Las historias de Mario nunca tienen final

Llegó la hora de retirarse. A veces es necesario borrarse del mapa y apreciar el paisaje desde lejos. El mismo disco de Tete, ese sabor antiguo que desde siempre acompañaba a sus cigarrillos a la hora de escribir era justo lo que Mario necesitaba. El tiempo de las cervezas se iba perdiendo en el propio tiempo, a emborronarse con demasiadas historias de amor sin final. Las historias de Mario nunca tienen final. Mario prefiere arruinarse en medio de mil situaciones que no terminan para así tener la sensación de una vida intensa, quizá una vida que no es siquiera la propia vida de Mario, que gasta sus últimos años en el asilo escribiendo un disco para piano que jamás terminará. Y es que, la música de Mario nunca termina, es un bucle infinito en fase de inspiración, paellas y botellas de Oporto que parecen siempre la misma y que por pequeños detalles no dejan de plantar cosas hermosas y nuevas en el corazón de Mario, que improvisa e improvisa sin parar una nueva historia de amor para no terminarla nunca, hilos de inspiración y calentura que huelen a recuerdo y al aroma salino de la novedad en cualquier mes siempre de otoño, y siempre con una hermosa nube azul que intenta dibujar algo para no acabarlo jamás, una serpiente o una corbata que se cuelga de la nada para desaparecer como cuando Tete acaba un tema muy lento y muy hermoso en un viejo piano que transcribe un viejo tocadiscos en la sala de usos múltiples del asilo donde Mario intenta recordar su vida para inventarla una vez más, o menos, según se mire.

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