Como el fuego en una receta, el amor adolescente, o la muerte más inesperada.
Categoría: Noticias
We can
Era el segundo partido de fútbol y Mario le comenzaba a coger el gusto a aquella tontería. Mario y Almudena se reunían cada semana para ver cómo dando patadas a un balón puedes dar forma al corazón de todo un continente. We can. Mario se detiene. En este detalle, anota cosas en su libreta, muy deprisa, vayan a olvidarse, y mientras Almudena pide una segunda botella de agua con gas, aparece en escena Alfredo con Claudia, esta vez para quedarse para siempre, para ganar y colocarse una camiseta con los colores del ganador, da igual quién se lleve el gato al agua. We can. Entonces un vecino del pueblo grita al televisor, indignado, como si el televisor tuviera la respuesta a sus problemas, como si el televisor tuviera que lanzar un penalti, como si el televisor ganara las elecciones para siempre. El vecino rompe una botella de cerveza y suenan los cristales y suena la violencia y la mayoría absoluta. Alfredo gana las elecciones y Claudia compra diariamente un nuevo vestido de comunión para su hija, los vecinos se entregan con desidia al tabaco y al fútbol por afición, y Almudena, se planta como una flor en su casa para siempre, en busca de la tranquilidad que la aleje de los barcos y el ruido de los camiones al amanecer.
Lo sé
Mojo
10 de marzo de 2014
Sangre azul
Ojos verdes
En el móvil de Marta comienza a sonar una lista de Spotify con temas de The Bad Plus. Marta ha desactivado el Whatsapp para poder disfrutar de la música sin interrupciones absurdas. A Marta le gusta mucho el jazz, siempre le atrajo la improvisación, pero no más que otras muchas cosas. Corría Marta por la avenida de Gran Tarajal como todas las tardes, intentando recomponer su vida, buscándola entre los acordes de The Bad Plus. La vida hoy de Marta está hecha añicos. Los momentos de Marta hoy se han quedado solitarios, y son demasiados para vivir en singular. Marta es profesora de lengua, y esta vez no lleva bien eso de cambiar de destino cada año. Marta es sustituta desde siempre, le gusta cambiar de sitio, le gusta cambiar en general, pero esta vez a Marta el cambio le ha venido grande y ha cambiado su gusto por las novedades. Ahora suena Blue Moon, es como un cuadro del Picasso más cubista, más abstracto, a ver dónde está el señor fumando en pipa, a ver dónde la paloma. Marta encuentra entre la polirrítmica batería la melodía deshecha del Blue Moon y se ve un poco reflejada. Marta está deshecha. Marta no quiere correr más y se para en un café a mirar las nubes. Son nubes nada frecuentes en Gran Tarajal, donde el sol siempre calienta hasta las almas más frías de este mundo. Marta recuerda sus años en el conservatorio, todo lo que fumaba, todo lo que follaba, y no comprende muy bien qué le está pasando. Marta no quiere comprender que pasan los años. Marta no quiere comprender que la novedad en determinados momentos de la vida duele como un cuchillazo en las entrañas. Marta mira su facebook en el móvil. Marta encuentra una foto en la red entre tanto enlace. Marta se deja caer en la bañera para siempre. De fondo suena un viejo disco de Tete, Oporto, como siempre, manchando de rojo todos los acordes.
Contigo aprendí
Contigo más que estar enamorado fui un ludópata. Siempre me la estaba jugando.

Mono
Una generación entregada a los fruitis y a animales que hablan sólo puede generar una legión de drogadictos.

Últimas fotografías
Hace un año Mario escribió que a veces es necesario borrarse del mapa y apreciar el paisaje desde lejos. Mario necesita borrarse del mapa más que nunca, arrancar y sobrevolarlo todo. Mario ha acabado su disco, su pequeña terapia para seguir existiendo, su Oporto en vasos de plástico, su mentira gorda para sobrevivir en la aquella misma isla de siempre donde Mario ha visto de todo y ha vivido mucho más. Ahora Mario quiere volver a olvidarlo todo, olvidarse del Oporto, de las paellas con los amigos, de las nubes que atraviesan los aviones hasta llegar a Cracovia, de todas las que alguna vez le prometieron olvidarlo todo alguna vez en Tenerife, en Italia, en Cuenca, alguna vez, o en algún sitio distinto a todos los sitios de este mundo. La isla favorita empieza a tener otra temperatura para Mario, siente la necesidad de volarlo todo por los aires sin compasión, y en medio de este pequeño instinto asesino, mientras espera, ofrece un pequeño concierto de quince minutos con sus últimas fotografías, sus pequeños autorretratos de colores, que ahora ya son amarillentos, en blanco y negro, carcomidos por las ratas, y que ya reparte a sus amigos entre nota y nota por las esquinas.








