Lola no tiene paraguas y se moja toda

Aún están mojadas las calles de la última lluvia para Mario, que acaba de llegar de Bilbao. Ha pedido una cerveza, sonreído a la rubia de la barra, y mientras moja sus labios -ha comprendido  en tres días que se ha pasado admirando la temporal del  Guggenheim  que los idiomas no son para él- decide mandarlo todo a la mierda. Mario termina la cerveza y se dirige a retirar su matrícula de inglés en la escuela de idiomas, no soporta ser un alienado más, Mario no soporta ser apto como cualquier apto entre tantos aptos de todo un continente que no deja de saquear en nombre de la globalización. Mario no está de acuerdo con la sociedad casi robótica que le ha tocado, una sociedad que no sabe abrirse más que como se abren los paraguas, con miedo, antagónica a la autenticidad y ruin con todo aquello que no resulte ni en apariencia ser práctico para algo, una sociedad que pasa los días poniendo Me gusta a todo lo que amigos que hace más de dos décadas que no ve cuelgan en Facebook, una sociedad más conectada y sola que nunca. Mientras Mario mastica en su masa gris todo esto, mientras aligera cada vez más el paso hacia la escuela de idiomas, se tropieza con Lola Roca, otra superviviente del instituto, la rubia que le gustaba a Mario, otra que va a contracorriente. Mario y Lola se ponen al día, esto es, una canción de La Cabra Mecánica, y comparten un café. Lola le cuenta que es profe de inglés y que los fines de semana pone discos en el Road House, sobre todo de La Cabra mecánica, le encanta La Cabra Mecánica a Lola, y no soporta ni las dietas ni el ejercicio físico. Mario le comenta que él es un enamorado de las paellas y que todavía muere por ella. Como Mario hace años que no va al gimnasio y Lola sólo conoce el idioma único de estas canciones de La Cabra Mecánica, Mario enlaza estas pequeñas casualidades matutinas con su profundo odio al inglés y que su vida es un poco como la de un pez en un lavabo. Lola no tiene paraguas y se moja toda. Ha empezado de nuevo a llover. Lola y Mario se van sin pagar el café y comparten una última canción de La Cabra Mecánica en las escaleras de un portal frente a la Plaza de la Merced. La plaza está vacía. Mario y Lola se besan con el sonido de la lluvia de fondo, como en cualquier película mala en blanco y negro. Mario y Lola a veces son muy románticos, por eso no se han dado los teléfonos ni el Facebook, para evitar compartir canciones en inglés.

 

 

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