El Concierto de Cuaresma de Antonio Banderas en el Teatro del Soho: la música llevada a otra dimensión

Hay momentos en los que uno reconoce su música y, al mismo tiempo, siente que ha sido llevada a un lugar nuevo.

Ayer y hoy mismo, en el Teatro del Soho CaixaBank de Málaga, he vivido precisamente eso: la emoción de escuchar Flor de San Julián y Stella Nostra formando parte de un programa concebido desde una mirada artística ambiciosa, sensible y profundamente cuidada.

Gracias a mi amigo Arturo Díez Boscovich por hacer magia con mis partituras, por su extraordinaria orquestación y por su manera de llevar esta música al terreno sinfónico con una inteligencia, una sensibilidad y una elegancia exquisita y única. Hay algo profundamente emocionante en escuchar cómo una obra propia, nacida desde un impulso íntimo, adquiere otra respiración, otra dimensión y otra luz cuando pasa por unas manos capaces de entenderla, respetarla y elevarla al mismo tiempo.

Mi agradecimiento también a Antonio Banderas, por poner en valor esta música y, en mi caso, también la mía, dentro de un proyecto que no se limita a mostrarla, sino que la enmarca, la dignifica y la proyecta desde otro lugar. Su visión artística convierte este concierto en algo más que una sucesión de evocaciones: lo transforma en una propuesta escénica y sonora con identidad propia, en la que lo tradicional se contempla desde otros ángulos, con mayor profundidad y ambición estética. Hubo, además, un instante especialmente revelador en torno a Stella Nostra: un título que, por su resonancia íntima y su carga simbólica, pareció adquirir un significado aún más profundo, dejando en el ambiente una emoción compartida difícil de explicar.

Para mí, dirigir Stella Nostra en ese contexto fue uno de esos momentos que se quedan suspendidos en el tiempo. No solo por lo que la obra es en sí, sino por todo lo que la rodeaba: el espacio, las miradas, la escucha… y esa sensación de que la música, durante unos minutos, encontraba su lugar exacto.

Y ahí reside, para mí, una de las grandezas de este Concierto de Cuaresma: en su capacidad para tomar una materia ya valiosa y elevarla, casi del mismo modo en que la gran cocina parte de la esencia de los sabores más reconocibles para llevarlos a un territorio nuevo, más depurado, más refinado, más revelador. No se traiciona el origen: se le da otra altura.

Ha sido además un privilegio que ese universo se viera enriquecido por la colaboración de Arcángel, cuya presencia aporta verdad, hondura y una fuerza expresiva muy singular, y por la participación del Orfeón Universitario de Málaga, dirigido por Mario Porras Estrada, que puso el cierre al concierto con Gaudeamus Igitur, himno de la Cofradía de Estudiantes, en un final cargado de simbolismo y emoción que culminó con una sobrecogedora petalada.

Y, por supuesto, mi admiración a la Orquesta Larios Pop del Soho y a todos y cada uno de sus músicos, por su entrega, su precisión, su musicalidad y su implicación en cada compás. Nada de esto alcanzaría esa altura sin la calidad humana y artística de quienes convierten la escritura en sonido real, compartido, vibrante.

Gracias, de corazón, a quienes han hecho posible que estas composiciones respiren así, ante el público, con tanta belleza, inteligencia y respeto.

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