Un idioma de piano y esperanza

A Mario le gustaba empezar el día paseando por la Playa de La Malagueta, y desde allí, contemplar un día tras otro que, pasara lo que pasara, el sol siempre saldría puntual. El paseo acababa siempre en La Chancla, donde Mario se zampaba un suculento desayuno serrano para recuperar fuerzasA Mario le gustaba escuchar el sonido de la guitarra clásica que interpretaba un joven que, con sus partituras, disimulaba su trabajo de amenizador matutino en La Chancla con el atuendo y pose de joven estudiante sumiso de conservatorio que busca la inspiración en el marese sonido poético que mezclado con los sonidos de la guitarra española eran un ingrediente más en el desayuno magnífico de los días de verano de Mario todas las mañanas de los meses de julio y agosto en MálagaMientrael sol calentaba las ideas y engrasaba el pensamiento con la fruta troceada y el pan de cereales con jamón serrano tomate y aceite que le servía una joven muy simpáticaMario comprendía día tras día la gran suerte que tenía de conservar a sus padres, ese hilito de música fundamental y sincera que traduciría Mario para siempre en sus discos a un idioma de piano y esperanza.   

Ralentizar lo evidente

Aprovechaba Mario que todo se deshacía a su alrededor armoniosamente para escapar de tanto entusiasmo y esconderse en aquella prisa que ahogaba a todos siempre por las mismas fechas, ralentizar lo evidente, mojarse los pies en la orilla, una extraña calma desordenada que invade y busca a Mario como siempre antes de meterse en el estudio a grabar el sonido de su revolución personal, a encontrarse con sus melodías y acordes calmados que le recuerdan al amor y al desamor, a los juegos de juventud en San Juan sin más pretensión que eso mismo, el deseo de jugar como niños, de improvisar como cuando te conoció Mario, como cuando Mario te robó aquel beso que todavía hoy se cuela en los semitonos blancos y negros del piano en el que Mario te busca desde siempre, como cuando llueve en los recuerdos y las nubes se dibujan nítidas en los charcos de lluvia, en tus ojos, en tu pecho…

  

Método

Sentada entre Mario y el piano, las lágrimas que caían de los ojos de Gladys sobre las teclas iban decidiendo el orden exacto de los sonidos en las melodías que Mario apuntaba en su libreta, el cuaderno pautado donde Mario anotaba el sonido de la silueta de Gladys.

  

A veces

A veces Mario llegaba tarde, y no por falta de tiempo sino de oportunidad. Se mandaba postales desde cualquier lugar adonde viajaba, justo antes de coger el avión de regreso a Málaga, tenía la memoria desordenada temporal y espacialmente, y cantaba bajo la ducha óperas improvisadas, su pequeño intento creativo de no ser olvidado por Antonia, a la que como ya había viajado por todo el mundo, sólo le pudo mandar una postal de su alma en esos momentos. Perdía todos los concursos literarios a los que se presentaba Mario, siempre con la misma novela, y los viernes, después de los Martin Miller en El Mirador, cenaba en un restaurante griego que le traía muy buenos recuerdos. A veces los sábados -si no había preparado su famosa paella de los sábados- acababa en un vegetariano también cerca de la Plaza de la Merced, cuando sentía la necesidad de tocar en el precioso piano blanco que había en la entrada sus últimos bocetos para el próximo disco que grabaría. También confundía Vascongadas con Covadonga, y los domingos por la tarde se reunía para ver películas y fumar y comer chocolate, si es que la ocasión lo merecía. Luego tomaba un chupito de oporto y se marchaba sin despedirse totalmente. A Mario nunca le gustaron las despedidas, y mucho menos desde Fuerteventura.