La canción del imbécil

Arturo hizo doce veces el idiota de una sola vez. Paseó su idiotez por la larga avenida más feliz que nunca, con sus doce colores rojo envueltos en un transparente que sonrojaba a todo el que avergonzado descubría la felicidad de Arturo. Al llegar a la puerta, tocó y tocó, una y otra vez; pataleó, lloró… hasta que su amada se cansó de sus lamentos y le recibió con un balonazo en la cara. Y es que Arturo era futbolista, algo que le ponía muy triste, pues lo odiaba como nadie, aunque de algo hubiese que llenar la cazuela. A él lo que le gustaba era tocar la trompeta, pero nunca consiguió que lo contrataran, por lo que se conformaba con escuchar a Miles Davis después de marcar algunos goles.

Berta era una especie de pesadilla que ahogaba de cariño a Arturo, una especie de animadora barata de tetas respetables que Arturo quería casi por obligación. Berta era un ser muy extraño, más que la mujer de Arturo, su representante a la hora de elegir la contratación adecuada en el equipo adecuado. Y es que Arturo ganaba mucho dinero pegando patadas, además de una hermosa inspiración para llorar con su trompeta.

Berta le comió a besos el morado que le hizo en la cara, y lanzando los doce colores rojo por los aires le invitó a salir fuera a cenar. Y es que en casa de Berta, que es la de Arturo, un antiguo compañero de trabajo marcaba los goles que Arturo no marcó aquella tarde. José Luis era ya sólo un aficionado, pero todavía estaba en forma. Ahora escribe libros, y es conocido en todo el país, aunque a Berta, como siempre, lo que más le gusta de José Luis, son sus goles.

Después de la cena, Arturo y Berta regresan a la casa ya vacía. Y Arturo se encierra en su estudio para tocar la trompeta con la sordina puesta para no molestar. Y Berta se encierra en la salita para ver el partido que ponen en la dos.

Arturo se cansa de tocar, y le dice a su amada que baja a tomar una copa. Y Berta no lo acompaña porque está divertida con una compañera viendo el fútbol y otras formas de hacer deporte. Arturo baja toda la avenida, y a la vuelta encuentra un club de jazz donde una especie de músico está intentando tocar el saxofón. Ya sentado en la barra pide un vaso de leche, y aquella especie de músico se acerca al único cliente que observó con detenimiento todos sus intentos. Aquel intento de saxofón se llamaba Maximiliano y decía que quería reinventar la realidad, y similares muy bonitos.

Maximiliano era argentino, de familia insospechada, y poco más. Sólo sabía que tenía que seguir estudiando, naturalmente reinventándolo todo o, por lo menos, intentando soplar de alguna manera. Arturo reía como nunca, y es por lo que invitó a una cerveza a este joven que le producía una rara mezcla de diversión y tristeza.

Ya entre cervezas, Maxi le propone a Arturo una jam session en el club, pero Arturo nunca ha tocado con público y la oferta le produce un miedo que le hace volver a casa desconsolado. Eran las tres y, después de mucho patalear y llorar, decide abrir la puerta con sus llaves, ya que la casa está vacía. Encima del televisor, encuentra una nota en la que Berta le dice que ha ido al cine con su amiga Ana, y que no volverá tarde. Arturo decidió dormir, para así evitar poder sentir cualquier estado de ánimo.

Al otro día despertó cansado de hacer el idiota tantas veces, y todas a una, así que decidió no moverse de casa hasta que llegara la noche.

Después de desayunar, y como Berta sabe que le gusta, se le sube como loca para hacerle el amor hasta dejarlo nuevamente dulcemente idiota. Y claro, después de follar, Arturo es el de siempre, y vuelve a encerrarse para tocar la trompeta. Y suena el teléfono. Y lo coge Berta. Y es Maxi para proponerle a Arturo un ensayo con una sección rítmica de piano, contrabajo, y batería. Pero la proposición se desvía hacia Berta, y Maxi hace sonar su saxofón como nunca, en la cama donde Arturo nunca marcó un gol.

Arturo termina el partido, y regresa a casa para encontrarse a una Berta rellena de jazz. Y aburrido baja al club. Y allí está Maxi, reinventando la realidad. Arturo, que imagina la película no sabe por qué, decide aceptar la proposición de Maxi, y organizan un concierto para el primer sábado de octubre. Y llega a casa, y se lo cuenta a Berta. Y Berta se pone como loca, y por vez primera Arturo ve un punto de apoyo en su mujer con respecto a su trompeta. Y Arturo observa lo bien que se lleva Berta con Maxi pero, como es muy amable, no hace ni caso. Y ahora cambia la tortilla y, mientras Arturo ve el fútbol, Berta está escuchando un disco de Piazzolla que le ha dejado Maxi, se vuelve porteña, y decide invitar a un mate a su marido. Éste le contesta con un balonazo a la cara, y se despide con un besito porque tiene que ensayar con Maxi. Mientras Berta llora desconsolada en su casa, el quinteto de Arturo y Maxi se prepara para el gran día.

Y llega el sábado. Y Arturo está engrasando las bombas de su trompeta para que nada le falle, Maxi no prepara nada porque él inventa todo, la sección rítmica entra en situación con algunas cervezas, y Berta y su amiga muy amorosas y contentas por lo que va a pasar. Y pasa un representante amigo del dueño, que ha venido esta noche a ver qué pasa. Y también una admiradora del Arturo futbolista, que se ha pasado por el club a ver qué tal suena. Y comienza el concierto, y revientan todos los cristales del local, y los aplausos hacen que a la admiradora de Arturo se le escapen algunos fluidos vaginales por debajo de la falda. Y a Berta se le escapa un beso para Maxi. Y a Ana un beso para Berta. Y Arturo decide sentarse a charlar con su admiradora. La sección rítmica llora de emoción.

Después de algunas cervezas, el representante se arma de valor, y decide charlar con Arturo, al que le ofrece la posibilidad de alzar un cuarteto de jazz que llevaría su nombre, donde no tocaría su amigo Maxi por cuestiones estéticas, y el cuál le llevaría a tocar por todo el mundo, por lo que en el contrato figuraría una cláusula de exclusividad con la empresa. Y Arturo se pone como loco. Por fin podría alejarse de la portería y de aquellos goles inesperados. Al fin podría vivir junto a su trompeta, aunque esto enfureciese a Berta, que sabe que la economía encogerá y no podrá tener la libertad de antes.

Después de meses de discutir, Arturo firma el contrato, los papeles del divorcio, y queda sólo en su avión volando de teatro en teatro. Y Berta se marcha a vivir con Maxi a un estudio de mala muerte donde follan a tres voces con Ana. Arturo es feliz por primera vez. Sobre todo cuando marca los goles que nunca marcó de futbolista.

Cinco años más tarde, la firma de Arturo como trompetista es conocida por todo el mundo, y vuelve al club de jazz donde un día un joven idiota le animó a demostrar que un futbolista podía ser muy sensible. Allí ya no toca nadie. Sólo encontró en la mesa de la esquina a su admiradora esperando un gol desde hacía cinco años. Estaba esperando volver a escucharle tocar como aquella noche. Y Arturo toca un blues tan emotivo que a Lorena, su admiradora, se le escapa media lágrima. Y es cuando llega el dueño para saludar a Arturo y ofrecerle su vaso de leche. Y Arturo decide compartir su leche con Lorena. Y Arturo y Lorena se casan, y tienen tres pitufos, que ahora pasean por los grandes almacenes sin sospechar que los discos que firma Maximiliano Hernández son los discos de su padre.

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