould, partitas de Bach, la música favorita de Eva, que mientras escribe su personal visión de la vida remoja sus labios para olvidar sus particulares formas de olvidar los deseos de sujetar un cigarrillo entre sus labios, abrazar ese pequeño vicio que la mantiene atenta a ese documento en blanco que todavía está por escribir, por mancharse de escándalo, como cuando estalla la entrepierna de Eva y se suicida manchándolo todo hasta las rodillas.
Un corazón a escala
Por el cuerpo rabioso de Estefanía se desliza una gota de lluvia. El cuerpo de Estefanía se cristaliza en sonidos de piano y cambia el matiz del color de su piel levemente, se desliza desnudo y azul por un jardín desconocido, el jardín desconocido y húmedo del otoño en el cuerpo de Estefanía, gotas de lluvia entre las que brilla una única lágrima que se desliza de nuevo dentro de su cuerpo, y se detiene otra vez y dibuja con sangre un corazón a escala siete veces en su propio corazón, un mapa conceptual que penetrando lentamente empapado de deseos rojos y lluvia interior azul, como un cuchillo de papel, buscando amorosamente una canción empapada y furiosa en inglés, que evoque el color naranja en mitad del sexo difuminada en claroscuros.
A nadie
Había llegado el invierno y todo se incendió de luces de navidad. Era una pobre mentira rebosando tristezas, iluminada en el brillo enorme de su angustia, pero ya a nadie le preocupaba por fin. La gente tenía desencajada la ilusión en sus caras, colgaban sus arrugas aceleradas en una sonrisa cada vez más difícil. Lady Gaga brindaba deliciosos licores gritando apologías sobre el valor de la mentira en la actualidad y la juventud se agarraba desesperada atrapada en la borrachera. La felicidad se había dado a la fuga y se habían helado por fin los sentimientos. Todo era un colmo y a nadie le supo a poco el recuerdo. A nadie.
La rodilla de Estefanía
La rodilla de Estefanía había sido devorada por Luis, y lo poco que quedaba de ella lo terminó Oscar, que dejó un par de hilos de sangre bastante gruesos caer en la camisa nueva que le había regalado su madre por su santo.
Odio a todas las personas que leen a Amélie Nothomb
Odio a todas las personas que leen a Amélie Nothomb.
Gladys también pinta muñecos azules
El otoño les había estallado por dentro les había sorprendido. Los trozos de unos y otros se habían repartido por el cielo como si de una patética escena de Kill Bill 3 se tratase. De repente las almas de unos y otros se habían quedado difuminadas colgando del paisaje azul mal pintado por la aquella joven Olivia, que ya por aquel entonces había quemado cientos de empresas de todas las clases por todo el mundo cansada de la quietud. Gladys entonces se entregó como en una auténtica pesadilla a sus clases de inglés en Puntagorda, a los adolescentes de Puntagorda como pudo que comenzaban a descubrir el sexo, como a descubrir poco a poco muy despacio todo lo que una primavera recién violada podía ofrecer en aquellos amaneceres negros en los que la piscina brillaba vacía y azul mientras a Gladys se le empapaba la mirada con el recuerdo de la joven Olivia. Como en los secretos de las almas de todos los vecinos del pueblo, que ocultan sus más bajos instintos para sobrevivir sin demasiada sangre sin demasiada violencia por las calles mientras la joven Olivia pinta muñecos azules en la plaza, mientras fuma vacía con la entrepierna mojada en el recuerdo de Gladys un único cigarrillo light que sujetan sus sensuales labios con desidia, para poder despistar entre canción y canción lo mucho que la echa de menos sin acordarse en absoluto de ella.
