Privatización de la existencia

Confúndete con todos y deja las redes sociales, los blogs, y todas esas puñetas. La libertad en realidad es eso, dejar de enseñarte y escribir lo que te de la gana donde nadie te lea, o sólo unos pocos, fumando placenteramente en una terraza con una cerveza bien fría, o mirando cómo caen las gotas de lluvia tras el cristal escuchando a Piazzolla con un café bien caliente. Si te leen demasiados, seguro que más de uno está descontento por algún motivo que ni tú has encontrado en lo que escribiste. Así que disfruta tu anonimato, aunque no te comuniques demasiado como los demás, porque lo demás no merece la pena, créeme. Tanta foto y tanta pose… ¿para qué?

Representación pública

La ficcion había muerto. Sus creadores y demás agregados culturales se repartían la herencia a dentelladas, sin permiso, peleando salvajemente por la copia de trozo de sangre seca más generosa, más cara, más. Todos querían salir en fotos de colores sin pagar un duro. El público y el político estaban aún más felices con esta nueva ficción que se había producido, que sí estaba mucho más cerca de la realidad, la vagancia y el asco por desagradable que sea el hiperrealismo. Sin embargo, no era ficción, y ni la sangre, se escapaba sin necesidad de 3d en las salas vacías de representación pública o humana…

Nubes negras

Llegó la hora de cenar y alguien comenzó a cortar dedos y a mancharlo todo de sangre. El pueblo entero se perseguía a sí mismo, se teñía de rojo cuchillo en mano solidarizándose absurdamente. La locura y el hambre se adueñaron de sus pertenencias, las que ya no eran suyas. Acabada la mortadela, se devoraban unos a otros sin orden, el paisaje era borrado por unas nubes negras que disminuían poco a poco mientras crecían los gritos y llantos. El silencio reinó por vez primera sobre la lluvia eterna, que hizo que desapareciese todo sin dejar ni rastro de recuerdo alguno acerca de sus existencias.

Amaneceres amarillos

En los periódicos posaban jóvenes promesas de la literatura como si de una colección de insectos se tratase, labios pintados, gafas de pasta, complementos de colores. Se mezclaban con o sin permiso con los sonidos y los números, en un empeño por hacer nueva literatura a base de antiguas nuevas confusiones atractivas, o nueva música, como se prefiera. Aunque en realidad, todo olía a la misma mierda, todo era una puta pose que me hacía vomitar a cada momento. Un intenso olor a mierda que se mezclaba con algún desafinado rugido de guitarra eléctrica, saxos, baterías digitales, y voces débiles que intentan parecer auténticas y modernas, asco. Un intento de sexo, un intento de latido joven, un intento de intentar la vida, con permisos oficiales, oficialmente autorizados reintentados y recomendados recomendables (escupo sangres hasta llegar al baño, como cuando los toros que circulan por el albero antes de morir sabiendo que ya son pretérito).

Vacaciones de un par de funcionarios del estado

Mario y Gladys destacaban que sentían correr la felicidad por la intensidad interna de sus almas. Tumbados, envueltos en canciones después de otra taza de café, de otro paquete de cigarrillos, de otra cerveza, Gladys y Mario leen juntos un poema más de Fernández Mallo, y toman una pausa en su lectura indie, en su viaje astromántico, para darse un beso y acariciar una vez más el aviso del barquito de los Romero, que nuevamente lleva a los tres mismos turistas infinitos a comprar souvenirs a la otra orilla. En la orilla de la isla número ocho Mario juega con las conchas. En la orilla seis, Gladys termina de ver Melancholia de Lars von Trier, y los tres turistas, ya de noche, intentan comunicarse nuevamente, a pesar de hablar cada quince días en un idioma distinto, de cambiar la fecha de nacimiento, el sexo, y la intensidad misma de sus existencias. El vino que les gusta, que ahora los igualaba en el estricto sentido del regocijo infinitamente común de sus vacaciones en una playa desierta de una isla número ocho para siempre, la misma isla número ocho de la que Mario suele hablar en sus comentarios subjetivos para una comercial revista de pensamiento libre de la península, en la que Mario pasó sus años mozos robando el alma a las personas que tenían sentimientos puros, riéndose del profesor de música y partiendo bocas sin ton ni son, la intensidad interna adolescente de Mario, follador de putas, amante de desencantados, se palpa la misma intensidad de Gladys cuando entripada en cerveza española quemaba con gusto conservatorios para después fotografiarlos y extraer conclusiones, sobre los que pintaba expresionismos de amor para siempre siempre desnuda y siempre sobre un piano rojo.