¿Por qué he dejado la música?

Antes de nada, aclarar que estoy en perfecto estado de salud, y que nada tiene que ver esto último con mi retirada pública. Es perfectamente lógico que preguntéis privadamente, hoy día si desapareces de las redes, máxime en estos tiempos de pandemia, solemos asociarlo. Pero no, he decidido dejar la música por motivos mucho más generales y contextuales, algo que precisamente por esta velocidad que nos otorgan estos tiempos cada segundo que pasa un poquito más, puede llegar a pasar inadvertido. Por suerte, he sabido apartarme a tiempo, precisamente, para conservar la salud. Básicamente, lo que vengo a explicar en estas líneas, es que, después de treinta años haciendo música de todo tipo y para todo tipo de público, me retiré el pasado mes de diciembre porque sencillamente estos tiempos en los que andamos no tienen nada que ver con los tiempos vividos hace treinta años. Cuando comencé a hacer música, el arte tenía un valor socialmente que hoy, tristemente, no tiene. La música como expresión humana hoy es, sencillamente, un compromiso político, y la realidad de los artistas que la historia nos ha dejado, una simple excusa en forma de efeméride para señalar esta cuestión en sus programas. De los artistas vivos ni hablo. La velocidad que nos rodea permite colar mentiras de todo tipo, desinformar con titulares, posicionar sin criterio alguno simplemente por visibilidad en la red, y eso es un injusto y tremendo daño social en el que no estoy dispuesto a colaborar. Treinta años dedicado a escribir y a tocar música dan para mucho, incluso antropológicamente hablando, y como comprenderán no estoy dispuesto a posar en la galería de lo superfluo, nunca lo hice, por mucho que estos tiempos, llegados a este punto, pareciera que nos obligan. La actualidad más agresiva también nos ha obsequiado la deshumanización absoluta de la educación y mezclarlo nuevamente todo, una educación que persigue a toda costa elementos del engranaje válidos para que la máquina no se pare, o como el poder los llama, personas competentes. Creo que es un gravísimo error. Casi un siglo después, Metrópolis de Fritz Lang está más de moda que nunca. Increíble. Por encima de simples máquinas de hacer, somos personas, y la educación está olvidando alimentar precisamente este aspecto tan tan imprescindible e importante para que esto se sostenga. Olvida el calor humano, la energía más bonita, rápida, y segura que existe y existirá jamás, la mejor herramienta para convivir pacíficamente y proporcionar una verdadera comunidad educativa. Olvida la capacidad de profundizar humanamente, empatizar, algo que ningún idioma o máquina conseguirá jamás porque sencillamente, no se recoge ni se materializa en sus gramáticas, no se puede aunque se pretenda, y menos mal, una delgada línea de libertad entre los decretos. O dicho de otro modo, podemos transcribir los solos de saxofón de Charlie Parker, pero el solfeo, o lenguaje musical, como se prefiera denominar, mata aunque no quiera a Charlie Parker, limita la verdad del sonido, la creación desaparece, aunque pretendamos hacerlo exactamente igual, muere la improvisación, el máximo enemigo de los sistemas educativos. Y no hablo solamente de emociones humanas, de aprender a respirar o contemplar el silencio. Hablo de que no simplemente es cuestión de separar o unir asignaturas, de que el docente use papel u ordenador, de contar competencias. Hablo de que todo vale para formar a personas, y que la mejor herramienta para formar personas, son precisamente eso, las personas y sus valores, siempre que formemos humanamente, que es de lo que precisamente cada vez más se alejan los políticos y programadores de leyes educativas, independientemente de quien las implante, en esta sociedad tan competente en la que vivimos, y en la que precisamente brilla por su ausencia la humanidad. Un desorden vamos. Y como resultado, el ambiente negativo general. No somos máquinas. Recuerda que no somos máquinas. Que somos mucho más que las máquinas que nacen día a día para ser vendidas, aunque se empeñen en demostrarnos lo contrario para, nunca mejor dicho, vendernos la moto. Y precisamente estos protocolos estandarizados para fomentar el individualismo en su sentido más egoísta y globalizado, aunque parezcan contrarios, son los culpables de que hoy yo decida dejar la música. Muchos de los más grandes artistas de la historia, hoy tendrían informes sicopedagógicos negativos, no serían competentes para la sociedad. El resultado es que hoy la humanidad se pierde el talento artístico de muchos genios que están entre nosotros porque, sencillamente se salen del molde y no encuentran el suyo y se le diagnostica desde pequeños una ausencia competencial. O dicho de otro modo, no brillan como de natural debieran. El ser humano, como la poesía, es infinito como el número pi, y no estoy dispuesto a que me quieran convencer de lo contrario, a estas alturas no. Así hoy, muchos padres me preguntan para qué estudia la asignatura música su hijo, si el día de mañana no va a dedicarse profesionalmente a ello. El sistema ha contribuido, basándose en las competencias, a relegar la asignatura música, ha hecho de esos padres un pensamiento único basado en “sirve, no sirve”, desconfiando precisamente del propio sistema, y poniendo en duda las bondades que la música proporciona a las personas y a la sociedad, y que sería absurdo desgranar aquí. En educación todo sirve. Todo. No solamente lo “útil” para trabajar mañana. Sí, útil entre comillas. La música no es simplemente un show para hacer audiencias y likes, aunque los medios de comunicación nos lo repitan diariamente para convencernos. Tampoco es una herramienta para mercadear sin criterio alguno. En mis clases yo separo la música como industria de la música como expresión del ser humano, son cosas diferentes, aunque a veces coincidan. Y mucho menos, compañeros, tampoco podemos resumir esta asignatura en una simple batería de preguntas generales sobre músicos para participar en Pasapalabra. La música es mucho más que eso. La música nos conecta y nos hace más felices. Y no hablo de la felicidad de la Coca Cola obviamente. Como sociedad no podemos quedarnos en la superficie por favor, así no cambiaremos nada ni estaremos verdaderamente “conectados”. Sobra explicar estas comillas de nuevo. La música no puede ser solo un compromiso o un vestido para los domingos, de eso ya tenemos un montón. Y es en resumen por todo esto que me retiro. No pertenezco a esta masa. Me niego. Por el infinito se cuela la libertad.

2 comentarios sobre “¿Por qué he dejado la música?

  1. Hola Miquel soy Tato.
    Pues con todo el respeto, con tu ir perdemos todos… Aunque tengo la sensación que en las sombras seguirás haciendo cosas grandes.
    Un abrazo

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  2. Es una cagada, don Miguel, una cagada sobre un mundo sucio y cagado.
    Espero que al menos un día, una noche me tararees, me susurres acordes al oído y a mis narices, si alguna vez se me olvida tu música o deja de sonar en mis cerebros, que no es fácil. Trabajé con ella, trabajé contigo, te quise, la quise, la quiero y te quiero, y ahora escucharé tus silencios donde la tuba está escondida y la brisa congelada de los pasos de semana Santa atiende el compás de los portadores, o el roce de las letras de tus textos entre ellas y el papel en el universo gris y soliviantado de tus textos. Sea pues así lo quieres como tú creas, que ya es crear.
    Hasta los ratos que nos vean Miguel, hasta otro rato.

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